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El alma dividida

Tras año y medio viviendo y trabajando en Irlanda, el viaje de vuelta no ha sido un simple desplazamiento geográfico. También ha sido un desgarro interior, porque hay lugares que empiezan a habitarnos sin pedir permiso.

Regresar tiene algo de triunfo y de derrota al mismo tiempo. Una vuelve con la maleta llena, pero no de lo que pensaba traer. A veces vuelve con el corazón partido en dos.

Por extraño que parezca añoro el viento que parecía hablar en cada esquina, los prados de un verde infinito, la lluvia que aparecía y desaparecía como si formara parte del ritmo natural de las cosas. Poco a poco, el paisaje dejó de ser una postal y empezó a ser cotidiano. Las calles mojadas, las risas en los pubs, compartir historias con personas que, sin conocerme de nada, me trataron como si siempre hubiera estado allí.

Los irlandeses tienen algo difícil de explicar: un carácter vivo, directo, hospitalario. Saben conversar, saben reír y, sobre todo, saben hacer sentir a los demás que pertenecen al lugar. Una acaba pensando: Me quedaría aquí si pudiera.

En Irlanda la naturaleza es la protagonista. El océano golpeando los acantilados, las colinas que parecen ondularse de manera sinuosa, los caminos rurales donde el tiempo parece moverse más despacio. Hay algo profundamente humano en vivir rodeado de tanta naturaleza. Algo que calma.

Hubo días en los que, mirando el verde intenso de los campos o respirando el aire húmedo que llegaba del mar, era inevitable pensar en Villaviciosa. Mi pueblo asturiano de acogida. Ese rincón donde también la naturaleza manda, donde el verde se derrama por las colinas y donde uno aprende  que el mar, la lluvia y la tierra forman parte de la vida cotidiana. De alguna manera, Irlanda tiene algo de hogar porque me recordaba en muchos detalles al lugar del que llegué.

Sin darme cuenta, el tiempo pasó y ese país que al principio era temporal empezó a parecer hogar.

Por eso, cuando llegó el momento de volver, una descubre una sensación extraña. Regresar a lo conocido se mezcla con una nostalgia anticipada. Es como si una parte del alma se hubiera quedado caminando entre prados verdes, escuchando el acento musical de quienes me acogieron, algunos de los cuales fue imposible no amar.

Después de un año y medio en Irlanda, volver es aceptar que el corazón puede tener más de una casa. Que uno puede pertenecer a varios lugares al mismo tiempo: a esa isla verde que me abrió sus puertas y a Villaviciosa, donde las raíces siguen firmes y profundas.

Lo más hermoso de viajar y de vivir fuera es descubrir que el mundo es tan grande como nuestra capacidad de abrirnos a él.

Aunque el avión aterrice y la vida continúe, siempre quedará una parte de mí mirando hacia esa isla verde…Ahora tendré que aprender a vivir con el alma dividida.

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