En recuerdo de Santiago G. Escudero

13.05.2008 | 02:19

De una sombra sueño,
el ser humano
(Píndaro).

Santiago González Escudero fue primero catedrático de Griego en Sotrondio y luego en el Instituto Alfonso II de Oviedo antes de ingresar en la Facultad de Filosofía de nuestra Universidad, en la que fue profesor de Filosofía Griega y, últimamente, también decano. Era especialista en Epicuro y en Marx, y un gran defensor de la enseñanza humanística, de la que él mismo daba ejemplo.
Hace algunos años vino una tarde a nuestro instituto, el Río Nora de Pola de Siero, cuando teníamos un pequeño proyecto de difusión de la lectura y de la escritura llamado La Carpeta y estábamos leyendo a Homero en la Odisea, especialmente el relato del final de aquel banquete en el que Ulises se carga tan espectacular y «cinematográficamente» a los pretendientes de Penélope, comenzando por Antinoo. Recuerdo que a las catorce o quince personas que nos habíamos reunido en la biblioteca nos habló de los rapsodas y de su forma de crear y difundir lo que luego serían los grandes relatos de la cultura griega y de Occidente.
Otra de las cuestiones con él disputadas, si bien en este caso no recuerdo la circunstancia, era el discurso en que Pericles elogia a la democracia ateniense como forma superior de vida en las honras fúnebres a los soldados muertos en las primeras batallas de la guerra del Peloponeso. Elogio sí, pero con intención propagandística y, por tanto, digno de leerse con la debida cautela, en clara contraposición a la lectura que hace K. Popper del mismo texto relatado por Tucídides en Historia de la guerra del Peloponeso.
Hombre afable, radical en sus ideas políticas -creo recordar que había militado en la ORT en los inicios de la democracia-, merece un recuerdo agradecido. Ayudó a profesores de Enseñanza Media a hacer sus tesis doctorales y fue buen amigo de todos. Su despacho siempre lo teníamos abierto y la sonrisa de acogida en cualquier encuentro circunstancial por las calles ovetenses estaba por principio asegurada.
No era persona de grandes discursos y sí de conversación y diálogo, métodos tan indisociables de la profesión que ocupó su vida, la enseñanza. Una enseñanza que profesó como maestro, primero en las enseñanzas medias y luego en la Universidad, con sencillez rigurosa dedicada al trabajo cotidiano y exenta de toda vanagloria.
Sabemos que nuestro amigo vivió «de una manera conforme» como le aconsejaban sus -y nuestros- clásicos. Vaya por tanto este recuerdo de despedida acompañado de una de las Máximas de Epicuro sobre la que, sin duda, desearía disputar en el mismísimo Jardín junto al maestro: «La riqueza conforme a la naturaleza está limitada y es muy fácil de conseguir. Lo que es conforme a las vanas opiniones cae al infinito».

Francisco Noval, del Instituto de Enseñanza Secundaria Río Nora de Pola de Siero.

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