Si echamos la vista atrás y nos remontamos a principios de año, cuando todavía vivíamos sin enmascaramientos, libres del "arsenal antivirus", nos damos cuenta del cambio radical que ha experimentado la sociedad. No solo en cuanto a nuestros hábitos de vida o nuestro comportamiento social, sino también a nuestra manera de comunicarnos e interactuar con el prójimo, e incluso con nosotros mismos.

Desde la publicación de la Orden SND 422/2020 en el BOE con fecha 20 de mayo de 2020, que establece la obligatoriedad del uso de mascarillas, hemos perdido nuestra sonrisa, nuestra mímica, nuestra gestualidad natural. Hemos dejado de tener nariz, boca, dientes, mofletes y pómulos, para tener una FFP2 o KN95, una mascarilla quirúrgica. O, para aquellos que no quieren perder su glamour, el modelo tendencia: a juego con el color de la camisa, los pendientes, el uniforme, o simplemente con el color que tiene o queremos que tenga nuestro estado de ánimo cada día. Mascarillas de creación casera, tejidas por "los costurillas de la casa": madre, padre, abuela/o, vecina/o costurero, o de esa amiga/o, que nunca antes había cogido una aguja hasta que llegó el confinamiento y, con ello, aprendió a "coser y cantar".

La pérdida del lenguaje no verbal

El uso de la mascarilla ha tapado todos nuestros rasgos faciales y expresivos, alterando notablemente nuestro modo de comunicarnos y provocando un gran deterioro en la calidad de la comunicación.

El lenguaje no verbal, que forma parte intrínseca del proceso comunicativo, y que contribuye a aportar matices, credibilidad y solidez a nuestro lenguaje verbal, ha perdido fuerza. Incluso, ha desaparecido casi por completo, ya que se ha reducido meramente a los ojos y la frente.

Esas sonrisas atrevidas, sensuales, fingidas, forzadas y cariñosas, o esos movimientos de boca, labios, carrillos con los que creábamos nuestras muecas, gestos o mohines, ya no están para dar respaldo a nuestras palabras y enunciados. El acto comunicativo ha perdido todos sus matices y tonalidades. Ha pasado a ser un acto frío y distante carente de personalidad y naturalidad. En definitiva, el acto comunicativo se ha quedado cojo y sin sonrisa.

Pérdida del refranero

Y con esta merma, surge la siguiente cuestión: ¿tendremos que refundir expresiones tan populares de nuestro refranero español como la cara es el espejo del alma, al mal tiempo buena cara o tiene más cara que espalda? O, mejor dicho, ¿deberíamos "covirefundir" y "coviadaptar" nuestro lenguaje a los tiempos del COVID? He aquí algunas opciones: "la mascarilla, el espejo de mi alma", "al mal tiempo, mascarilla a todo color" o "tiene más ceño que espalda".

Otras expresiones tienen todas las papeletas para extinguirse, simplemente porque ya no pegan con el contexto socio comunicativo actual. Como ejemplo: "en boca cerrada no entran moscas", "a pedir de boca", "el que ríe último, ríe mejor" o "a quien ríe, la vida le sonríe".

Más tímidos, más vagos

Traducido al lenguaje matemático, queda acuñado como el "Teorema de los Sentidos -Covid19", con la fórmula:

+timidez -sonrisas = negatividad² + irritabilidad¹?

Es obvio que, si ante la presencia del otro tenemos que cubrirnos nariz y boca, sonreír, gesticular y hablar pasan a un segundo plano.

Simplemente, no nos apetece, porque con el uso de la mascarilla deja de ser un acto natural y espontáneo, para convertirse en algo innecesario y forzado. ¿Para que voy a sonreír si nadie me ve? ¿Para que voy a hablar si no se me escucha, ni se me entiende bien?

Efectivamente, nos hemos vuelto más vagos y holgazanes con el uso del lenguaje, hemos entrado en el bucle de la inactividad lingüística. Y, llegados a este punto enunciamos la segunda fórmula de la ecuación, el "Teorema del Vago Lingüístico -Covid19:

(-palabras -matices -gestos) x (+desgana +apatía)= vagos lingüísticos

Quizás esta sea la fórmula más compleja y pesimista, por su carácter poco alentador ante una situación de crisis que no apunta soluciones rápidas.

Una comunicación sin gracia ni salero

Pero, seamos sinceros, desde que las mascarillas se han convertido en nuestro complemento facial por excelencia y obligación, el acto comunicativo ha perdido todo su atractivo y singularidad. Carece de todos los matices y peculiaridades que lo hacen especial y particular de cada individuo, simplemente no nos identificamos con él. Ya no hablamos con la gracia y el salero con que lo hacíamos antes, ni tampoco tenemos el mismo poder de persuasión.

El poder de la comunicación verbal y no verbal ha perdido fuerza y, poco a poco, va desinflándose como un globo en el aire. Un aire que solo respiramos a través del filtro de nuestra mascarilla, un aire sin oxigenar que obnubila y merma nuestras destrezas lingüísticas.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.