11 de octubre de 2020
11.10.2020
La Nueva España

El arpa y el colorido tímbrico

11.10.2020 | 00:22
Un momento del concierto.

En unos tiempos en los que los programas musicales parecen guiarse por los aniversarios y las efemérides resulta todo un soplo de aire fresco encontrar conciertos con un repertorio tan atractivo y tan poco convencional como el que la OSPA presentó el pasado jueves en el teatro Jovellanos bajo el título de "Seronda II". El "Concierto-capriccio" (1976) del catalán Xavier Montsalvatge y la "Sinfonía nº1" (1855) de George Bizet brindaron la oportunidad para disfrutar de un recital en el que se impuso el equilibrio y en el que se multiplicaron los timbres de una orquesta que sigue demostrando su versatilidad para afrontar todo tipo de repertorios.

Fue una jornada llena de sorpresas que comenzaron incluso antes del concierto, con un imponente arpa situado en primer término. No es habitual encontrar a este instrumento como protagonista, y menos aún con las sonoridades concebidas por Montsalvatge en su "Concierto-cappriccio". Apenas arrancó la obra se impuso el diálogo entre la orquesta y la arpista Cristina Montes, una conversación en la que la melodía compartía espacio con la percusión y en la que salía ganando el colorido tímbrico, que sumaba contrastes y obligaba al espectador a estar atento. Las cuerdas aportaron lirismo a la obra, pero no llegaron a adueñarse de la melodía, porque fue el arpa el que marcó la pauta con extensos pasajes a solo que suspendían el compás y se entregaban a la expresividad. Lejos del aire sosegado que suele aportar el arpa en el repertorio sinfónico, Cristina Montes supo mantener la tensión de la obra y el pulso con la orquesta a base de todo tipo de recursos que incluyeron el empleo de una cucharilla de metal por momentos.

Por su parte, la "Sinfonía nº1" de George Bizet supuso una nueva oportunidad para que la OSPA demostrara su plasticidad como conjunto. No es una obra complicada en su estructura y deja entrever la juventud de su compositor (Bizet tenía 17 años cuando la compuso). Predomina el equilibrio y el diálogo entre secciones para hacer avanzar un tema bien diseñado y con un carácter marcadamente romántico. El inicio homofónico exige compenetración, y el desarrollo temático involucra a diferentes secciones de la orquesta. Se suceden las cadencias bien preparadas y los contrastes de texturas y dinámicas, todo con diferentes tempi en cada movimiento. Destacó el lirismo del oboe exponiendo el tema del Andante-adagio, no es de extrañar la sonora ovación que cosechó en la ronda de aplausos final. Pero la delicadeza de este movimiento contrastó con la solemnidad de los siguientes, en los que brilló la grandeza de la orquesta.

El director Miguel Romea estuvo contenido y preciso en el gesto, manteniendo un perfecto control del avance de la obra en todo momento. El final fue un remate por todo lo alto, y desató los aplausos de un público que supo reconocer la impecable labor de los músicos.

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