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Elena Fernández-Pello

Tantas maneras de matar

La violencia machista adopta formas sofisticadas e infames

2021 termina con la cifra más baja de víctimas mortales por violencia de género desde 2003, el año en el que empezaron a registrarse esos datos en España. Sería lamentable pero no raro que la cifra se hubiera incrementado desde que se escriben estas líneas hasta su publicación. Esperemos que no sea así. Desde el 1 de enero hasta el 30 de diciembre han muerto en España 43 mujeres, asesinadas por sus parejas o ex parejas. Son cuatro menos que en 2020 y una cifra muy alejada, afortunadamente, de las 73 víctimas mortales de 2010, el peor año de la trágica secuencia estadística.

Cuarenta y tres siguen siendo indiscutiblemente muchas muertes, pero es que una sola muerte es demasiado. Tras la inquietante calma de los meses de confinamiento, en 2020, la violencia machista se desató, se cuestionaron las políticas que se aplicaban para combatirla y se temió que el número de víctimas se incrementara. Afortunadamente no ha sido así, pero evidentemente hay mucho por hacer. Hay que seguir pensando y repensando cómo atajar el problema, desde las instituciones y a título individual.

Las mujeres seguimos siendo reacias a denunciar a nuestras parejas. Entre todas las víctimas mortales de este año solo nueve habían denunciado a su agresor. El sistema de protección falló para ellas y ahí tienen la justicia y los cuerpos de seguridad del Estado motivos para aplicarse para perfeccionar un sistema que debe extenderse a ellas y a sus hijos.

2021 ha sido el año en el aprendimos qué es y cuánto duele la violencia vicaria, la que se ejerce sobre los hijos para hacer daño a la madre. Ha sido una lección dura y con nombres propios, Anna y Olivia, las niñas de Tenerife asesinadas por su padre cuya búsqueda mantuvo en vilo a todo el país y que acabó de la peor forma posible. Este año se ha duplicado el número de menores asesinados. En 2020 fueron tres y este año han sido seis.

Junto a ellos están los huérfanos de la violencia machista, 30 niños, expuestos al desamparo y a un trauma que cargarán en su mochila vital para siempre.

La violencia machista puede ser brutal y directa pero a menudo es sofisticada. A medida que se habla de ella y de sus muchas maneras de manifestarse se perfecciona nuestra capacidad para detectarla, en sus múltiples formas. Se nos afinan los sentidos y caemos en cuestiones que antes nos pasaban desapercibidas.

La violencia vicaria, un término que el Ministerio de Igualdad quiere que quede recogido tal cuál en la futura Ley Integral contra la Violencia de Género, es entre todas esas modalidades la más más infame y miserable, pero los violentos también disparan desde las redes sociales, en entornos escolares y laborales y utilizan formas refinadas de martirizar a sus víctimas, como el maltrato psicológico.

De esas maneras, no tan explícitas, de hacerle la vida imposible a una mujer se ha hablado mucho este año con la “docuserie” protagonizada por una celebridad nacional, Rocío Carrasco. Polémica y discutida, más por las formas que por el fondo, pero útil al fin y al cabo. Tras su emisión muchas mujeres se dieron cuenta de que habían sido o estaban siendo abusadas, o se lo plantearon, y en los días siguientes a la emisión del primer capítulo aumentaron exponencialmente las llamadas al 016, el número de atención a las víctimas de violencia de género. El debate que propició el testimonio –el público, no el televisivo que dejó mucho que desear– resultó a menudo didáctico y nos obligó a plantearnos cómo se ejerce la violencia y cómo reaccionamos ante ella.

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