"Temimos perderlo todo": los afectados por el bloqueo de las viviendas de La Barquerina (Villaviciosa) empiezan a ocupar sus casas tras meses de espera y ponen fin a "una pesadilla"
Los inquilinos comienzan con la mudanza poco a poco, con un "regusto amargo" aunque "felices de ver la luz al final del túnel" tras varios meses de incertidumbre

El edificio de La Barquerina afectado por el deslinde. / Luján Palacios

Hace dos años, Joseba Bengoetxea recaló en Villaviciosa y le gustó. Tanto, que decidió vender su casa en su Euskadi natal para comprar un piso en una nueva promoción en La Barquerina, la principal área de expansión de la capital maliayesa. Esperaba que le dieran nueva residencia en el mes de septiembre del año pasado, pero la obra se retrasó y la fecha prevista pasó a ser diciembre. Pero entonces llegó la sorpresa (monumental) de que Demarcación de Costas había bloqueado la promoción porque una parte del edificio invadía la servidumbre de protección en el ámbito del Plan Especial de La Barquerina. Un "mazazo" para quienes esperaban ocupar sus vivivendas, que por fin ahora, cinco meses después, están empezando a trasladar sus ensereres a los pisos, en la calle Joaquín García Caveda.
"Estamos viendo la luz al final del túnel, cerrando una etapa, pero la verdad es que lo hemos pasado mal. Realmente mal", reconoce Bengoetxea. Porque con la paralización tras la denuncia de Costas se temieron lo peor: "tuvimos miedo de que tuviéramos que enfrentar años y años de litigio en los tribunales, con mucho coste para todos y con las viviendas sin poder entrar en ellas", señala. En su caso, los últimos meses ha tenido que pagar un alquiler en otra vivienda en la Villa, a la espera de hacerse de una vez por todas con las llaves del nuevo piso. "Es un dinero que hemos tenido que gastar, porque ya no tenía la casa de Euskadi y no tenía dónde quedarme. Otros están en esta misma situación, o en casas de familiares. Pero a la mayoría nos urgía mucho poder entrar a vivir, porque en mi caso el contrato de alquiler expira este mes. El uno de junio tengo que estar instalado"; relata.

El hall de entrada del bloque / Luján Palacios
La incertidumbre de no saber lo que iba a pasar, o cuánto se iba a dilatar el proceso, ha pesado como una losa entre los compradores de alguna de las 36 viviendas. Sin contar con que muchos habían negociado la hipoteca el año pasado, con tipos más bajos a los actuales, y ahora "están asustados, porque tendrán que renegociar, los tipos han subido y les va a salir más caro", reflexiona el vecino.
Perjuicios
Por el medio ha sido necesaria una orden ministerial para modificar las distancias de las servidumbres, con unas obras y licencias de construcción que se tramitaron sin ningún problema hasta que Costas denunció. "Las parcelas fueron vendidas al constructor por Sogepsa, que es una sociedad pública, y todos dicen no saber nada", recuerda Joseba Bengoetxea, quien deja botando una pregunta que todos se hacen. "¿Quién se va a hacer cargo de los perjuicios que se nos han ocasionado? Porque han sido importantes, aunque ahora estemos felices de poder entrar en las casas", sostiene.
De momento han sido muy pocos los que lo han hecho, después de que el Ayuntamiento de Villaviciosa haya concedido la licencia de primera ocupación del inmueble. Se trasladan "un poco en precario", con luz y agua de obra, pendientes aún de los últimos flecos administrativos que aún llevarán semanas, "al menos hasta la segunda quincena de junio", calculan.
Pero podrán dejar de pagar alquiler e instalarse en un edificio demasiado tiempo parado, aún con casi todas las persianas bajadas. Hasta que no se firmen las escrituras no se puede constituir la comunidad de propietarios, y aún pasará un tiempo hasta que todo funcione con normalidad. "Y gracias a que, para lo que son los plazos de la administación, tanto el Ministerio para la Transición Ecológica como el Ayuntamiento han actuado con celeridad", sostiene el futuro vecino.
En los próximos días se sucederán las mudanzas, y calculan que para junio ya haya vida en el bloque, después de unos meses en los que "temimos perderlo todo". Ahora, toca disfrutar. Pero, como señala Bengoetxea, "el regusto amargo no nos lo quita nadie".
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