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La Galería

Balenciaga, para quitarse el sombrero

España acoge la primera muestra internacional de las piezas escultóricas y magnéticas con las que el “Maestro” de la alta costura remataba sus “total look”

Tres modelos  de la exposición.

Tres modelos de la exposición.

Por segundo verano, el sombrero más vendido en muchas tiendas de centros comerciales es el de pescador. El “bucket hat” se convirtió en objeto de deseo cuando lo adoptó Audrey Hepburn y cuando, en los 80, se lo encasquetaron estrellas del hip-hop. Ahora vive su segundo momento, y se vende como churros entre los modernos que frecuentan arenales y festivales. El Museo del Diseño de Barcelona acoge desde hoy, y hasta el 3 de octubre, una exposición dedicada a otro tipo de sombreros que nada tienen que ver con los que ahora se producen en cantidades industriales.

En “Balenciaga. La elegancia del sombrero” se rinde pleitesía a esas obras de arte escultóricas, únicas y exquisitas, con las que el Maestro de la alta costura de Getaria se avanzó varias décadas al crear total looks, de pies a cabeza, para sus clientas de alto postín, las balenciagas, entre las que se contaban damas de la alta sociedad, la nobleza, artistas y hasta reinas, desde Ana María Torres de Gili, esposa del editor Gustavo Gili, que donó 200 sombreros y conjuntos a Barcelona –algunos de los cuales se exhiben ahora–, a Marlene Dietrich, Ava Gardner, Grace Kelly, la reina Fabiola de Bélgica o la nietísima Carmen Martínez Bordiú, cuyo vestido de novia ideó el costurero vasco poco antes de morir en Jávea (Alicante) el 24 de marzo de 1972, a los 77 años.

El hijo de un pescador y una modista no solo reinó en París y llegó a ser el diseñador más caro del mundo, sino que se ganó la devoción de todos. Si Coco Chanel decía que era “el único auténtico couturier entre nosotros, capaz de diseñar, cortar, montar y coser un vestido de principio a fin”, Dior admitió que con los tejidos todos hacían lo que podían y Balenciaga, “lo que quería”. Fue la obsesión de Halston, el amigo de Givenchy y el maestro de Ungaro. Desde hace 10 años el legado del modisto se guarda, se estudia y se exhibe con celo en su localidad natal, en el jovencísimo Museo Cristóbal Balenciaga, coartífice de esta muestra, y adonde esta viajará en mayo de 2022. Los vestidos y trajes de Balenciaga se han expuesto en los principales museos del mundo, pero nunca antes sus tocados, casquetes, pamelas, turbantes y boinas habían protagonizado en solitario una exposición como esta.

El remate de la silueta

Por su parte, Igor Uría, conservador del museo de Getaria remarcó que lo que hoy llamamos complemento, para Balenciaga no lo era, sino algo “imprescindible, el remate que coronaba su silueta. Su ideal estético”. Hoy nos choca, pero en aquella época, “hasta los años 60, llevar sombrero era obligatorio para todas las clases sociales y en todas las ocasiones; no se podía salir de casa sin cubrirse la cabeza”, explicó Silvia Ventosa, conservadora de tejidos e indumentaria del Museo de Diseño. Y los de Balenciaga eran muy conocidos, muy valorados y muy caros. Las clientas no los compraban sueltos, sino con el vestido o conjunto que habían encargado. Por ejemplo, en la muestra hay una factura de 1957 por un total look por un valor de 10.350 pesetas. Un fortunón de la época. Estas curiosidades, además de las tijeras, cintas o moldes que usaban las sombrereras, o las cajas donde se guardaban las piezas, o las etiquetas interiores, dan aún más lustre a las verdaderas joyas de la muestra: 87 sombreros (78 de los cuales se presentan individualmente, nueve con un conjunto y uno con vestido con estola) creados en los departamentos de sombrerería de la casa de alta costura en París y en Madrid, desde finales de los años 30 hasta el cierre de firma, en 1968, cuando la alta costura perdió peso en favor del prêt-à-porter.

El Maestro marcó un estilo y una forma muy característicos en sus diseños, con volúmenes depurados y estilizados de formas muy simples, casi abstractas, unas auténticas esculturas. Actualizó y puso de moda tocados históricos y populares, siempre experimentando para crear nuevos modelos, que luego se personalizaban para cada clienta (según el tamaño de su cabeza, cuello, hombros...).

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