Don Giovanni», de W. A. Mozart, se estrenó en la temporada de ópera de Oviedo en 1996, dentro del proceso de normalización del repertorio mozartiano en el Campoamor, uno de los grandes aciertos de Luis Álvarez Bartolomé al frente del ciclo lírico. No fue empeño fácil. Más de una década después producen una mezcla de hilaridad y sonrojo algunos argumentos de entonces, con frases tan entrañables como «esto no gusta al público de Oviedo», en pretendida descalificación del genial creador salzburgués y sentencia definitiva de un gusto uniforme y monolítico. Ahora son otras las batallas, si bien todavía en el estreno se atisbó un rebuzno desde la platea en medio de la representación, muestra de la fina educación de alguno, que confunde un teatro de ópera con una pelea clandestina de gallos. En el paisaje lírico ovetense lo que apenas cambia son los desprecios políticos hacia la temporada. En época de bonanza aquí llegan las migajas y cuando la crisis se encarniza los recortes también lo hacen con saña. Y esto no tiene nada que ver con el color político. De nuevo la industria musical ovetense, con la ópera a la cabeza, se asoma al precipicio. Más de uno estaría gustoso de darle el empujón definitivo. La asociación de la ópera es ejemplo de múltiples sensibilidades y familias, algo saludable, que demuestra su vitalidad. Estamos en un momento de enorme dificultad, y convendría cerrar filas para defender la ópera de forma contundente. Antes que nadie, la junta directiva, tan pusilánime y políticamente correcta en sus siempre rezagados comunicados públicos. Cuando vienen mal dadas el rigor, la coherencia, la altura de miras y el acierto en las decisiones son elementos clave para cohesionar y reivindicar una causa justa. Sólo con que la directiva defienda con ahínco los puestos de trabajo que peligran si la actividad se contrae ya es argumento cabal para desenmascarar a una clase política que concibe la cultura como una especie de mercancía de lujo sin tener en cuenta su valor añadido como generadora de riqueza.

El estreno de este «Don Giovanni» supuso un acontecimiento para el mundo de la música en Asturias por el debut en el foso del Campoamor del ovetense Pablo González, el director español más importante de su generación, y uno de los llamados a liderar la música clásica en nuestro país en las próximas décadas. Su trabajo se convirtió, en este sentido, en una fiesta saldada con resultados magníficos. Salvado un primer tramo un tanto desdibujado, especialmente en la obertura, a la que le faltó mayor definición y contraste, la aportación suya a la velada fue mayúscula. Tensión expresiva, estilo mozartiano cuidado, muy buena respuesta por parte de la OSPA e implicación de todos caracterizaron una lectura que desde el foso manejó «tempi» con inteligencia y flexibilidad. Los cantantes estuvieron arropados sin descuidar un ápice un discurso musical carnoso que transitó por la obra a través de un planteamiento vigoroso y limpio sin las adherencias tan habituales cuando no se va a la esencia de Mozart con el criterio y el acierto de Pablo González en su debut en la temporada, que ha de ser el comienzo de una estrecha relación prolongada en el tiempo. Además, en el plano musical debe consignarse el acierto de Aarón Zapico al clave, Alejandro Marías al violonchelo y Héctor Braga a la mandolina.

«Don Giovanni», como la mayoría de las creaciones mozartianas, requiere empuje de conjunto, ajeno a los divismos. El trabajo debe repartirse, y en su aparente simplicidad encierra dificultades tremendas. En contra de lo que se piensa, no admite segundones. Todos los personajes están en primer plano y son exigentes en lo vocal y en lo dramático. Sin excepciones. En este caso un factor marcó la velada, el equilibrio del elenco. Y eso cuando hablamos de Mozart es acierto y virtud. El nivel general fue alto, como corresponde a cantantes de perfil internacional. Se esperaba mucho del barítono Bo Skovhus, que ha sido un Don Giovanni emblemático, pero la presentación ovetense del danés quedó en tablas. A día de hoy su interpretación tiene tantos puntos fuertes como débiles. Convence por su perfecta prestación actoral. Da el personaje de principio a fin, lo caracteriza de manera impecable. En lo vocal se maneja con seguridad, pero le pierde esa dicción descuidada (¿es necesario cantar un italiano tan macarrónico?), impropia de un cantante de su categoría y trayectoria. La voz funciona en los pasajes de bravura, pero se difumina en los recitativos. Cumplió y sacó adelante el personaje, si bien en él esto no basta. Otro factor muy llamativo era la presencia de Lioba Braun como Donna Elvira. La mezzo se arriesgó con un camino que recorre en dirección contraria a la mayoría. Muy vinculada a Wagner, llega ahora a Mozart, que para muchos es punto de arranque. Cantó con ganas y energía, buscó el refinamiento expresivo y cierto lirismo, pero no llegó a cuajar del todo en pasajes como «Mi tradì quell'alma ingrata». No creo que esta incursión mozartiana en la Braun pueda tener continuidad al mismo nivel que ella aporta en otros ámbitos. Quien sí tiene trayectoria y aval mozartiano de largo recorrido es la soprano Cinzia Forte, que ofreció una Donna Anna de magnífico rendimiento. Matizada y con fuego expresivo, brilló con fuerza en arias y números de conjunto. La sorpresa llegó de la mano del tenor Antonio Lozano, que sustituía a Celso Albelo como Don Ottavio. Lozano cantó de manera segura, exhibió vocalidad rotunda, amplitud de volumen -el aria «Il mio tesoro» fue la más aplaudida de la velada-, y consiguió un solvente refinamiento expresivo, aunque también se le aprecia una tendencia a enmascarar en falsete algunas notas que debiera solventarse. Estamos ante un cantante importante del que se puede esperar mucho y que dio en la diana en un debut en la temporada que el público premió con entusiasmo. Otra presentación de lujo fue la de Ainhoa Garmendia como Zerlina. Premiada como cantante revelación en los premios líricos «Teatro Campoamor», la soprano dominó el rol con un dulce y hermoso timbre, registro central muy rico, y picardía en la expresión. Fue la suya una Zerlina para recordar y la evidencia de una cantante que está sabiendo construir una carrera con inteligencia y adecuado ritmo. A su lado brilló, asimismo, Joan Martín-Royo como Masetto. El barítono catalán va a más y ha sido capaz de mejorar notablemente su potencia vocal, que antes mermaba una forma de cantar construida con exquisitez. Pese al anuncio de afección respiratoria inicial, Felipe Bou cumplió como el Comendador sin mayores sobresaltos. Y como cierre y recapitulación del entusiasmo que generó el estreno, nada mejor que centrar la atención en el luminoso Leporello de Simón Orfila. Divertido y burlón, el bajo menorquín encarna al siervo con tal convicción que atrapa en su interpretación intensa y entregada. Orfila es un cantante generoso que disfruta con sus personajes y sabe cómo transmitirlos. Una delicia. Sobre la escena, el Coro de la Ópera de Oviedo, en sus breves intervenciones, no fue más allá de una corrección aseada.

El marco visual de «Don Giovanni» corrió a cargo de una coproducción con el teatro de Magdeburg firmada por Alfred Kirchner. Tiene su principal aliciente en una dirección de escena atractiva e imponente dramatúrgicamente, pero su estética escenográfica es pobre en unas intenciones que se quedan a medias. Se percibe, desde el telón pintado inicial, la búsqueda de la estética metafísica de Giorgio de Chirico que se entrevé en la iluminación y en cuatro torres que van creando cada uno de los espacios. Todo ello convive con esa desnudez escénica tan en boga en los teatros alemanes que acaban solventando cualquier escena con un «camping gaz» en medio del escenario. Entre el abigarramiento exagerado y el minimalismo pasado de vueltas y pobretón puede y debe haber un término medio, porque también hay que seducir al espectador visualmente. No obstante, la fuerza dramática de Kirchner centró la acción a través de un fluido encadenamiento de las escenas y una caracterización de cada personaje trabajada con primor. Funcionan igual de bien los pasajes más cómicos -los dos protagonizados por Zerlina y Masetto, el «Batti, batti, o bel Masetto» y el «Vedrai carino», fueron un prodigio en su concepto jocoso- que los dramáticos, con especial acierto en la caída a los infiernos de Don Giovanni. Su versión tiene pulso y vida, es un alegato mozartiano desde el respeto a la acción y a la teatralidad del salzburgués. Los detalles están cuidados, y entre ellos destaca el colorista y creativo vestuario de María Elena Amos. Kirchner es un maestro de la escena, y su «Don Giovanni» fue una lección de buen oficio teatral.