Opinión
El Congreso como espectáculo circense
Hubo un tiempo en que los políticos hablaban como si cada frase fuera a ser esculpida en mármol. Uno podía estar de acuerdo o no, pero al menos quedaba con la sensación de haber asistido a algo solemne o como poco, inteligible. Hoy hemos cambiado el mármol por plastilina.
El discurso político ha ido encogiendo a la misma velocidad que lo hacen las camisetas de algodón de mala calidad. Hoy en día los políticos han decidido decir adiós al razonamiento y tengo la sospecha de que los discursos son redactados por inteligencias que funcionan con wi-fi. Señores, estamos asistiendo a la era del slogan exprés.
Para qué hablar de las formas, esas viejas conocidas de la convivencia democrática. Se han ido evaporando como el humo del café. Ya no se oye, como solía suceder antaño, que se nombren entre ellos “señoría”. Ahora el debate parlamentario fluye en términos que harían sonrojar a colegiales peleándose por un donut.
Los portavoces juegan a ver quién grita más fuerte. Y claro, cuando todos gritan nadie escucha, excepto el técnico de sonido, que seguramente considerará seriamente cambiar de profesión.
La política se ha convertido en un espectáculo low cost donde se confunde el Congreso con un reality show y, mientras la audiencia aplaude, el sistema democrático llora en un rincón.
Es cierto que explicar las cosas lleva tiempo, leer informes es aburrido y usar palabras de más de cuatro sílabas puede generar alergias en las redes sociales. Por tanto, muchos optan por evitar la complejidad y prefieren usar un eslogan extravagante, a ver si se vuelve viral.
Lo curioso es que Internet ha demostrado que también hay gente a la que le gusta el contenido bien hecho. Aún hay políticos cuyo discurso contiene respeto, profundidad y no insultan a nadie, pero por desgracia son una especie en peligro de extinción.
El discurso político se ha devaluado porque, entre la prisa, la falta de formas, el ansia de espectáculo y la obsesión por los 280 caracteres, la retórica clásica ha quedado arrinconada como ese diccionario que solo sirve para sostener la pata de la mesa coja.
Pero no todo está perdido. Se me ocurre que podríamos exigir mejor calidad, apreciar a quienes aún practican el arte de hablar bien, o en su defecto, convocar una manifestación masiva exigiendo debates con subtítulos y botón de silencio como última opción.
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