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Forasteros en el paraíso costero asturiano

La España rural costera arrastra una extraña paradoja. El espacio cosmopolita y abierto que pretende proyectar al exterior choca frontalmente con la realidad que encuentran aquellos que deciden transformar la estancia vacacional en cotidianeidad.

Cuando el turista se convierte en vecino hay una realidad subterránea que emerge con fuerza: la estructura social real es hermética y endogámica, con una marcada línea divisoria entre los del pueblo “de toda la vida” y los “de fuera”.

Sin que exista una hostilidad explícita, el nuevo vecino se encuentra con una barrera invisible para echar raíces afectivas y sociales. Supongo que una de las causas tenga que ver con un mecanismo profundamente arraigado de preservación cultural.

Normalmente las redes que se crean entre los vecinos de un lugar se establecen en la infancia, el colegio y las dinámicas familiares. Para qué abrirlas a nuevos integrantes - se preguntarán ellos - si ya están completas.

Y es que el sesgo de percepción que los turistas generan en los locales es que van de paso, son gente efímera, por lo que se crea la barrera psicológica de “gente temporal”.

Ser del lugar “de toda la vida” es una especie de título nobiliario informal que otorga derechos simbólicos. Aquellos que carecen de ese linaje son vistos, por defecto, como alguien que disfruta de la cultura no como vecinos que puedan ayudar a preservar la misma.

La experiencia vital de quienes se establecen buscando calidad de vida es la de habitar la periferia social. El recién llegado experimenta soledad sociológica. Aunque se comparta la terraza de verano o el Café la conversación rara vez trasciende lo cortés, hecho que acaba derivando en un crisis de pertenencia.

Pero la realidad de fondo es que la ilusión de ser un parque temático estival se fractura cuando llega el invierno. Las zonas costeras tienen que sobrevivir al bajón demográfico y económico. El desafío es que la tradición local aprenda a hibridarse con los nuevos vecinos y dejar de ser para los foráneos un escaparate al que solo se puede mirar desde fuera. El futuro apunta a una transición lógica de cara a esta simbiosis, por mucho que intenten evitarla, el tiempo y el cementerio acabarán haciendo el trabajo.

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