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Opinión

El tiempo te da la razón

Viendo lo que veo casi de continuo me ha venido a la cabeza una historia real que viví en Madrid en los años setenta cuando estudiaba en la Universidad Complutense el primer curso de Derecho. Sin duda, algo gordo tenía que haber pasado para que, en aquella fría noche de noviembre, mi padre fuese incapaz de pegar ojo.

Desde mi ‘cuarto de soltero’ como algunos lo llamaban, me desperté al escuchar sus pasos cuando ya eran cerca de las tres de la madrugada. Con cierta preocupación me levanté para saber que le ocurría y preguntarle si se encontraba mal o a qué se debía su insomnio. ¿Qué te pasa papá? “Nada hijo. Son cosas del trabajo. Tengo mañana una vista complicada en la Audiencia y estoy venga a darle vueltas” Pero ¿de qué se trata?

De manera abreviada me vino a decir que, pese a haber advertido a su jefe para que no hiciera una serie de cosas este decidió seguir hacia adelante confiando en que todo saldría bien… ¡y resulta que no! Salieron rematadamente mal. En resumidas cuentas, el propietario del grupo de empresas de las que mi padre era el abogado, se veía obligado a pagar cuatro millones de pesetas que, en aquellos tiempos, era una cantidad más que importante.

Mi padre me mandó a la cama mientras él continuó “pasillo arriba, pasillo abajo” hasta casi el amanecer. Horas después cuando me iba para la Facultad volví a coincidir con él deseándole suerte para aquella vista judicial antes de reencontrarnos nuevamente a la hora de comer. Recuerdo que sólo le hice una pregunta: ¿Qué tal fue todo? y su respuesta fue corta. Tan sólo cuatro palabras: “Bien; creo que bien”. Y ya no hablamos más del asunto hasta que el juicio se celebró y sería entonces cuando comenzaron a surgir mis dudas en torno a la Justicia.

Por tradición familiar no había quedado otra que estudiar Derecho. Mi abuelo Luis Rivaya había sido notario y mi padre y tres de sus hermanos (Guillermo, Benjamín Antón), abogados. Por parte de madre, mi tío Ángel Segura, también abogado y empresario de éxito. Estaba más que claro que la jurisprudencia tendría que formar parte de mi vida a pesar de que entonces lo que más feliz me hacía eran mi novia Ana y “Los Skorpis”, el conjunto musical del que yo era el batería”.

Antes de aquella vista en el juzgado mi padre me había dicho que el caso estaba prácticamente perdido porque quien hizo mal las cosas había sido su propio jefe. Pero el que se lleva la sorpresa soy yo cuando me dice que había ganado el pleito. “Domingo no tendrá que pagar nada de nada y además… ¡¡le he conseguido una indemnización por daños y perjuicios!!”. Quedé atónito. Ver para creer.

Pero papá ¿no me habías dicho que todo era culpa de él? “Así es hijo. Pero si tú presentas y planteas una defensa con argumentos serios, sólidos y bien estudiados… el juez puede entender tu planteamiento y aceptarlo como válido por ser creíble, coherente y plenamente ajustado a Derecho”. Aquella noche en vela de mi padre había merecido la pena para él y para su jefe. Sin embargo, a mí la sentencia me creaba todo un mar de confusiones y dudas sobre la balanza de la diosa Justicia.

¿Cómo se puede dar la vuelta a una tortilla sin un plato o tapadera? Apenas llevaba un curso de carrera para aspirar a la abogacía y ya sentía en mi cuerpo una especie de ‘puñalada trapera’. Necesitaba tiempo para asimilarlo. Si mi padre había ganado algo que estaba perdido quedaba claro que se puede convencer (mentir y/o engañar), a todo un juez y magistrado que incluso hasta pueda presidir el Tribunal Supremo. ¿Habrá sucedido algo de esto con el ex Fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz?

Aquellos cinco años de carrera me fueron marcando negativamente al ver con mis propios ojos cosas a las que no podía dar crédito. Y ya ni les cuento cuando abandoné los estudios y buscaba a toda costa mi primer empleo en unos tiempos que eran convulsos por el terrorismo de ETA desde 1968, la invasión marroquí en el Sáhara Occidental entonces español (1975), días antes de la muerte de Franco, de la llegada de la Monarquía y del nombramiento de Adolfo Suárez como presidente (1976-1981).

Tiempos en los que España había iniciado la llamada transición democrática con la posterior ratificación de nuestra Constitución el 6 de diciembre de 1978 con la alegría para los ciudadanos que permitía ondear la bandera de la democracia y la libertad a partir de entonces y sólo ensombrecida por aquella terrible intoxicación que produjo el aceite de colza en 1981.

A medida que iba pasando el tiempo cada vez me hacía más preguntas: ¿Cómo era posible que uno de los más ‘folloneros’ en las movilizaciones y/o asambleas de la Facultad terminase años después convertido en director general de RTVE o presidente de Hispasat?

Hace años que no he vuelto a hablar de un atentado terrorista que me marcó y siento la necesidad de comentarles otra de las cuestiones que no fui capaz de quitarme de la cabeza durante mucho tiempo. Me van a entender rápidamente con el titular que publicó la prensa: “Un agente del orden muere asesinado al salir de su casa tras recibir un tiro en la nuca dejando a una mujer viuda con dos hijos pequeños”.

Tras ser detenido el presunto autor llegaría el juicio oral en donde un fiscal y un abogado defensor (habiendo estudiado ambos la misma carrera de Derecho), van a ofrecer dos versiones o teorías totalmente distintas. El fiscal pidiendo “Equis años de cárcel para el acusado por homicidio calificado, etc.), mientras que desde la defensa el argumento sería bien distinto tras su exposición de los hechos: “…Solicitando la libre absolución de mi patrocinado porque el hecho que se está juzgando se produjo en un momento de enajenación mental transitoria” ¿Qué les parece? Día y noche. Blanco y negro.

La única realidad y verdad-verdadera es que habían asesinado a un hombre y roto y destruido una familia de la que quedan una viuda, los niños y el resto de familia y amigos… ¿Cómo es posible que la propia ley defienda lo indefendible? ¿Un asesinato? Sí. ¿Era un policía? Sí. Un servidor público. ¿Estaba casado y tenía familia? Sí… Y yo me preguntaba cómo tendría que ser el abogado a nivel humano para defender algo tan grave, claro y meridiano.

Esto lo comenté con muchos amigos abogados, juristas y hasta leguleyos e incluso a un buen amigo y presidente que fue del Tribunal Superior de Justicia que me vino a responder lo mismo que me había dicho mi padre en aquel pleito que estaba perdido y que luego ganó: “Si tu presentas y planteas una defensa con argumentos serios, sólidos y bien estudiados…”

Veo y he visto tantas injusticias a lo largo de mi vida que la frase “El tiempo te da la razón” la he llegado a utilizar hasta la saciedad como justificación a aquél abandono de la carrera de Derecho cuando ya estaba en el quinto (último curso), y con algunas asignaturas aprobadas como la Filosofía del Derecho que nos daba el catedrático don Joaquín Ruiz-Giménez. Sin temor a equivocarme les puedo asegurar que me considero un firme defensor de esa conocida frase que, desgraciadamente y en muchos casos, es una auténtica realidad nos guste o no.

En esta última semana -y desgraciadamente, una semana más- vuelvo a “fruncir el ceño” no sé si por disgusto, enfado o preocupación al ver la situación política y judicial que tenemos en nuestro país. Creo que se ha perdido el respeto a muchas cosas y cada día se nota más. Lo político se ha convertido definitivamente y a todos los niveles, en una especie de pasatiempos por los enfrentamientos entre partidos tanto en el Congreso como en el Senado. Y lo mismo ocurre en las distintas autonomías.

Un “número dos” socialista y exministro de Transportes como José Luis Ábalos ingresa en la prisión de Soto del Real (Madrid), junto a Koldo García quien fuera su asesor y hombre de confianza (no sé si decir mano “derecha” es correcto), al tiempo que escucho a una tertuliana (no recuerdo si en TVE o La Sexta), decir que “…Con Santos Cerdán ya son tres los socialistas que ha recibido esa cárcel en los últimos tiempos frente a los ¡¡noventa y siete!! que ya ha tenido del Partido Popular”.

Pero esto que es. ¿Acaso esto es un juego para usted señorita? ¿Quién contrata y escoge a los tertulianos de las cadenas televisivas? ¿Cobran más o menos en función de lo que dicen por sus bocas?... Tengo la sensación de que ya no hay ni un ápice de seriedad y de que aquí vale todo. Y no hablemos de tribunales y justicia.

Desde los juzgados de Plaza Castilla, la Audiencia Nacional, el Tribunal Supremo y hasta casi el Constitucional, todos se han convertido poco menos que en platós mediáticos en busca de la expectación por el morbo. Fotógrafos y cámaras de televisión por doquier persiguiendo a los imputados y sus abogados. Como en aquel programa titulado “Aquí hay tomate”.

Antes se decía que éramos un país de pandereta. Un pueblo alegre y festivo que entre el “Viva España” de Manolo Escobar y la “Macarena” de Los del Río (que cantaban y bailaban los “guiris”), trasnochábamos hasta el amanecer a base de “juerga flamenca” que en Asturias conocíamos como ‘folixa sidrera’.

Tenemos entre todos que devolver el rigor y la rectitud a nuestras instituciones. Y la seriedad y el compromiso a cuantos trabajen y se dediquen a la política. Tenemos que volver a creer en que somos un gran país y demostrarlo con hechos y no con estos vodeviles diarios a los que nos tienen acostumbrados los que mandan. En mi fallida carrera universitaria tuve compañeros que aspiraban a ser buenos abogados. Muchos son conocidos por ustedes y que en determinados momentos de estos cincuenta años ocuparon puestos de responsabilidad para bien o para mal.

Les cito algunos: Consuelo Abril (Abogada feminista y Medalla 2025 a la Promoción de los Valores de Igualdad que otorga el Ministerio de Igualdad), el recientemente fallecido Emilio Rodríguez Menéndez “El abogado del diablo” a quien tuve que soplarle un examen porque me decía “que no tenía ni idea”… , Jordi García Candau que además de Derecho, hizo Periodismo llegando a ser director general de RTVE en el año 1990 como también otro compañero, Fernando López-Amor… ¡Ah! y me olvidaba de alguien que también les sonará su nombre, Esperanza Aguirre, que se sentaba delante de mí.

Con el abandono de los estudios llegando casi al final de los mismos seguro que provoqué un enorme disgusto a mi padre y a toda la rama jurídica de la familia y como a ellos, también pido perdón a cuantos ejercen la abogacía. Pero les confieso que no me arrepiento de nada. He sido feliz -hasta en los peores momentos de mi vida- desde que tomé la decisión de dejarlo al darme cuenta de que no existía la Justicia, la verdadera Justicia. Y tengo la conciencia tranquila porque el tiempo siempre me ha dado la razón y estoy convencido de que me la seguirá dando.

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