20 de abril de 2018
20.04.2018

Terapia de autoestima a lomos de un caballo

El movimiento de los equinos, el calor que desprenden y su magnetismo son ideales para el trabajo físico y psíquico con niños y adultos

05.05.2018 | 04:19
Terapia de autoestima a lomos de un caballo

¿Qué es la hipoterapia?

  • Las terapias ecuestres buscan contribuir positivamente al desarrollo cognitivo, físico, emocional, social y ocupacional de las personas que sufren algún tipo de discapacidad o necesidad especial. El caballo es una herramienta de trabajo, un elemento integrador, rehabilitador y reeducador. En Gijón la Asociación Asturiana de Terapias Ecuestres, sin ánimo de lucro, ofrece servicio en Las Mestas a precios muy ajustados, que pueden ser de 100 euros al mes, por una clase a la semana. Para más información se puede llamar al teléfono 606629033.

Ketty Vives era aún una bisoña educadora cuando, tras subir a un niño con parálisis a lomos de un caballo para que experimentara los beneficios físicos de la hipoterapia, quiso saber qué había sentido, de verdad, el chaval.

"Tendría el crío unos 10-12 años y para mí todo ese mundo era aún muy novedoso. El 'peque' se movía en silla de ruedas y primero le montamos en el caballo y yo me subí con él. Luego me pidió ir solo y le dejamos. Y al final le preguntamos qué le había parecido toda la experiencia". Han pasado los años y Ketty aún transmite mucha emoción contando aquello. "El niño nos dijo: es la primera vez que no veo el ombligo de la gente". La autoestima, esa cualidad que a veces cuesta más reforzar que la musculatura, está incluida en el listado de aspectos físicos y psíquicos que salen ganando con la hipoterapia, según esta experta, directora de la Asociación Asturiana de Terapias Ecuestres. Una organización sin ánimo de lucro, con base en Las Mestas -"la cesión gratuita que nos hace el Patronato Deportivo Municipal de Gijón de las cuadras que sólo utilizaban en el concurso Hípico del verano es impagable", admite Vives-, que en la actualidad atiende a cerca de 40 niños y adultos a los que dan apoyo de lunes a domingo, en clases de una hora. Clases que son "mucho más que dar un paseín a caballo", apunta Carmen Quintanal, monitora del mismo centro.

¿Y qué es ese "mucho más"? Pues el hecho de que detrás de la hipoterapia no hay sólo un momento de ocio de mayor o menor pericia. Hay un aprovechamiento del calor natural y el movimiento de los equinos, de su magnetismo hacia niños y adultos, de la implicación con su cuidado... "Hace diez o doce años la hipoterapia se puso de moda y había mucha demanda. Entonces se decía que el perfil del alumno era muy concreto: que si lo mejor era para los síndromes de Down, que sí para niños con problemas físicos... Pero hace tiempo que se trabaja con la idea de que no hay perfiles de mayor y menor beneficio. Ni niños, ni adultos. Todo va a depender de la persona y a cada uno el caballo le puede ayudar en un aspecto", sostiene Ketty Vives, que cuenta entre sus alumnos a niños autistas, con parálisis cerebral en todas sus vertientes, retrasos madurativos, un síndrome de Rett, otro de Sanfilippo, hasta un caso de enfermedad congénita denominada "síndrome del maullido del gato". Sus alumnos pueden haber cumplido un par de años o más de 60 décadas: "Y algunos llevan conmigo los 18 años que estoy en esto. Físicamente seguro que no mejoran mucho más, pero para ellos venir aquí lo es todo", asegura.

Hay evidencias incuestionables: para quienes sufren enfermedades que llevan asociado trastorno espástico, es decir que sufren mucha rigidez en el cuerpo, montar a pelo, sin montura, dejándose llevar por el movimiento del caballo, aprovechándose de su calor... ayuda a que se genere una relajación de una forma muy fácil.

"Sobre todo les relaja las extremidades inferiores, y como nosotros cuidamos mucho la colocación de la espalda, eso es un beneficio en corrección de postura. Hay niños que se dejan ir tanto que llegan a dormirse encima del caballo", apunta Vives. Ya en el plano de la terapia psíquica "hay un componente ligado a lo grande que es el animal y lo noble que llega a ser, que atrae a los niños y cuanto mejor lo estén pasando y más relajados se muestren mejor será para hacer mil cosas más que ellos no van a identificar como un trabajo de terapia, sino como un momento de ocio: desde refuerzos de lenguaje, de expresión, de motricidad fina, de relación", explica la experta. Los monitores, además, están en coordinación con otros terapeutas de los niños, para que el el abordaje sea coordinado y complementario. "El animal es un instrumento de trabajo poderosísimo", sostiene la experta.

Que se lo digan a Marta Vega, la mamá de Ainhoa, una "princesa Rett" (como se conoce a las niñas afectadas por este trastorno neurológico de base genética que afecta al desarrollo tanto del lenguaje como motriz de quien lo sufre) avilesina, de cinco años . "Mi hermano es transportista de caballos y él fue quien decidió que su sobrina tenía que hacer terapia con caballos o ponis. Y yo, que soy ganadera, no acaba de creerme de qué forma un animal como éste podía ayudar tanto a un niño con un problema. Pero es tan real...", dice Marta, que ahonda en la explicación: "Ainhoa motrizmente cambió muchísimo. Los 'rett' mayoritariamente no caminan, pero ella sí. Aunque sea un caso leve, y esté muy estimulada por todas las terapias complementarias que hace, lo del caballo es genial. No sé si es el calor que desprenden, el movimiento, el sexto sentido de los animales... Sólo sé que Ainhoa cambió radicalmente en sus potencialidades. No tiene lenguaje, pero motrizmente es otra. Tropieza -algo muy común en estos afectados- y ya no se cae". Sigue amasando las manos, que nos las utiliza para nada, pero hasta en eso también el caballo logra acercamientos y gestos que en otro contexto serían casi imposibles de imaginar.

En la cuadra de Las Mestas hay cuatro monitores en esta jornada de reportaje y un voluntario que va camino de tener un máster en hipoterapia. El ovetense Julio Enrique Hernández, un adolescente mental de 35 años cumplidos, residente de la Fundación Siloé, y con temor infantil a los caballos. "Me gustan mucho y quería montar, pero les tenía miedo", explica. También influye que "no me gustan mucho las alturas, y los caballos son muy altos... aunque ahora ya me pasa menos", avisa. Reconoce que el caballo es "el gran amigo que tengo" -debería decirlo en plural porque no deja de citar a "Curro" a "Duque", a "Chico" a "Apache"...-, y le encanta "cepillarlos. Y, por el verano, limpiarles las patas y pintarle los cascos... prepararlos para salir, y luego si el caballo se porta bien, le doy un cacho de pan, o me lo como", va contando entre risas sin dejar de cepillar a "Apache", tanto que ya desprende brillo. Julio cuenta con orgullo que al principio "me temblaban las piernas y yo decía... 'tranquilo, caballo, tranquilo'", para recobrar la compostura. Ahora sus consejos son inagotables cuando se trata de orientar a otros niños y hasta le están responsabilizando para entrenar a un poni y prepararlo para que sea una buena montura para niños. Que le pregunten a Julio cuánto sabe de caballos y de autoestima.

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