Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

La pasión por la faba asturiana de los cosecheros Iván Valdés y Natalia Fonseca, ganadores del certamen de Villaviciosa: "Esto da para vivir, nosotros no lo cambiamos por otra cosa"

El matrimonio, con fincas en Argüeru y Cazanes, comercializa su producción IGP bajo la marca El Carbayu y anima a vivir del campo, aunque "dependemos mucho del tiempo"

Iván Valdés y Noelia Fonseca, en su explotación, durante la época de siembra.

Iván Valdés y Noelia Fonseca, en su explotación, durante la época de siembra.

Luján Palacios

Luján Palacios

Villaviciosa

En un mundo cada vez más acelerado, hay quienes fundamentan su forma de vida en el campo y una relación paciente con la naturaleza y lo que el tiempo depare. El maliayés Iván Valdés y su mujer Natalia Fonseca han logrado consolidar un proyecto agrícola familiar capaz de competir al máximo nivel y, además, ser reconocido con el primer premio a la mejor faba asturiana con Indicación Geográfica Protegida (IGP) en las XXXII Xornaes de les Fabes de Villaviciosa.

Su marca, Fabes El Carbayu, destaca gracias a una producción a medio camino entre la experiencia, la adaptación constante y una apuesta decidida por la calidad en varias parcelas distribuidas entre Cazanes y Argüeru, dos zonas del concejo de Villaviciosa donde cultivan diferentes variedades de faba. En total, trabajan en torno a cuatro hectáreas y media, casi cinco, una superficie que gestionan con una combinación de trabajo familiar y apoyos puntuales en los momentos clave del año.

"Todos los años vamos cambiando, mejorando las fincas que son menos productivas", explican, conscientes de que en la agricultura nada es estático y la mejora continua del terreno y la selección de variedades más resistentes forman parte de una estrategia para adaptarse a los ciclos de un clima cambiante.

En su explotación conviven distintas variedades, entre ellas la verdina, ya plantada este año en Cazanes, y la faba destinada a concurso y mercado, cultivada en Argüeru, de la variedad Maximina 2, "un poco más pequeña, que no se deshace y tiene una piel imperceptible al paladar y una cremosidad que la hace casi manteca". Con esos mimbres se hicieron con el primer premio en la tercera edición en la que tomaban parte, y con ello se sienten animados a seguir trabajando duro en un negocio familiar que combinan con la ganadería y del que "es posible vivir", siempre que la meteorología se comporte.

Campañas buenas y malas

"Posible es, pero depende de los años", resume Iván Valdés. La clave está en la variabilidad: hay campañas buenas en las que la producción permite sostener la explotación y otras en las que el margen se reduce drásticamente debido al clima o a problemas fitosanitarios, con un uso de productos cada vez más restringido por las normas europeas y mucho de "prueba y error" a la hora de dar en el clavo.

La inversión inicial también es importante, y si muchas explotaciones consiguen mantenerse en el tiempo en en buena medida porque parten de una base familiar que reduce el esfuerzo económico inicial. En su caso, ha sido un factor importante, en un ámbito de cultivo en el que la mecanización ha avanzado en procesos como el secado o la selección de la faba, pero "siguen siendo necesarios muchos recursos humanos" en momentos puntuales como la plantación o la recolección.

Y por encima de todo ello, hay un factor que condiciona todo el sistema productivo: el tiempo, que en el caso de Asturias puede marcar la diferencia entre una buena cosecha o una malísima como la de hace dos años. "La faba es caprichosa, cada año se comporta de manera distinta, incluso cuando se aplican las mismas técnicas. De hecho, si alguien hace todo como siempre, malo", señalan, con la vista puesta en el cielo porque "la lluvia, la sequía o las temperaturas fuera de lo habitual pueden arruinar la campaña".

La investigación en nuevas variedades más resistentes y la mejora constante de las fincas forman parte de la estrategia para asegurar la continuidad del proyecto, con el apoyo del Serida y la IGP y el desarrollo de nuevas semillas adaptadas a las condiciones del norte que pueden ser una esperanza para el futuro del sector.

Más allá de la rentabilidad, el proyecto de Fabes El Carbayu se sostiene también sobre una idea de vida. Porque el trabajo en el campo, explica la pareja, permite una conexión directa con el entorno, una vida más familiar y una forma de organización distinta a la del empleo urbano. "No lo cambiaríamos por nada", reconocen, aunque también admiten que la estabilidad económica no está garantizada mes a mes. Con todo, aunque el campo sea duro, "animamos a quienes lo deseen a intentar esta forma de vida; es posible". Y con premios como el del festival de Villaviciosa, se toma con más ganas.

Tracking Pixel Contents