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Cubera

En la Villa, si hay que echarse al monte, lo hacemos al monte Cubera. Monte mítico, mezcla de realidad y fábula, ahí está, guardando silenciosamente el valle, enseñándonos a mirar hacia arriba, invitándonos a conocerlo. Desde la infancia la relación de las gentes de la Villa con el Monte Cubera ha sido muy estrecha, las madres recientes solían subir de paseo o de merienda con sus hijos hasta El Pedregal, en la ladera del monte; primero lo habían hecho durante el embarazo hasta la Capilla de San Ramón Nonato, para pedir protección en la gestación y un parto seguro. Y en en la adolescencia, el día de Les Comadres, íbamos pandillas de ñeñes y ñeños, solos, en una especie de rito de iniciación, a comadrar y pasar el día juntos en el Monte Cubera. Ese era, debe ser, el ceremonial. Subíamos hasta El Coroñu, la campera que hay por encima de la cantera cerca de la aldea de Montotu; todo el monte está sobre bancales de canteras caleares que fueron materia prima para la construcción de la muralla medieval, casas y otros edificios de la primitiva Pola de Maliayo.

El lugar era, es, espectacular, mirando nuestra Villa, asentada allá abajo, competíamos en encontrar y reconocer nuestra casa o nuestra calle incluso en adivinar quién o quienes eran las diminutas figuras que pasaban por El Güevu o de quien era la gabarra que subiendo la ría por La Espuncia, desplegaba la vela para aprovechar el nordeste.

En la cantera anidaba, todavía lo hacen, algún ferre; con una cuerda o soga de carru que le atábamos por debajo de los brazos, bajábamos al más audaz hasta el ñeru del páxaru para coger los huevos, mientras el resto del grupo lo sujetábamos desde arriba bajándolo o izándolo según sus indicaciones. Allí mismo, un castro, hace dos mil quinientos años, controlaba los caminos, ría incluida, que convergen y cruzan el valle, que siempre fue la Villa lugar de encuentros y encrucijadas. Digo yo que durante el tiempo que habitaron el castro también habrán tenido oportunidad de contemplar algún eclipse total ¿cómo lo habrán entendido y qué conclusiones sacarían?, ¿temerían que el sol se apagara y tendrían que vivir en el frío y la oscuridad?, ¿encenderían hogueras como hasta hace poco en los solsticios para darle fuerza al sol?.

En alguna ocasión, más mayores, aventurábamos a llegar al Monte Pelao, así llamábamos al Picu Altu o Miradoriu, en donde el Ayuntamiento instaló el mirador al que acudió un numeroso grupo de personas para hacer lo que podría considerarse el recorrido inaugural y disfrutar de un eclipse total de sol, en esta ocasión sin necesidad de gafas especiales para mirar al sol y a la luna, y quedar eclipsados por el espectacular paisaje que desde allí se admira.

El nombre de Cubera es un geotopónimo, viene del latín cova, lugar de cuevas, cuevera. Dice el filólogo Xulio Concepción, que es un derivado de covacha o covaria, palabras que mudan por la fonética local hacia formas con g intervocálica, cogüera o cuguera, un fenómeno común en la erosión de las consonantes oclusivas en el asturiano. Su significado sería el de un paraje caracterizado por la presencia de cuevas. Cuguera le llamaba Caveda y los de su tiempo.

Dicen que bajo su suelo se oculta una gran bolsa de agua, un gran lago dicen otros, un gran acuífero que revienta en numerosas fuentes y manantiales que brotan por las laderas que caen a las parroquias lindantes y beneficiarias por derecho consuetudinario del agua, pastos, leña y rozu de Cubera: Fuentes, de ahí su nombre, Coru, La Magdalena, Miravalles, Carda y la desaparecida de San Vicente de La Palma, integrada hoy en la de Fuentes, en la que brota la más abundante, que dio y da agua a la población de la Villa, y movió los dos molares del Molín de Maltiempu (molino situado en El Pingón, sustituido por el lavadero actual, y que como su nombre indica molía solamente cuando hacía mal tiempo, llovía, y la riega llevaba suficiente agua).

También dicen que a la gran sala donde está el lago, acudían en la Edad Media las brujas a celebrar sus aquelarres y que entraban por el Pozu Cubera, por encima de Agüelle y cerca de la cima del Monte Pelao. Puede ser, pero también podría ser en cualquier otra cueva, en la de Pepita Samper, refugio de necesitados y huidos durante la guerra, aunque se dice que está muy colmatada y que ya no se utiliza ni vive nadie en ella, pero vete tú a saber, se dicen tantas cosas. La que más posibilidades tiene es la Cueva de los Moros, por encima de Irís, se cuenta que tiene una gran sala y en una de sus paredes, hay una cruz pintada con cal blanca.

Este tipo de cuevas, en las que se decía se celebraban ritos paganos o de brujería solían sacralizarse con una cruz como signo de exorcismo, cristianización y bendición del lugar. Ocurre en muchos casos, que estos sitios que guardan mitos y leyendas fueron ocupados desde la prehistoria o protohistoria, y atesoran grabados, pinturas o restos arqueológicos de importancia para conocer y entender el pasado del lugar y de las gentes que lo habitaron.

Con intención de hacer una prospección en ese sentido, hace muchos años, tres amigos, uno de ellos arqueólogo, fuimos en su busca. Encontramos la cueva, pero la habían tapiado con piedras no hacía mucho tiempo. Quizás evitaron con ello que entraran las brujas a realizar las prácticas y labores propias de su oficio, pero a nosotros conocer un poco más nuestra historia y los secretos del Monte Cubera.

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