No hubo aviso y el autobús que todos deseaban ver llegó de sopetón, por sorpresa, y cuando la muchedumbre congregada en la explanada del Tartiere se dio cuenta fue como un latigazo, todo el mundo se dirigió hacía él, se encendieron las bengalas, se agrietaron las gargantas, se perdió el sentido del tiempo, se olvidó todo lo demás, que queda una eliminatoria, que mañana hay que trabajar. "¡Que sí, que vamos a subir!", les gritaban, convencidos, completamente seguros de que en esa frase había una verdad incuestionable.