"Domingo´l gordu" en Villaviciosa: los mazcaraos del Antroxu ya están listos para sembrar el caos por Rozaes, Llugás y Poreñu
Las mascaradas maliayesas que saldrán durante la jornada dominical en busca de sidra, fayuelos y picatostes fueron recuperadas por los vecinos hace una década y hoy están plenamente consolidadas

Mazcaraos de Rozaes y Llugás, este miércoles, ante el Ayuntamiento de Villaviciosa. / J. A. O.
J. A. O.
Hay sonidos e imágenes que forman parte de la memoria de un pueblo. En Rozaes (Villaviciosa), los gritos que anuncian la llegada de los mazcaraos, el estruendo de los lloqueros (cencerros), las varas contra el suelo o las carreras por los caminos. Es la estampa del Antroxu rural maliayés, una tradición que hunde sus raíces en tiempos inmemoriales y que ha vuelto a coger fuerza gracias al empeño vecinal. Todo ello se podrá apreciar y disfrutar este "domingo´l gordu". Y no solo en Rozaes. Los mazcaraos también saldrán durante la jornada dominical por Llugás y Poreñu, las otras dos parroquias villaviciosinas en las que se ha rescatado esta tradición.
Los mazcaraos forman parte del creciente grupo de mascaradas asturianas que han sido recuperadas en las últimas décadas. En el caso concreto de Rozaes, fue en 2016 cuando la asociación de vecinos decidió retomar el “domingo’l gordu”, la jornada central del carnaval tradicional de la parroquia. Desde entonces, la semilla ha prendido con naturalidad entre jóvenes y mayores, porque la fiesta no entiende de edades.
Antiguamente, el Antroxu de Rozaes se celebraba en dos días. El domingo salían los niños y mozos, mientras que el martes era el turno de los mayores. No era esta última una fecha sencilla —por ser lectiva y laboral—, pero aun así la tradición se mantenía. Los grupos recorrían la parroquia dando saltos, haciendo sonar cencerros y gastando bromas a vecinos y conocidos. "Cuando éramos niños los veíamos venir en grupo y te morías de miedo", recuerdan hoy los mazcaraos. El anonimato era y es esencial. Los señores del Antroxu solo se descubren, y no siempre, en aquellas casas donde son convidados a sidra y fayuelos.
Controles
Ni siquiera los años de prohibición durante la dictadura lograron borrar la costumbre. Cubrirse el rostro estaba vetado por motivos de seguridad, pero la parroquia encontró fórmulas para esquivar el control. "Mandaban a los niños delante para comprobar si estaba la Guardia Civil. Si era así, daban la vuelta o se quitaban la careta", relatan los vecinos. La tradición sobrevivía gracias al ingenio colectivo.
Fue en los años ochenta del pasado siglo cuando la mascarada comenzó a diluirse. La recuperación del carnaval en la capital del concejo y el progresivo abandono del medio rural hicieron que el Antroxu de Rozaes pasara a un segundo plano. Sin embargo, la memoria nunca desapareció. Durante años se habló de recuperar la fiesta hasta que, finalmente, la asociación vecinal emprendió un trabajo de campo entrevistando a las personas mayores de la zona para reconstruir fielmente la celebración. Finalmente, se decidió concentrar la actividad en el domingo, con salida conjunta de niños y adultos.

Mazcaraos de Rozaes. / LNE
La esencia de los mazcaraos está en su indumentaria. No existe un disfraz uniforme, sino una suma de recursos domésticos y naturales. Ropa vieja guardada en casa o en el hórreo, pieles, sacos, mantas, vestidos en desuso o uniformes olvidados. A esa base se podían añadir elementos vegetales como el lloréu (laurel) o la mimosa, que permanecen verdes todo el año. Algunos cosían hojas sobre chaquetas del revés para desdibujar la silueta. Otros cubrían su rostro con medias agujereadas o lo pintaban con corcho quemado. Los tradicionales picornios —capirotes o tricornios elaborados antiguamente con armazón de cañavera y hoy con cartón y papel de colores- coronan las cabezas de ellos. Ellas se tocan con sombreros adornados con lazos. Los guantes también forman parte de la indumentaria. Al igual que los cencerros o esas varas de madera que permiten a los más ágiles impulsarse en grandes saltos, de forma similar a los sidros.
Recorrido
El recorrido del "domingo´l gordu" mantiene el carácter comunitario de esta celebración. Los mazcaraos visitan las casas de la parroquia y, en ocasiones, aldeas vecinas, repitiendo el antiguo intercambio festivo entre pueblos. En cada parada son agasajados con sidra casera, fayuelos y picatostes. Entre risas, provocaciones y carreras, la comitiva se tira todo el día de fiesta.
Lo que comenzó como una iniciativa local ha trascendido los límites del municipio e, incluso, las fronteras españolas. Los de Rozaes han participado en encuentros de mascaradas en diversos puntos de Asturias, en Zamora o en el Festival Internacional da Máscara Ibérica de Lisboa, donde representaron a Villaviciosa junto a otras agrupaciones asturianas. Este año tienen previsto trasladarse a Italia para tomar parte en uno de estos encuentros internacionales. Además, también desarrollan labores divulgativas. Las últimas han sido talleres con los alumnos de la Banda de Gaites Villavicios-El Gaitero y con escolares de Infiesto.
Implicación intergeneracional
Pese a esa proyección exterior, el corazón de este Antroxu sigue estando en Rozaes y en su "domingo’l gordu", cuando la mascarada recorre las casas como antaño y con participantes de todas las edades. Desde niños de cinco años hasta mujeres de más de setenta. La implicación intergeneracional es una de las claves para que la tradición no vuelva a declinar.
Así, entre el sonido de los lloqueros y el aroma de los fayuelos recién hechos, los mazcaraos de Rozaes -también los de Llugás y Poreñu- escribirán este domingo una página más de una historia que no pertenece solo al pasado. Son memoria viva del Antroxu rural asturiano y prueba de que, cuando una comunidad decide cuidar sus raíces, la tradición siempre se abre camino.
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