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El invisible maltrato económico: “Te planteas volver, no tienes para comer”

El control total sobre el dinero y la prohibición de trabajar a las víctimas es un tipo de abuso machista sin tipificar en el Código Penal

Pexels

Mariela (nombre figurado) se queda muchas noches sin dormir. Abre los ojos en la oscuridad y recuerda su puerta pintada de negro y la palabra “puta” en blanco. Nunca pudo demostrarlo, pero cree que fue su exmarido. El mismo –esto sí, ya demostrado con sentencia– que la perseguía, la llamaba más de cien veces al día (las tiene contadas). La agredía en la calle. Todo, por salir de una cárcel en la que todo estaba prohibido. Prohibido trabajar fuera de casa, prohibido estudiar. Prohibido llevar dinero propio, porque no lo tenía. Prohibido salir sola, si no era a comprar. Y las cuentas claras al llegar a casa.

Se denomina “violencia económica”. Es una forma de maltrato poco estudiada, de hecho aún no está tipificada en el Código Penal, pero podría enmarcarse en el maltrato psicológico. “En ocasiones, es una sentencia de por vida”, apunta Eva María Parrilla Bousoño, una de las psicólogas de la Asociación de Familiares y Pacientes de Enfermedad Mental en Asturias (Afesa). Un control que, como le ocurre a Mariela, va más allá del divorcio: “Me acaban de denegar la ayuda a mujeres víctimas de violencia de género del Principado. No tengo nada, porque no pude hacerme con una formación o un trabajo. Estoy desamparada”, afirma.

Su historia es la de muchas, afirma, y empezó hace mucho tiempo. Cuando Mariela se casó y se fue a vivir con el que fue su maltratador durante décadas. Se instalaron en una zona rural. Algún empujón, insultos, golpes... en los años noventa, ya con dos hijos, la situación se agravó: “Lo que pasa es que no se habla mucho de la desigualdad entre mujeres de la zona rural y la zona urbana. Ahora creo que sí hay Guardia Civil especializada en violencia de género, en aquella época no. Me sentí muy sola”. Los vecinos sabían por lo que pasaba, la miraban con lástima. Poco consuelo más le podían dar: “No tenía dinero, no tenía trabajo.... No tenía nada y él no me dejaba tenerlo”.

Eso es el maltrato económico: “Se trata de una forma más de tener poder sobre la vida de la víctima”, apunta Parrilla. “El hombre se hace con el control del dinero, no le da nada a la víctima. Si le da, es con la condición de que rinda cuentas”. Va más allá: “También se trata de una forma de impedir el autocuidado. Las víctimas no pueden ir a actividades en las que podrían conocer a otras personas, no pueden salir a cenar con sus amigas o a tomarse unas copas. Es una forma de control que limita por completo la vida de la persona, evita ese cuidado, ese trato social. Desempodera y hace falta mucho valor para salir de este escenario”.

Y puede que Mariela tuviera poca ropa para meter en la maleta, si acaso un par de mudas. Pero el valor no se lo pudo quitar: “No sé de dónde saqué fuerzas. Cogí a los dos críos y la maleta y me fui”, afirma. “A veces me pregunto si volvería a hacerlo hoy... y creo que sí. Fue lo mejor que pude hacer”. A pesar de los golpes. El primero: como no había presentado denuncia –a finales de los noventa–, no tuvo derecho a una casa de acogida. “Terminé durmiendo en el Albergue Covadonga (Gijón)... Aun así, me sentía por fin libre”. Hasta que empezó el control de nuevo.

Empezó a llamarla por teléfono. Le pedía volver una y otra vez. “Me decía que iba a cambiar, que adónde iba a ir yo sin nada... Y volví a casa”. Lejos de mejorar, la situación se agravó aún más. Una noche, volvió a coger “las cuatro cosas que tenía” y volvió a irse. Esta vez con todo: “Me propuse pedir el divorcio, quería acabar con todo”. El día que tenían que firmar, él la agredió: “En plena calle, donde la estación de Alsa de Gijón. ¿Te puedes creer que lo vio muchísima gente y nadie me ayudó?”. Es la primera vez, durante la conversación, que le tiemblan las manos.

Retazos de una vida que deja huella. Explica Parrilla que, entre otras secuelas, el maltrato económico –como todo maltrato psicológico– genera problemas de ansiedad y baja autoestima. “Es el resultado de vivir durante mucho tiempo en un mundo con unas reglas muy rígidas que no te puedes saltar. No puedes ir donde quieras ni con quien quieras. También tiene efectos depresivos por falta de estimulación y sensación de dolor psicológico”. “Las mueres que lo padecen sienten que el maltratador estará siempre dentro de su vida, una especie de venganza. Parecen decir ‘siempre serás mía’. Se ve, sobre todo, en los casos de separación, con el pago de la pensión alimenticia para los hijos”.

Un mes se paga, dos no. La víctima vive con angustia, sin poder hacer cuentas. “En muchos casos –matiza la psicóloga– el maltratador sigue pidiendo explicaciones del gasto del dinero después de la separación. De esa manutención para los niños. Es una forma de mantener el control”. “En mi caso, mis dos hijos dijeron que no querían saber nada de su padre... Pero, aunque son mayores de edad, uno de ellos está estudiando, depende totalmente de mí”.

Aquí llega el último golpe, esta vez administrativo, que ha recibido Mariela. “En la última convocatoria para las ayudas a mujeres maltratadas del Principado de Asturias, muchas nos quedamos fuera”. “Se destinó una partida nimia, a través de un concurso. ¿Cómo vamos a competir entre nosotras?, ¿cómo no va a haber víctimas que vuelvan con sus maltratadores, ya por necesidad? Te lo planteas, a pesar del infierno, porque no tienes ni para comer. Debería de legislarse con mayor cuidado todo lo relacionado con la violencia de género y la economía”, señala la mujer.

Pasos ya se están dando. La magistrada del Juzgado de lo penal número 2 de Mataró (Barcelona), Lucía Avilés, pidió en enero al Gobierno que incluyera en el Código Penal la violencia económica como un tipo de violencia machista. Lo hizo a través de una sentencia, en la que se juzgaba a un hombre por no pagar la pensión alimenticia de sus hijos.

Eva María Parrilla no es abogada, pero tiene una opinión clara sobre la violencia económica: “Yo creo que debería tipificarse, aunque ocurre lo mismo que con el maltrato psicológico. Es mucho más difícil de demostrar, es mucho mas invisible. Incluso una parte está socialmente aceptado”. Recuerda que de niña, en los ochenta, aún escuchaba aquella pregunta tan patriarcal: “Hombres que preguntaban a otros si dejaban a sus mujeres trabajar fuera... venimos de esto”. Quizás en caso de divorcio, matiza la abogada, es más fácil de demostrar: “A través de una auditoría de las cuentas, el paso de pensiones alimenticias y demás... En casos en los que no hay hijos, o en los que la privación de recursos no está clara, es más difícil”.

“Siento que denegarme la ayuda por ser víctima de violencia de género ha sido una forma más de humillarme”, apunta Mariela. A ella y a muchas otras: “A todas las que salimos de casa con la ropa puesta y no porque quisiéramos, sino porque nuestra vida no era vida”. “Ahora estamos intentando hacer una nueva vida y nos encontramos con que las ayudas son pocas o ninguna”.

Mariela se queda muchas noches sin dormir. Abre los ojos en la oscuridad y, después de tantas vueltas, siempre encuentra la misma pregunta: “¿Y, ahora, qué hago?”.

“Si no hay sexo, no tendrás coca”: el control brutal sobre las mujeres con drogodependencia

“Me dijo que si no f..., no me daría la coca”. A Elisabeth Ortega, psicóloga y responsable del Centro de Rehabilitación en Drogodependencias (RED) de Mieres, se le hizo un nudo en el alma la primera vez que escuchó esta sentencia en una sesión terapéutica. Con el paso de los años, y con su especialización en el abordaje de las adicciones desde una perspectiva de género, ha aprendido que es un fenómeno brutalmente repetido: el control ejercido por los maltratadores sobre las víctimas, a través de la sustancia de consumo.

Perversa vuelta de tuerca del maltrato económico. “Si no me dan dinero para necesidades básicas y, además, no tengo dinero para adquirir la sustancia de la que soy adicta, evidentemente, limita muchísimo más. Es un doble maltrato, por así decirlo”, explica la experta. Aunque hace una matización: “Hay que separar cuando la pareja también es adicta y cuando no lo es”. El primer caso es el más habitual. “Cuando el maltratador es adicto, la violencia va muy dirigida al tema de las drogas. Limitar el acceso, hacer un reparto poco justo de la sustancia, de utilizarlas para que vayan a pillar y hagan de intermediarias. La forma de maltrato, que se suma a lo físico y lo psicológico, está muy relacionada con el consumo en el ámbito económico”. Cuando la pareja no es adicta, que se da en casos minoritarios, hay una lectura distinta. “Se limita la parte económica para que la mujer no consuma. Pero, claro, el no consumo incluye que tampoco puedan cubrir las necesidades básicas”. “Aunque no te guste que tu pareja consuma, el método no es el adecuado. La decisión de consumir o no es voluntaria. Por eso me pregunto hasta qué punto esto se puede considerar una contención para limitar el consumo o una forma más de controlar brutalmente a una mujer”.

La ayuda adecuada es aconsejar, apoyar y acompañar a la mujer a un recurso para superar su drogodependencia. En el centro RED de Mieres se puso en marcha, hace ya unos años, el primer tratamiento especialmente dirigido a mujeres con drogodependencia. Un abordaje con perspectiva de género que incluye la violencia machista. Los estudios apuntan que más del 80 por ciento de las mujeres que padecen una adicción han sido víctimas de algún tipo de maltrato machista. Según Elisabeth Ortega: “Por lo que vemos en terapia, la tasa es más alta. Prácticamente todas, el cien por cien”.

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