Cuando el salvoconducto era el pasaporte de los españoles

05.03.2016 | 05:07
Colas ante un supermercado de La Habana.

La imaginación y la picaresca española alcanzaron las mayores cotas en los años cuarenta del pasado siglo con el estraperlo, y la manipulación de los salvoconductos, cédulas personales (DNI) o las cartillas de racionamiento de alimentos y tabaco

Muchos asturianos quizá desconozcan la historia del salvoconducto en España en la posguerra, y por supuesto que les sorprenderán sus efectos en la sociedad de la época. En aquellos años iniciales de la década de los 40 siglo XX los ciudadanos no podían desplazarse fuera de Asturias sin la correspondiente autorización expedida por la autoridad militar, salvo algunos supuestos excepcionales. Por una orden de 5 de mayo de 1939, se fijan normas para la entrada en Madrid si no es con salvoconducto. Existían antecedentes de esta medida un siglo antes, en los años 1827/1829, en que no se podía acceder a la capital sin motivo justificado.

En Asturias, con fecha de 29 de abril de 1939, se establecen los requisitos para recabar la autorización. Había que dirigir solicitud al Jefe de la 8ª Región Militar, con póliza de 1,5 pesetas, dos fotos y dos avales de la personalidad, haciendo constar que eras afecto al Movimiento y estar vacunado contra el tifus y viruela. El 14 de junio de 1939 se ampliaban las normas para los trámites y documentación y se establecía el salvoconducto por seis meses. En éste caso había que solicitarlo al Gobierno Civil y éste, previo informe, remitirlo a la Jefatura del Servicio Nacional de Seguridad. Previamente en Oviedo, en julio de 1937, tres meses antes de su liberación, se dieron normas igualmente de entrada y salida de la ciudad.

El ilustre ovetense al que se le denegó el viaje en coche a Madrid. Ya avanzada la década de los años cuarenta aún estaba en vigor la necesidad de salvoconductos para viajar fuera de Asturias. A un destacado miembro de la sociedad ovetense, financiero y aristócrata, le fue desestimado un viaje a Madrid. Había solicitado el pertinente salvoconducto del Gobierno Civil para el día 24 de junio de ese año con los datos exigidos de matrícula del coche, número de bastidor, motor, datos personales y motivo del viaje. En primera instancia le fue aprobado, pero por motivos qué alegó el solicitante, tuvo que aplazar el viaje dos días. La respuesta del Gobierno Civil fue que no tenía competencias para revocar la fecha y le informaba que el cambio era competencia de Madrid, del Ministerio de Gobernación.

Historias sorprendentes. Durante la Guerra Civil el general Cabanellas, destinado en Zaragoza, ciudad en poder de las tropas de Franco desde principios de la guerra, visitaba con frecuencia los frentes próximos a la capital aragonesa. En una de sus salidas fue interceptado en un control por una patrulla militar que le exigió el salvoconducto. Cabanellas, qué vestía de paisano, intentó convencer a los miembros de la patrulla de su rango militar, pero éstos insistían reclamando el salvoconducto. Finalmente Cabanellas les dijo: "pero hijos míos, si soy yo el que firmo los mismos".

Una anécdota singular ocurrió en el Madrid de la posguerra. Un ciudadano, como tantos otros, fue detenido por carecer de salvoconducto como era preceptivo en la época. Trasladado a un centro penitenciario, a los pocos días, vista la escasa vigilancia que había en la puerta de entrada y salida de la cárcel, se dirigió a un puesto de chucherías cercano donde expedían tabaco. Adquirió unas cajetillas y retornó a la cárcel, donde el guardia de servicio le impidió su entrada por carecer de salvoconducto. Al regresar a su domicilio en Madrid sus familiares le interrogaron por la causa de su puesta en libertad, a lo que contestó: "por lo mismo que me detuvieron: no tener salvoconducto".

En los años 40 también era frecuente manipular las cartillas de racionamiento de alimentos y la de tabaco.

Se usaban de manera fraudulenta las de familiares y se llegaron a inventar nacimientos o a ocultar fallecimientos para acceder al cupo establecido: un cuarto de aceite, medio kilo de arroz, o de bacalao.

Son historias reales de tiempos pasados por muy inverosímiles que nos parezcan hoy.

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