Enciendo la televisión mientras ordeno la casa y así me entero de las noticias cuando limpio y doy esplendor a mi hogar. Pertrechada de fregona, guantes y trapos para el polvo, empiezo mi cruzada contra virus y otras cosas más visibles. Me sorprendo cuando oigo en el debate televisivo la expresión :"Higiene democrática”, primero por la coincidencia con mi labor quita grasa y después por la extraña unión entre esas dos palabras. Hablaban los tertulianos de la conveniencia de que los políticos llegaran a un acuerdo entre ellos para así gozar de dicha higiene.

Hay palabras que resultan extrañas cuando se juntan porque a veces una mata a la otra o la priva de su significado. La que suscribe cree que todas las democracias son higiénicas, ya que si no, no lo serían. Nunca oí hablar de democracias sucias o podres, eso en sí mismo es un sinsentido, por consiguiente creo que las dos palabras hacen un mal matrimonio.

Sumida en tales reflexiones, observo que la bola del mundo que se enciende para ver bien países oscuros tiene una capa de polvo bastante considerable, lo que resulta curioso ya que los doctos tertulianos siguen hablando de limpieza. Con garbo y gracia le paso el trapo y ¡zas! La bola sale de su base y cae estrepitosamente. No sabía que estaba atornillada así que intento ponerla en su sitio, pero al agacharme me cae el mundo encima. Tantas coincidencias me acaban dejando atónita y decido dejar de limpiar y pensar en palabras que no hacen buena pareja: límites ilegales, helado cálido, abrazo áspero, canibalismo exquisito, pesadilla dulce o confinamiento folclórico.

Pongo un poco de hielo en la frente, me ducho y le lanzo un beso a la bola del mundo, que una vez limpia, segura y bien atornillada, me hace creer por un segundo que puede haber alguna conexión entre este planeta loco y el poco entendimiento entre los seres que lo habitan.