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Marta Tamargo

Marta Tamargo

Abogada de familia

Comprender la violencia de género en toda su dimensión

Mientras estudiaba la carrera siempre tuve claro que sería abogada y siempre supe que quería ser “abogada de personas” y no de empresas. Por eso me dedico principalmente al derecho de familia desde hace más de veinticinco años, porque es esa la parcela en la que me siento más cómoda para ayudar a la gente a resolver sus problemas, aquellos que atañen a su esfera más íntima. Además, formo parte de Mujeres de Empresa una, joven pero fuerte, asociación de autónomas, empresarias y profesionales de Asturias.

Después de promulgarse la Ley de Medidas de Protección Integral contra la violencia de género en diciembre de 2004, se creó en el Colegio de abogados un turno especial de abogados especialistas en violencia de género al que desde el primer momento me incorporé. Cada día, en todos los partidos judiciales, hay un abogado especializado en este tema para asistir a la víctima desde la interposición de la denuncia en la comisaría o guardia civil y llevar ese asunto y todos los que deriven de él (separación, divorcio, etc.).

Pronto entendí que el fenómeno de la violencia de género era diferente y que era imprescindible comprenderlo en toda su extensión, pues de lo contrario corríamos el riesgo de juzgar sin entender y no dar una buena asistencia a las víctimas.

Como siempre, hice lo que hago en esos casos: acudir a los libros. Leí a Marie France Hirigoyen, Nuria Varela, Miguel Lorente, entre otros, y a través de sus libros pude entender algo más esto tan complejo que es la violencia de género.

Durante todos estos años he podido asistir en el juzgado a decenas de mujeres de todas las edades: desde casi niñas de dieciséis años hasta mujeres mayores de ochenta. No me olvido de ninguna. Cada una con su historia particular pero con muchos denominadores comunes. Algunas volvieron con sus maltratadores, lo cual no deja de ser frustrante, pero comprensible si te formas sobre el tema y entiendes todas las sutilezas, artimañas y mecanismos que emplean los maltratadores a lo largo de los años para que la mujer crea que no hay salida y que no hay una vida posible sin él. Otras muchas consiguieron salir de esa espiral de violencia y es una satisfacción enorme ver a esas mujeres años después con su familia, su círculo de amistades, su trabajo y con una vida, como ellas dicen, tranquila. Porque esa es la palabra que las mujeres más repiten después: tranquilidad.

El problema es complejo, pero como acertadamente señalara Eduardo Galeano con esa facilidad que tenía para condensar en pocas palabras algo complicado, se puede resumir en “el miedo de las mujeres a la violencia de los hombres y el miedo de los hombres a las mujeres libres”.

Cuando una mujer da el paso, aún con miedo, de dejar a su maltratador, se abre para ella una vida antes inimaginable, que empieza por la simple cuestión de estar tranquila en su casa, no tener miedo a llegar tarde, a no tener la comida preparada, a vestirse de determinada manera, a maquillarse, a mirar “a quien no debía”. En definitiva, se convierte en una mujer libre.

Ante esta lacra nadie debe quedar impasible y todos debemos ser transgresores, como decía Marcela Lagarde en su imprescindible libro “Para mis socias de la vida”: “Muchas mujeres no son transgresoras aun queriendo mejorar las condiciones de vida de las mujeres y se dan de topes todos los días porque tienen una visión del mundo que no corresponde con su anhelo de cambio. Para ser transgresoras necesitamos tener una visión del mundo que corresponda con esos cambios que queremos”.

En mi visión del mundo no cabe la violencia contra las mujeres. ¿Y en el tuyo?

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