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El ascenso al poder de personas sin escrúpulos

Es más habitual de lo que debiera que quienes aspiran a liderar no lo hagan motivados por el espíritu de servicio, sino por el deseo de controlar  presupuestos, favores y decisiones que pueden traducirse en riqueza o impunidad.

Esto crea un filtro perverso porque suelen llegar más lejos quienes están más dispuestos a transgredir normas morales o legales.

El poder político ofrece prestigio, pero también recursos e influencias, siendo un entorno que atrae a personas ambicionas, que se aferran a sus cargos para satisfacer intereses de orden ideológico, personal o económico.

Lejos de ser un fenómeno aislado parece repetirse una y otra vez en diferentes contextos geográficos y políticos.

Existen mecanismos que permiten que personas sin escrúpulos lleguen al poder. Los partidos políticos no suelen ser espacios para formar a líderes íntegros. Son una plataforma para la auto-preservación. Por tanto, no seleccionan a los mejores sino a los más astutos y leales al aparato, aunque carezcan de visión a largo plazo o de ética siendo individuos que manejan el poder como si fuera un botín: asignan cargos, compran lealtades, moldean las reglas a conveniencia y manipulan la justicia.

El márquetin de campaña, cargado de promesas vacías y discursos incendiarios, permite a los políticos presentarse como salvadores del pueblo aunque sus actos demuestran lo contrario tan pronto son elegidos.

Muchos ciudadanos, desilusionados o desesperados, terminan votando por líderes autoritarios o corruptos que prometen resolverlo todo con mano dura. Esta dinámica perpetúa el ciclo del mal liderazgo.

El principal rasgo de estos líderes es su indiferencia hacia el legado que dejan. Buscan resultados inmediatos que les den réditos políticos, sin importarles las consecuencias ecológicas, económicas o sociales a largo plazo. Esta miopía política sacrifica el bienestar de las futuras generaciones en nombre del crecimiento económico, la extracción de recursos o la consolidación de poder.

Lo estamos viendo desde hace décadas: deforestación masiva, endeudamiento irresponsable, desmantelamiento de sistemas de salud y educación, destrucción de instituciones democráticas… Lo que sea necesario a cambio de votos o beneficios inmediatos.

Por desgracia no son los únicos responsables. Una sociedad que permite estas conductas tiene su cuota de responsabilidad. La apatía política, la desinformación, el fanatismo ideológico o la tolerancia a la corrupción son factores que allanan el camino para que los peores lleguen arriba.

La educación cívica, el acceso a información veraz, y la participación ciudadana activa son claves para revertir esta tendencia. Si las personas votan con conciencia, exigen transparencia y castigan la corrupción, es posible que líderes con vocación real de servicio tengan más posibilidades de llegar y mantenerse en el poder.

El ascenso de personas sin escrúpulos al poder no es una anomalía: es el resultado de estructuras políticas permisivas, sistemas educativos debilitados y una ciudadanía que muchas veces es víctima del engaño, pero también actúa como cómplice pasiva.

Romper este ciclo implica repensar cómo formamos a nuestros líderes, cómo diseñamos nuestras instituciones y, sobre todo, cómo ejercemos nuestra responsabilidad como ciudadanos. Porque el poder no corrompe solo al que lo ejerce: también desnuda a la sociedad que lo permite.

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