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Las denuncias se disparan tras los meses críticos del covid

La unidad de violencia de género de la policía local de Oviedo vigila actualmente a 185 víctimas, un 15,6 por ciento más que antes de la pandemia

Dulce Gutiérrez y Emiliano Díaz, por los pasillos del cuartel de la policia local de oviedo. Irma Collín

Las denuncias por violencia de género cayeron en picado durante el confinamiento por covid, pero aquella tregua no fue más que un espejismo. Cuando empezó la pandemia la Unidad de Violencia de Género de la Policía Local de Oviedo, constituida en 2009, tenía bajo supervisión a 160 mujeres; actualmente son 185, un 15,6 por ciento más. “Que no se denunciara no quiere decir que no hubiera violencia en las casas”, comenta Dulce Gutiérrez, una de los siete agentes que, actualmente, llevan el seguimiento integral de las víctimas, las escuchan, velan por su seguridad y vigilan el cumplimiento de las órdenes de alejamiento.

Los malos tratos eran poco visibles, pero los registros del “016”, el teléfono de atención a las víctimas de violencia de género, da idea de lo que ocurría en el interior de los hogares. Emiliano Díaz, al mando de la unidad policial ovetense desde 2009, informa de que durante el confinamiento las llamadas aumentaron un 10,5 por ciento y las consultas “on line” se incrementaron un 182 por ciento.

La violencia de género germina en el ámbito privado y si la víctima no le exterioriza es difícil descubrirla, reconoce la Policía. A menudo, desgraciadamente, no sale a la luz cuando hasta que no se requiere de una intervención médica. Pocas veces son los allegados, familiares sobre todo, los que denuncian. Durante el confinamiento por el coronavirus las víctimas estuvieron condenadas a vivir con sus agresores. La Unidad de Violencia de Género de Oviedo mantuvo el servicio diario, pese a las restricciones, con los agentes listos para acudir adonde se les requirieran.

En aquellos días, hacen notar los agentes ovetenses, cambió el modo de consumir alcohol, a menudo implicado en las agresiones. No disminuyó, pero en casa se bebe de otra manera. Por otro lado, el aislamiento de la víctima, añade Emiliano Díaz, una de las armas de los maltratadores para controlar a las mujeres, eran innecesario en aquella situación de encierro. “Aumentó la presión psicológica, pero no necesitaban agredir a sus parejas”, indica Díaz.

Cuando las puertas de las casas se reabrieron empezó el goteo de denuncias, más intenso que en antes de la pandemia. “El tiempo de convivencia obligada fue muy duro: casi cuatro meses sin salir, con sus agresores; si alguien tenía dudas de que tenía que escapar de esa relación se le despejaron”, explica Dulce Gutiérrez.

“El tiempo de convivencia obligada fue muy duro: casi cuatro meses sin salir, encerradas con sus agresores; si alguien tenía dudas de que tenía que escapar de esa relación se le despejaron”, comenta la agente Dulce Gutiérrez

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Aquellos meses fueron de tranquilidad para las mujeres que estaban protegidas por una orden de alejamiento. Era más sencillo garantizar su seguridad, porque los agresores que intentaban acercarse a ellas eran fácilmente detectables en las calles vacías. En Oviedo, de hecho, no hubo muchos incumplimientos en esos días, pero ahora los agresores han empezado a relajarse y vuelven a saltarse las ordenes. “Se ha vuelto a la situación prepandemia, todo vuelve a ser como antes”, observan los agentes.

La toxicidad, señalan desde la Unidad policial, es el rasgo común de las relaciones gobernadas por la violencia machista. El problema nunca es la víctima. El problema reside en el agresor. Entre las mujeres maltratadas que están bajo su vigilancia cuentan que las hay de todas las clases sociales y nivel cultural, menores de edad –las menos, afortunadamente– y por encima de los 80 años. Algunas solo llevan en el programa policial cuatro meses, alguna continúa en él después de dieciocho años. El tiempo ideal, apunta Dulce Gutiérrez, son un par de años: “Es el suficiente para que la relación se enfríe y se acostumbren a vivir separados”.

Hay otro fenómeno que el covid y las restricciones a la movilidad han propiciado y son las relaciones tóxicas a través de las redes sociales. Cristina Sánchez, otra de las agentes que trabaja en la Unidad de Violencia de Género de la Policía ovetense, refiere uno de los casos recientes. Durante el confinamiento, una mujer conoce a un hombre a través de una red social, entablan una relación virtual y pasado un tiempo se conocen personalmente y empiezan a vivir juntos. A los cinco días de convivencia, la mujer acaba con catorce puntos en un pie, rociada de lejía y con su flamante pareja intentando prenderle fuego. “Las redes sociales dan mucho juego a los maltratadores. Las mujeres están ilusionadas, bajan la guardia. Lo que en la vida real sería un indicio claro de control se interpreta como interés: los hombres preguntan por sus amigos, sus costumbres...”, explica la agente.

Cristina Sánchez y sus compañeros, que en tantos años han visto casi de todo, coinciden en que “una persona no es igual como espectadora que como protagonista de una situación”. Entre las parejas tóxicas se establece “un vínculo muy emocional, que las mujeres anteponen a su integridad física”, por eso a veces, para que valoren su situación con más objetividad, les piden que imaginen que lo que ellas están pasando le ocurre a una amiga: ¿Qué le dirían?

Han redactado y leído incontables atestados por violencia de género y dicen que siempre son idénticos. Se repiten los mismos insultos y las mismas amenazas, la misma manera de actuar. Las mujeres son capaces de aguantar años y años, hasta que un día se produce un clic, un cambio sustancial que hace que estalle algo en su interior y se desvincule de su maltratador. Un caso como el que recuerda la agente Sánchez, de una mujer que llevaba veinte años soportando palizas y que denunció a su marido el primer día que le puso la mano encima a su hijo de catorce años.

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