26 de noviembre de 2019
26.11.2019

La pesada corona de Isabel II

El escándalo de la amistad del príncipe Andrés con el pedófilo Epstein aboca a la reina de Inglaterra a un nuevo "annus horribilis", con el cuestionamiento de la monarquía británica, en pleno "Brexit", como trasfondo

26.11.2019 | 01:07
Isabel II, en la apertura del Parlamento británico, en octubre.

Todo parecía ir de perlas en los últimos tiempos para la reina Isabel II de Inglaterra, camino de cumplir 94 saludables años el próximo abril y habiendo conquistado los títulos de monarca más longeva de la historia británica, desde 2007, y el de mayor tiempo en el trono del Reino Unido, desde 2015. En ambos casos ha tenido que superar a su tatarabuela Victoria.

Lilibeth, como ha trascendido que le llaman sus más allegados cariñosamente, lleva más de 67 años de ordeno y mando en el palacio de Buckingham, donde ha tenido que sortear importantes crisis que han puesto en entredicho el papel de la monarquía británica. Todas las ha superado y hoy por hoy es uno de los miembros más valorados y queridos por los ciudadanos de su país, al tiempo que sirve de ejemplo para otras casas reinantes en Europa, que siempre miran de reojo a los Windsor en cuestiones de saber estar y lucirse. Esto último lo bordan.

Pero resulta que Isabel II no lo va a tener tan fácil para rematar de forma tranquila su reinado. En los últimos días se ha desatado la tormenta perfecta hasta llegar a algo que nadie quiere en Buckingham: que la utilidad y el coste de la monarquía salten al debate público en Reino Unido, un país donde el enfrentamiento por el "Brexit" no tiene límites y parece ser que los políticos están dispuestos a llevarse por delante si hace falta algo tan valioso históricamente para los británicos como su reina.

Los cronistas hablan ya de que 2019 será otro "annus horribilis" para su majestad, parecido al ya lejano de 1992 -que ella misma bautizó así-, cuando, entre otras cosas, se le quemó su querido palacio de Windsor, le tiraron huevos en una visita a Dresde (Alemania) y se separaron tres de sus cuatro hijos: Carlos de lady Di, Ana de Mark Phillips y Andrés de Sara Ferguson.

Precisamente ha sido este último -dicen que su preferido- el que la ha liado y a lo grande al salpicar a la monarquía por su relación con el financiero pederasta Jeffrey Epstein, que murió este verano en una cárcel de EE UU mientras cumplía condena. Las acusaciones contra el duque de York (59 años) por su amistad con este y sus supuestas relaciones con menores vienen de meses atrás, pero la pasada semana él mismo las resucitó con una entrevista que todo el mundo ha calificado de desastrosa y que, lejos de dar carpetazo el asunto, avivó todavía más el fuego.

Lo que ocurrió ya se sabe: Carlos, príncipe de Gales, el eterno heredero de 71 años, acordó con su madre cortar por lo sano y apartar a su hermano menor de cualquier responsabilidad y representatividad de la corona. Andrés aceptó ipso facto y en la calle muchos se han puesto a especular si mandar al paro al príncipe significa también dejarle sin ingresos públicos.

Esta es la enésima crisis que afronta Isabel II en lo que va de año. Quizás la más dolorosa por la gravedad del asunto -nadie se puede permitir ya hoy en día no tomarse en serio los abusos y agresiones sexuales, como por los que fue condenado Epstein, el amigo del príncipe Andrés- y el alcance mediático. En la era de internet y las redes sociales ni los Windsor ni su potente y experta maquinaria de prensa y relaciones públicas son capaces de neutralizar un escándalo.

A la soberana británica le queda poco más de un mes para despedir 2019, un año al que a buen seguro tendrá muchas ganas de decir adiós por los sinsabores que le ha deparado. Empezó ya a torcerse en enero cuando su marido, Felipe de Edimburgo, de 94 años, chocó con su coche contra otro en Sandringham. Al nacimiento de su bisnieto Archie, hijo de los duques de Sussex, no se le pudo sacar todo el rendimiento mediático esperado por el empeño, bastante criticado, de sus progenitores en llevar el asunto como si de una pareja anónima se tratara.

Por si fuera poco, trascendió el poco buen rollo que hay entre la mamá de Archie, la exactriz norteamericana Meghan Markle, y la duquesa de Cambridge, Catalina Middleton. La mala relación entre las cuñadas ha acabado por distanciar a sus maridos, Enrique y Guillermo, los hijos de Carlos y Diana. El primero ya anunciado que pasará la Navidad lejos de la familia real y cambia Sandringham por EE UU, donde les espera la mamá de Meghan, Dorian Ragland.

Y más sinsabores, por anecdóticos que sean: la popular y exitosa serie televisiva "The Crown", sobre los Windsor, ha insinuado que la inmaculada reina de Inglaterra puede que no lo sea tanto por haber tenido algún flirteo extramatrimonial en su día...

Un año largo y fatigoso para la nonagenaria Isabel II, que cada vez se apoya más en su hijo y sucesor, el septuagenario Carlos, a quien se le atribuye que la corona ("the firm", la empresa) salga adelante y capee los últimos temporales. En ello le van el puesto y las ganancias: en 2017 "Forbes" cifró en 100.000 millones de euros el patrimonio de la familia real británica.

Una familia real que Carlos tendrá que embridar si algún día quiere llegar al trono. Su esfuerzo, dicen los analistas, pasará por prestar más atención no a los miembros de primera fila -impecable es la labor e imagen de los herederos del heredero, Guillermo y Catalina, los duques de Cambridge-, sino a los actores secundarios que sin un papel claro y definido en Buckingham, y mucho tiempo para el ocio, están siempre bien colocados para liarla. La lista de segundones es muy larga.

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