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Sobre este blog de Cultura

Crítica de arte


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  • 22
    Noviembre
    2014

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    El paso del trapero. La luz de los fósforos

    La Asociación Española de Abogados Cristianos y la agrupación ultra católica “Hazte oír” han recogido más de 20.000 firmas con el fin de destituir al director del Museo Reina Sofía por no retirar la obra “Cajita de fósforos” (2005) realizada por el colectivo “Mujeres Públicas”, incluida en la exposición “Un saber realmente útil”. La ofensa para estos colectivos cristianos proviene de una caja de cerillas que muestra en una de sus caras la imagen de una iglesia en llamas y en la otra la leyenda “La única iglesia que ilumina es la que arde”, frase que se atribuye a Kropotkin y fue el lema de Durruti durante la guerra civil española. La obra, indudablemente, no fue retirada de la muestra que se puede visitar hasta principios de febrero de 2015 e intenta, según sus comisarias, la repolitización de la educación.
    Las imágenes, los textos, el arte en general, provoca incomodidades y rechazos, máxime en estos momentos en que la carga crítica y política que contienen la mayoría de las prácticas artísticas contemporáneas se intentan neutralizar apostando por lo decorativo o los lenguajes vacíos. Y la reacción visceral de los censores siempre es la misma, acusar de falta de respeto, de insultos a los ciudadanos, de vejaciones a uno u otro colectivo y de incitar a la violencia. Lo han dicho los Abogados Cristianos y en su desvarío intolerante ha afirmado que la obra “es indignante y presuntamente delictiva”.
    Andrés Serrano fue denunciado al Congreso norteamericano y vilipendiado por la prensa por su fotografía “Piss Christ” (1987), un crucifijo de plástico sumergido en un vaso de orina del propio artista. La secuencia fotográfica “Interior Scroll” (1975) de Carolee Schneemann, de la que se puede ver, hasta principios de diciembre, una importante retrospectiva en el MUSAC, ha sido censurada repetidamente al considerar indecente la imagen de la artista introduciendo unas bolas en su sexo. Y en 1891 un fanático religioso arrojó una silla contra el cuadro “La Primavera” de Bouguereau por considerarlo inmoral. La lista sería interminable. Pero los entornos críticos que pueden resultar provocadores siguen siendo imprescindibles para que el arte se mantenga en sus territorios de resistencia, de lucha, de afianzar la memoria de los perdedores, de sincronizar con nuestro tiempo y producir los contenidos que faciliten una mirada intensificada por la luz de los fósforos.

     

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