Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

El Antroxu tradicional triunfa en Villaviciosa: los mazcaraos de Rozaes siembran alegría y recogen futuro en un gran Domingu´l gordu

La comitiva recorrió los barrios entre carreras y pitanzas

Domingo'l gordu con los Mazcaraos de Rozaes, en Villaviciosa

Luján Palacios

Luján Palacios

Luján Palacios

Rozaes (Villaviciosa)

Hubo unos años en los que los vecinos de Rozaes, especialmente los más pequeños, vivían el domingo y el martes de Carnaval con auténtico pavor. Porque eran los días en que los mazcaraos recorrían los pueblos sembrando desconcierto y buenas dosis de picardía, tratando de meter miedo y hacer trastadas allá donde no eran bien recibidos.

La tradición fue decayendo con el paso de los años, hasta ser casi residual en los 90. Pero el tesón de quienes vivieron aquellos tiempos en la zona rural de Villaviciosa ha hecho que los Mazcaraos hayan vuelto a salir a la caleya con cada vez más fuerza, y con relevo generacional asegurado. De esta manera, el Domingu´l gordu fue este domingo una jornada de tradición, de mucha diversión y de constatación de que los más pequeños vienen detrás empujando con fuerza: casi una decena de personajes fueron interpretados por niños, algunos de apenas cinco años.

Sabe bien del Antroxu rural de antaño Cristina Sopeña, que recuerda con cariño cómo salía vestida «ya de bien pequeña, con los mis hermanos que eren muy apañaos, cogíen una sábana y hacíen con ella faldes y cabeces de tela». Porque los mazcaraos salían de ronda «con lo que había por casa, no se compraba nada, lo que iba quedando viejo por el hórreo, con trapos y colchas». Y también con elementos vegetales, hojas de maíz y de lloreu, cordeles y chaquetas puestas del revés.

«Había en Valdediós una familia que eren siete hermanos, seis eren hombres, unos mozos que metíen mieu, veníen muchos de ellos de mujer con unes faldes estampaes enormes», sigue rememorando Cristina de unos tiempos que ahora regresan gracias a su esfuerzo. Porque «a mí la tradición gústame mucho, y tenemos que conservar todo esto», sentencia. En Rozáes llevan haciéndolo desde el año 2016, y no les ha ido nada mal: ayer desfiló por el pueblo junto con su hija y una biznieta: una costumbre que abarca ya cuatro generaciones y que no deja de sumar nuevas incorporaciones.

Como los hermanos Víctor y Miguel Meana y su amiga Valeria García, de doce y diez años, que lucían sus trapos viejos y elaborados picornios, sombreros puntiagudos compuestos de varias capas de hojas . En el caso de las chicas, sombreros con flores de colores, cencerros colgando para armar bulla y escobas y palos para ir saltando por el camino. Es precisamente eso lo que más les gusta a las nuevas generaciones: «Saltar mola mucho, y también viajar con los Mazcaraos a muchos sitios que ya fuimos, hasta Lisboa. Y cantar canciones, y lo que nos dan de comer; a la gente les gusta vernos», resumían los hermanos atropelladamente, deseando salir a disfrutar de la fiesta. Y eso que «poca gente lo conoce todavía, nuestros amigos no saben muy bien qué es esto».

Frixuelos y picatostes

En Rozaes en cambio no hace falta pedir explicaciones, y en casa de María Mercedes Piquero corrieron a buen ritmo los dulces y la sidra de casa, las tortillas, frixuelos y picatostes para los que «madrugué un montón», reconocía, y que fueron engullidos con entusiasmo por los Mazcaraos. «Ellos a cambio nos traen toda esta alegría, y hay que darles las gracias», explicaba la vecina rodeada de una avalancha de personajes en los que casi nada es lo que parece.

Porque los hombres son mujeres, las mujeres se transforman en paisanos, los pequeños son viejos y a los jóvenes no hay quien los conozca bajo varias capas de hojas de panoya y cordeles, con caretas de tela bien pintadas, picornios en alto y escobas de flores de mimosa para barrer el mal fario con alegría. Hubo quien, como Eva María Solares, secretaria de la Asociación de Vecinos, llevaba hasta pulseras de pezuña de llama traídas expresamente desde Bolivia para ayudar a meter miedo.

Ella es una de las artífices de que varios pueblos de la zona hayan vibrado con la presencia de unos seres que reparten por igual trastadas y alegría. «La tradición viene de tiempos celtas, casi inmemoriales, y llegó a nosotros prácticamente viva cuando éramos pequeños.Luego se fue perdiendo hasta que la recuperamos», explicaba, feliz de contar con nuevas incorporaciones entre sus filas. «Hay muchos niños y se van sumando a través de talleres que se organizan para que sepan a lo que vienen, elaboran sus máscaras y luego desfilan con nosotros», relataba Solares entre parada y parada de la comitiva.

De un barrio a otro, haciendo sonar cencerros y canciones, entre carreras y saltos, con abundantes paradas para reponer fuerzas y entre abrazos de los vecinos agradecidos. Una forma de decirles en un gesto que el Antroxu se construye gracias a su entusiasmo, y ayuda a que los pueblos mantengan su esencia. En Poreñu y Llugás se han pospuesto los desfiles, en este último caso por la muerte de un vecino. Pero volverán en marzo, para seguir sembrando recuerdos compartidos.

Tracking Pixel Contents