Opinión
Aquel turrón de tabique que sabía a Navidad
El adelanto de las fiestas navideñas por motivos comerciales ya se está haciendo tan tradicional como los clásicos días que van del sorteo de la lotería a Reyes. Sin que haya una fecha exacta para el comienzo algunos ya consideran el Black Friday como uno más de los Christmas days y ya se puede empezar a decir the best wishes for a joyous holiday season and a new year filled with peace and happiness y poner música de christmas carols a todo lo que da. Y si acaso, dada la incuria y abandono de la lengua y cultura asturiana y el aumento de eventos, celebraciones y palabras inglesas en conversaciones, escritos, anuncios y canciones, pedir al gobierno asturiano y sus diputados la cooficialidad del inglés con el castellano, propuesta para la que me temo no habrá mucha oposición. Me atrevo a sugerirles que, para que no sea muy traumático, pueden empezar impartiéndolo en las clases de cultura sidrera, ahora tan de moda y del gusto de todos los grupos políticos, hibridándolo con el asturiano, en bablinglis, y así parecerá que también protegen el asturiano: “¡Cangonros, my friend, this cider ye de ñisu!”, (¡Me cago en el gorro de la guardia real, amigo, esta sidra es de ciruelo!).
Esto puede parecer improbable y absurdo, una fatada, sin embargo en un tiempo de desaciertos y disparatados sucesos y peripecias puede ser muy posible.
Pero me estoy saliendo de la Navidad y de los best wishes de estos días. Yo lo que quería decir es que el ambiente desde finales de noviembre ya es navideño, sin más motivo que el comercial, que las calles se llenan de luces de colorinos, en la Villa se abre la Ruta de los Belenes, sin duda la mejor y más variada exposición de portalinos que se puedan ver en el Principado, y los escaparates de alimentación se llenan de enaguantes y carísmos manjares, mazapanes, botellas de selectos vinos, cavas, champanes, deliciosas sidras y, yo los vi, pilas de turrones de variados gustos adornados con espumillón. Aun sabiendo que iba a ser difícil busqué, y no encontré, aquel turrón que hacían en las confiterías de mi infancia que llamábamos de tabique, auténtico preludio de la Navidad. No puedo decir que el turrón de tabique se hiciera solamente en la Villa, pero sí que no lo vi en ningún otro sitio. Era de sabor antiguo, parecido al guirlache o al nougat francés, pero solamente parecido, el nuestro tenía más personalidad.
Jorge Posada Buznego, el último pastelero de la saga confitera de su segundo apellido, que guarda la receta del turrón de tabique familiar como un preciado legado, nunca lo hizo, pero se lo veía hacer a su tía Covadonga, confitera y dulcera por excelencia de la historia local, que lo hacía con nueces tostadas y molidas, miel (adquirida a aquellos mieleros que vestidos de blusón oscuro, pantalón de pana, alpargatas y una romana al hombro, traían desde la Alcarría en un barrilín y servían con un cacín de madera de mango largo, voceándolo por las calles de la Villa: ¡Mielero buena mieeel. Miel de la Alcarria!), azúcar caramelizada y lo cubría con unas láminas de pan de oblea. La dificultad de su elaboración, exigía gran pericia en el tratamiento y conocimiento del punto exacto de la mezcla y extensión de la masa sobre el pan de angel.
No sé quién sería el inventor, me inclino a pensar que fue inventora, o quien lo trajo, ni cuando, pero si puedo asegurar que la prensa y escritores maliayos de finales del XIX y primera mitad del XX ya hacen alusión al turrón de tabique y ponen nombre a sus elaboradoras y vendedoras de entonces: Justa, Manolina la del Cantante, Angelina la de Manín y les Vieyes del Ancho, y que lo adquirían por el precio de una perrina (5 céntimos de peseta, unas 30 diezmilésimas de euro o así) .
A los de nuestra generación, posguerra, nos costaba una peseta la tableta.
Eran las confiterías de Ramos, en El Ancho y en El Gúëvu, y la de Buznego en la calle Balbín Busto las que elaboraban aquella dulce y durísima delicia, desfacedora de dientes de leche y puesta a punto de molares, premolares, caninos e incisivos permanentes. La Confitería de Buznego fue la última en dejar de fabricarlo, cerró en los primeros años de la década de los ochenta, pero fabricó turrón de tabique hasta los años setenta.
En las navidades de aquellos años infantiles, el turrón de tabique lo complementábamos con el duro de El Gaitero que podíamos rucar a placer con la media libra que nos daban en el catecismo el día de Reyes, acompañado de un paquete de peladilles y una entrada para ir a ver la peli de la función infantil en el Teatro Riera, pero eso eran otras delicias.
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