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Australia, donde un escaño es un peligro

El 63% de las parlamentarias australianas han sufrido acoso dentro de la institución, el doble que la media del país

Los australianos se preguntan quién está gobernandoles tras la cascada de revelaciones y denuncias que empezó a desencadenarse en marzo. La mecha la prendió una fuente anónima del Parlamento, que desveló escenas que sucedían entre sus paredes. Un tipo masturbándose en la oficina parlamentaria de una compañera. Prostitutas enviadas a estancias de la cámara legislativa. Sexo en diferentes salas del complejo, incluida la de rezos. Tráfico de fotos pornográficas en grupos de Whatsapp. Y entre todo este panorama, una funcionara denunció haber sido violada por un colega en la misma institución.

Tras meses de trabajo, un estudio de 456 páginas encargado por el Gobierno ha medido los daños de ese ecosistema misógino: el acoso sexual no es episódico, ha determinado, sino estructural. Lo han sufrido el 63% de las parlamentarias, muy por encima de la media nacional, que se sitúa en el 39%. Más de la mitad lo padeció de compañeros de superior jerarquía y solo el 11 % lo denunció. La mayoría del millar de mujeres participantes en el estudio piensan que hacerlo no provocaría más efectos que hundir su carrera. «Algunas sienten que carecen de otras opciones que no sean tolerarlo o marcharse», concluye la investigación. El Parlamento, el lugar de trabajo más peligroso de Australia para la mujer, definen algunos.

La Cámara chirría en un país de reputación progresista. Australia ha caído en dos décadas del puesto 15º al 50º en la clasificación global en cuanto a igualdad de género parlamentaria. Disfrutan de una representación paritaria en la Cámara alta, pero solo del 31 % en la Cámara baja, y ocupan seis de las 22 posiciones decisivas en la coalición conservadora que preside Scott Morrison. Las mujeres hablan de toqueteos, insultos, chismorreos difamatorios e interrupciones groseras.

«El comportamiento es a la vez el reflejo y la consecuencia de la voluntad del hombre de mantener su posición dominante», afirma Sharman Stone, parlamentaria durante dos décadas y ahora embajadora para mujeres y niñas. «No hay premio para el segundo en política. Ganas o pierdes. La lealtad a tu partido es fundamental para la contratación, ascensos y continuidad, y esa lealtad incluye la renuncia a denunciar el acoso laboral o sexual de colegas que pueden desacreditar a tu líder o formación». Existe, asegura la antigua diputada, «un poderoso sentimiento de privilegio tras los excesos de los que han sido elegidos» y todo está avivado por el alto consumo de alcohol. «Muchas sesiones parlamentarias –añade– terminan más allá de las nueve de la noche pero no hay obligación de asistir, así que beber en las oficinas con tus colegas es una forma de pasar el tiempo».

La hemeroteca ya sugería desde hace tiempo un ambiente turbio. Una mujer demandó por difamación a un senador por gritarle desde la bancada que dejara de acostarse con hombres. Ganó pero coleccionó amenazas de muerte. Otra calló los magreos de un colega por recomendación de sus jefes y después leyó en una revista que había descruzado las piernas ante otro para mostrarle que carecía de bragas.

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