El arte incomparable de Marta Argerich

Elogio de la actuación en la Filarmónica de Oviedo de la pianista argentina

01.08.2015 | 05:09
Marta Argerich.

El arte es una fuente de satisfacciones no fáciles de describir. El arte es una dinámica y todos los humanos tienen derecho a gozar de las delicias y placeres estéticos, que de alguna manera contribuyen a nuestra felicidad. Dijo Taine que si el ser humano es el padre de las obras artísticas, Dios es el abuelo. Es el padre del padre. Los humanos solo tienen cualidades objetivas y si estas coinciden con el gusto estético del aficionado se produce una emoción indescriptible, el auténtico arte tiene que elevar al hombre y llenarle de paz, hacerle más humano, sensible y solidario. El arte es una especie de oración que nos hace sentirnos mejor.

Llega a la Filarmónica de Oviedo una pianista joven y bella, 19 años. Nació en Buenos Aires. Una dama elegante, bien vestida, figura esbelta con natural distinción. Abundantes cabellos desordenadamente peinados, su expresión es de dulce melancolía. Se trata de Marta Argerich y a pesar de su juventud saluda al público con unos ojos que miran con una dulzura infantil, a pesar que se enfrenta con un dificilísimo programa de tres partes, figurando obras de Bach, Mozart, Chopin, Debussy, Listz y la sonata número 3 de Prokofieff. Un historial donde a los dos años demostró su gran musicalidad, y a los ocho años dio su primer concierto con orquesta y varios recitales en el teatro Colón y en la radio. Estudió con Gulda y Nikita Magaloff, logrando el primer premio del concurso internacional de Ginebra. Y comenzaron sus triunfos en Europa, presentándose en la Scala de Milán en un concierto con orquesta. Esta actuación representó para Marta Argerich uno de los más grandes triunfos de su carrera.

En el concierto de la Filarmónica produjo una gran sensación y compenetración con el espíritu de la música. Todo esto dio como resultado un éxito apoteósico. Florestán, crítico de LA NUEVA ESPAÑA, la vaticinó entre los más notables artistas mundiales, dotada de una técnica perfecta, temperamento con tendencia al dramatismo y una gran musicalidad, que frasea perfectamente y da a cada obra su carácter. Su concierto en la Filarmónica fue una verdadera revelación. Toda ella es admirable con ese misterioso poder privativo de los artistas que subyuga y atrae. Ofreció de propina la "Rapsodia seis" de Liszt con la más rica y delicada sensibilidad en la nobleza de estilo. Y sobre estas cualidades la intuición prodigiosa que guía su arte y extrae del corazón mismo de la música su secreto, con ausencia de artificio, de esfuerzo, ante la naturalidad y sencillez. Queda uno asombrado. Esto es interpretar por la gracia de Dios.

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