Año 22 antes de Cristo. Flavio Macrino caminó despacio entre los barracones para no despertar a los auxiliares, y se asomó a una de las terrazas. No veía nada, ni siquiera la rampa en zigzag que comunicaba aquel monte con Lancia. Al amanecer, tendría que hacer guardia para avisar si los rebeldes astures llegaban. Se preguntó si su padre se sentiría orgulloso de él, ojalá pudiera verle con la cota de malla en los entrenamientos de los legionarios… La vida había cambiado mucho para los militares desde la llegada de Octavio Augusto al poder, ahora estaban bien pagados. Sostuvo entre sus manos el denario que su padre le había puesto entre sus manos antes de su muerte y suspiró. La moneda cayó al firme del campamento y, entre tanta oscuridad, no la pudo encontrar. “Tal vez mañana”, suspiró.