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Villaviciosa, chigres con arte

Después de dar carpetazo a la Navidad, recoger el árbol, el portalín, luces y velas, guardar las fotos en la nube o en la caja de zapatos y reconocer que este año tampoco cumplirás los propósitos y despropósitos jurados por san Farlopio trompista en el contexto emocional de una alegre Nochevieja, viene un tiempo de relativa calma espiritual que unos aprovechan para salir a celebrar el fin de los fastos pascuales,  otros para superar el síndrome post navideño, y los más para ir a la búsqueda de la felicidad y de la autoestima que  nos dicen produce el comprar en las rebajas.

La visita a un museo suele ser otro de los recursos  para superar situaciones de bajón. Los museos, lugares que recogen, coleccionan, conservan, estudian y exponen cosas del patrimonio artístico, ofrecen una oportunidad para aprender y comprender formas artísticas y culturas en un entorno atrayente, incluso a filosofar sobre lo efímero y perdurable de la vida y esas cosas.

La palabra museo viene de la voz griega mouseion, lugar, casa o templo dedicado a las musas, o sea,  a les nueve fíes de Mnemósine, la de los hermosos cabellos dorados, tenidas tras un rollete con Zeus, todas ellas tocadas con cintas o diademas de oro y a quienes placen la danza, los festines y la dulzura del canto, la poesía y el teatro e inspiran el arte y la cultura.  Mnemósine, diosa de la memoria y la inspiración, creó una fuente, un pequeño estanque de agua en el Hades, un lugar en el inframundo donde los muertos podían beber para no olvidar sus vidas pasadas cuando cruzaran el Leteo, el río del olvido, cuyas aguas hacían olvidar a las almas su pasado.  

En Villaviciosa, se puede visitar el Museo de la Semana Santa, de martes a sábados todo el año, breves exposiciones, no muchas, en el Ateneo, la Fundación Cardín y la Casa de los Hevia repartidas de Pascuas a Ramos, y desde hace unos años podemos admirar y disfrutar de auténticas exposiciones y obras de arte en los chigres. Merece la pena visitarlos.

Los chigreros, esto lo sabe todo aquel que los frecuenta y casi todo el mundo porque es cultura general, son de una clase especial,  mantienen su carácter pero con el tiempo las nuevas generaciones  han evolucionado, han eliminado el retrete de placa turca fuera del establecimiento, y el alambre que sujetaba las entretenidas  y útiles hojas de periódico cuando  se hacía uso del excusado. Suprimieron el calendario de las paredes, el serrín del suelo, compraron más vasos y lo llamaron sidrería. No permiten cantar, pero cuelgan cuadros, pintan murales y lucen algunas esculturas. Son  pequeños museos en los que les fíes de Mnemósine están representadas por obras de artistas que recibieron su soplo o sugerencia, en la teatralización del escaciado, en la música de la sidra al caer en el vasu, o en la poesía lírica que conlleva el acto de tomar un buen culín que, al igual que con el agua de Mnemósine, perdurará en nuestro recuerdo.

El recorrido podría comenzar admirando en El Roxu el mural de Celso García, el árbol de hierro y madera de Pablo Maojo y los cuadros en gran formato de modernos autores; maravillarse de las magníficas celosías de madera de Pablo Maojo en El Congreso;  gozar de las excelentes pinturas de Pepe Cuadra en el Bedriñana, son casi una exposición permanente, del gran cuadro de tema costumbrista que luce en el comedor y de una gran colección de botellas de sidra de múltiples etiquetas; también Pepe Cuadra brilla con sus obras en El Tonel; en El Furacu además de alguna obra de Cuadra, enmarca también la cartelería del Festival de la Manzana, de la Semana Santa y los de las Fiestas del Portal, algunos azulejos con pinturas de Alfonso, vasos conmemorativos de distintos Festivales de la la manzana y de la Sidra, y nos sorprenderán  las frases recuerdo de sus clientes más populares recogidas y pintadas en sus paredes; una gaita con historia y una exposición de madreñes de estilo mariñán se pueden contemplar en las paredes de casa Milagros… En fin, hay alguno más, pero no es necesario hacerlos todos  en un día, a botella por visita podríamos necesitar algo más que el agua de la memoria para volver a casa, lo mejor es siempre descubrirlos por uno mismo.

Y así, entre borrascas y galernas con nombres de rapazos de segundo de bachillerato, enero se acaba, se fue con algunas noches limpias y encendidas de estrellas  y con las mimosas, ajenas a lo que sucede en el mundo, floreciendo,  desafiando inclemencias, como un defecto en un paisaje desnudo y frío.

Llega febrero y los de Rozaes ya andan por desvanes buscando ropa vieja, esfoyando panoyes , haciendo picornios y pintando caretas en cortezas de árbol. Y  las viejas cocinas arroxando para preparar la sopa de fégado,  el pote o  fermentando el ambláu para para elaborar les tienres y per duces fayueles del Antroxu.  

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