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Carlos García-Ovies

Siempre he sido 70% de la Villa del Adelantado y 30% luanquín, aunque ahora vivo entre mallorquines. Estudio periodismo y cada domingo pierdo unos noventa minutos de vida, los que dura un partido en el Carlos Tartiere.


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  • 23
    Octubre
    2012

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    El lado oscuro de tuiter

    Siendo yo un tipo calmado y no demasiado propenso a sobresaltarse, lo cierto es que esta mañana me he despertado algo irascible. Desconozco el motivo, pero que el despertador suene a las seis y media tampoco ayuda. Así que, para descargar un poco, he decidido que voy a desatar mi cólera en estas líneas, hablando sobre un fenómeno relativamente reciente, pero que nos afecta a muchos. Me refiero, por supuesto, a ese tipo de cuentas que generan animadversión cada vez que abres tuiter para informarte sobre lo que sucede.

    Existen muchas, pero el noventa y nueve por ciento de esas cuentas, se engloban en dos categorías. La primera son los fakes, o parodias. Se caracterizan, sobre todo, por aprovechar la imagen de alguien famoso para caracterizarlo, pero ahora han evolucionado. Como dice el Dr. House en uno de sus capítulos, "nosotros criamos a estos super bichos. Son nuestros bebés y ya son mayores. Llevan pirsins y están cabreados". Ahora ya no sólo se dedican a parodiar a su personaje o famoso, sino que interpretan y juzgan. Hasta tal punto que podemos encontrarnos con parodias de futbolistas dando lecciones de ética y moral. Es curioso, porque muchos de los chistes o juegos de palabras que, ávidos de nuevos seguidores, utilizan los fakes para engrosar su favstar, suelen obviar un poco la ética y la moral. Como decía, justo después se indignan haciendo referencia populista hacia una noticia y, sin cortarse lo más mínimo, tratan de sentar cátedra. Y poco se puede hacer por evitarlo, porque, por suerte, la mayoría son efímeros y tardan poco en morir, pero algunos llegan a tener cientos de miles de seguidores.

    El segundo grupo, y no por ello menos importante, son las cuentas de carácter filosófico-amoroso que circulan por tuiterland. La tónica es siempre la misma. El personaje en cuestión compra uno o varios libros de citas, se abre una cuenta con nombre reflexivo, y a correr. "Hay que admitir que todos no pueden querernos como nos gustaría, pero sé feliz". Olé, me levanto y aplaudo tras esa reflexión analítica y exhaustiva y, sobre todo, por ese contundente y sencillo consejo. "Sé feliz". Me lo apunto, máquina. Me veo obligado a señalar, por obvio que sea, la ironía de mis palabras. Es que eso mismo que he dicho, pero con carácter serio, es lo que leo a quienes siguen este tipo de cuentas. Y lo peor es que no todos son desconocidos, pero qué se le va a hacer. "La mejor forma de tener una buena idea es... tener un montón de ideas". Y bravo otra vez. Aplaudo aún más fuerte. Ni un híbrido de todos los grandes filósofos de la humanidad, oye.

    En fin, que como ya dije, me he levantado con el pie izquierdo. Quizás exagere, pero el problema es que, al contrario que mi paciencia, estas cuentas nunca se acaban. Bloqueas y bloqueas, pero siempre aparecen. Como las flores en primavera. No guardo esperanza alguna en que el Gobierno apruebe un decreto ley para el exterminio de esta despreciable especie, pero sí confío al menos en que, si lees esto y te sigo en tuiter, seas benévolo y no le des al botón de retuitear. Gracias.

     

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