John le Carré, el máximo representante de todo un género como las novelas de espías, falleció en Cornualles a los 89 años. La nota hecha pública por Curtis Brown, su agencia literaria, no aclara el motivo del fallecimiento, ocurrido en la noche del sábado, y apunta a una “corta enfermedad (no relacionada con covid-19)”. El escritor padecía un cáncer, según declaró en algunas de las que ahora ya serán sus últimas entrevistas.

David John Moore, su nombre real, se formó en las universidades de Berna y Oxford y perteneció al cuerpo diplomático británico apenas cuatro años, a comienzos de la década de los 60 del siglo pasado. Fue una experiencia corta, pero provechosa como semilla de su dedicación a un género que arraigó en los tiempos más crudos de las tensiones Este-Oeste y al que su nombre quedaría ligado como maestro mayor.

Tras un estreno discreto con “El espía que surgió del frío”, Le Carré desarrolló una exitosa carrera literaria. Fue un autor prolífico, que nos deja personajes como Smiley, el eje de seis de sus novelas más conocidas, que se encumbra con la conocida como “trilogía de Karla” (“El topo”, “El honorable colegial” y “La gente de Smiley”). Su narrativa alcanza algunos de los mejores momentos cuando se nutre de su propia vida y de la relación con su padre, un hombre de negocios siempre metido en asuntos oscuros, fallidos en el mejor de los casos, que lo obligó a romper amarras y a encarar su propia vida.

Le Carré se sintió deudor de Graham Greene, a quien tributó un homenaje en forma de novela con “El sastre de Panamá”, en la que son visibles los ecos de “Nuestro hombre en La Habana”. Superada la guerra fría, sus novelas se adentraron en otros asuntos marcados siempre por aquello que el poder oculta, los intereses inconfesables y la doblez humana. Su escritura facilitó un continuo idilio con el cine y la mayoría de sus novelas acabaron en película.