23 de mayo de 2010
23.05.2010

«"La historia del Derecho es la historia de la paz", nos dijo José Prieto Bances»

«Hubo una explosión en La Manjoya y el juez Gontán me invitó: "Ven con nosotros; vas a saber lo que es esto de la recogida de restos cadavéricos"»

23.05.2010 | 14:10
Eduardo Gota Losada, en el despacho de su domicilio de Oviedo.

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l De Zaragoza y La Rioja. «Nací el 21 de agosto de 1930, en Teruel, en la calle Temprado, que está a 15 o 20 metros de la Catedral. Mi padre, José María, era interventor de la Diputación Provincial de Teruel, y mi madre, Milagros, era hija de Rafael Losada, notario. Mis padres se conocieron en Teruel, se casaron y nacieron cuatro hijos. Mi padre era natural de Zaragoza, y mi madre era de Ezcaray, La Rioja, un pueblecito que está al borde de la sierra de La Demanda. Allí mis antepasados levantaron una casa de piedra, que tiene más de cien años, y allí vivieron durante años. Mi abuela conoció a mi abuelo, que venía de Selaya, Cantabria, y fue de notario a Ezcaray. Mi madre siguió los destinos de su padre, que estuvo en varias notarías hasta aparecer en Bilbao y al final en Barcelona, donde falleció. No llegué a conocer a mi abuelo».


l Teruel y los asedios. «Estando en Teruel nacimos los cuatro hermanos: tres chicos y una nena, Pilar, que desgraciadamente falleció con 6 años, recién terminada la Guerra Civil, de difteria, cuando no había vacunas ni tratamientos. La Guerra Civil había sido horrorosa en Teruel; la ciudad sufrió extraordinariamente y lo recuerdo, aunque cuando se inició la contienda yo tenía 5 años, pero a esa edad se notan más las bombas. Fue primero zona nacional; luego la tomaron los republicanos y después volvió a ser tomada por los nacionales. Tras los asedios no quedaron en pie más que cuatro muros del seminario y las ruinas de la catedral. Mi padre ya no tenía edad para ser movilizado y cuando entraron las fuerzas de la República se llevaron a toda la población civil de Teruel a Valencia, en un día de Navidades con un frío extraordinario, con esas heladas que caen en Teruel. En Valencia, mi padre se valió como pudo y no supimos más de él hasta que al terminar la guerra mi madre recibió una carta de la Cruz Roja Internacional y supimos que vivía. Vino a buscarnos a Ezcaray y nos fuimos a Teruel, donde pasamos las necesidades propias de la época».


l Oviedo destruida. «Mi padre se dio cuenta de que nosotros estábamos haciendo el Bachillerato y que pronto llegaría el momento de ir a la Universidad. Como durante la guerra no había habido ningún traslado del cuerpo de interventores de la administración local, hubo después un traslado muy amplio y mi padre, con un poco de vista, pidió ciudades con Universidad. La primera que pidió, como es natural, fue Zaragoza, pero se la pisó un compañero. También pidió otras ciudades universitarias, que entonces eran muchas menos que ahora. Estaba Santiago, Oviedo, Valladolid, Salamanca, Sevilla, Valencia?, pero no lo eran Burgos o Bilbao. Vinimos a Oviedo como podíamos haber ido a Salamanca o Valladolid, con lo que nuestros destinos habrían sido muy diferentes. Llegamos a Oviedo en enero de 1942 y las Navidades previas las habíamos pasado en Ezcaray. Oviedo también era una ciudad bastante destruida y la prueba es que, como me contó mi padre, sólo encontró dos pisos para alquilar, y uno estaba casualmente enfrente de donde yo vivo ahora, en la calle de Campomanes, y pertenecía a la familia de don Gaspar Bueres, al que mi padre trató después porque era secretario del Ayuntamiento. En Oviedo había muchas huellas de bombardeos; en primer lugar, había todavía restos de la Revolución del 34, en la calle Uría o en la de Santa Cruz. La Catedral tenía un andamiaje hasta arriba y la Universidad estaba destruida. La ciudad terminaba entonces en los Carmelitas; todo lo demás eran prados y lo que luego sería el emplazamiento del Hospital. Más arriba, el estadio de Buenavista. No había más y yo jugaba al fútbol en el Campo de Maniobras, donde hoy está la Gesta, o en la parte posterior a los Carmelitas, o por Llamaquique, donde ahora está el Palacio de Justicia».


l Bautizo de orbayu. «Viajamos a Oviedo en tren. De Ezcaray tuvimos que ir a Haro, de allí a Miranda y después a Venta de Baños, donde fue a buscarnos mi padre. Nos impresionó mucho el Pajares, aunque ya mi padre nos había comprado un libro ferroviario y sabíamos que había casi cien túneles y que había uno que se llamaba La Perruca. El tren tenía que llegar a las nueve o diez de la noche y llegamos a las tres de la mañana. Lloviznaba, que no era nada, no era nada?, pero calaba: era el orbayu, así que toda la familia nos estrenamos con él; fue como el bautizo de Oviedo y nunca se me olvidará. Yo tenía 11 años. Nos hospedados en el hotel Comercio, ya desaparecido, que estaba más o menos enfrente de lo que hoy es el restaurante Casa Conrado. Pasamos los primeros días allí hasta que nos instalamos en la calle de González Besada, en su prolongación, donde vivimos hasta que nos trasladamos a la calle de Santa Susana porque mi hermano mayor, ya fallecido, iba a ejercer la profesión de abogado y yo en ese momento acababa de ingresar en la Escuela Judicial».


l Tres hermanos en Derecho. «Realicé el Bachillerato con mis dos hermanos, el mayor, José María, y mi hermano gemelo Alfonso. Estudié en el Instituto Alfonso II, de la calle de Santa Susana, un buen instituto con muy buen profesorado. Recuerdo a don Benedicto, que nos enseñó Latín, y a Estévez, de Geografía, o Pinillos, en Física. No los recuerdo a todos, pero sí que era un gran profesorado. Estudiamos muy bien el Bachillerato y llegó la hora de hacer la célebre reválida, el examen de Estado, que era terrible. Mi hermano y yo lo hicimos juntos, uno al lado del otro, y me comentó: "El problema matemático, sencillísimo; ¿y el Latín?". "Nada, cuatro líneas de la guerra de las Galias". Ya estábamos habituados a traducir aquello sin diccionario. Dos minutos me llevó. El problema de matemáticas lo hizo mi hermano en cinco. Le miré de reojo y teníamos el mismo resultado. Presidía el tribunal Floriano Cumbreño, profesor de Filosofía, que se acercó a nosotros porque estábamos facilitando la labor a los demás compañeros, cosa lógica entre alumnos: "Si ustedes han terminada, retírense". Aprobamos y empezamos los tres hermanos la carrera de Derecho».


l Gendín y Prieto Bances. «En la familia nadie nos dijo que estudiáramos una cosa u otra, pero sí que fuéramos a la Universidad, pese a que en aquellos tiempos (era 1947 cuando comenzamos la carrera), había muchas necesidades en España y en Oviedo. Teníamos cartilla de racionamiento, pero cuando llegamos a determinada edad mi padre nos hizo sacar una tarjeta propia, porque así él tendría más tabaco, ya que era fumador de pipa. Estudiamos la carrera de Derecho muy bien; éramos unos ciento y pico alumnos y había muchos que estudiaban por libre. Llenábamos el Aula Magna y era rector don Sabino Álvarez Gendín, con quien tuve mucho trato porque mi padre, funcionario de la administración local, y él, que era catedrático de Derecho Administrativo, tuvieron bastante relación. Mi padre había pasado a la jefatura local de la Administración en la Delegación de Hacienda y llevaba la Mancomunidad Sanitaria. Tenía el despacho en el Instituto de Sanidad, del que era entonces director José Gasset. Allí recibía muchas visitas de alcaldes, médicos, comadronas, veterinarios?, porque no les ponía las cantidades correspondientes en el presupuesto y entonces acudían a mi padre, que modificaba los presupuestos. De Gendín decían que era muy exigente, pero yo siempre he dicho que no tanto; exigía un mínimo, pero yo estudiaba además con textos de Administrativo que me proporcionaba mi padre, como el Royo Villanova. Obtuve matrículas de honor con Gendín, que era un hombre muy de derechas y muy religioso, y que había tenido fuerza cuando la Universidad de Oviedo había quedado destruida tras la Guerra Civil y Santander presionó para llevársela allí. Gendín se impuso; tocaría todos los hilos correspondientes y es posible que le ayudaran otras personas, ya que Franco estaba casado con una ovetense. Tuve además otros grandes profesores. La primera lección la recibí de don José Prieto Bances. Nos reunieron en el paraninfo; estábamos sentados y apareció una figura alta, con pelo blanco y nos dijo algo que fue quizá la primera impronta que recibí en la Universidad: "La historia del Derecho es la historia de la paz". Nos quedó grabado a todos. Y, en efecto, estudiamos cinco años en una absoluta paz; allí no entraba ni la política, ni nada».


l Lecciones de régimen democrático. «Torcuato Fernández-Miranda era un profesor magnífico, de Derecho Político. Atraía mucho su asignatura porque los estudiantes sabíamos que el régimen tardaría más o menos, pero desaparecería de una forma o de otra y luego ¿qué vendría? Pues tendría que ser un régimen democrático, y ese régimen democrático lo explicaba Torcuato maravillosamente. Mi hermano y yo hicimos por las tardes unos apuntes estupendos de sus clases, con sus grandes principios, que luego mecanografiaban en la calle donde está Peñalba, en una especia de academia. Luego esos apuntes circularon por Santander, León, Santiago?, pero algunas veces ya muy deteriorados porque les habían metido mano otros estudiantes que no eran los que habían atendido las clases de Torcuato personalmente. Torcuato era un hombre muy cumplidor: entraba y salía a su hora de clase y apenas fallaba por enfermedad u otro motivo. Imponía mucho y le reconocíamos como gran profesor. Fue rector muy joven, pero no imaginábamos que iba a ser el hombre que pasado el tiempo diría: "Yo le daré al Rey la terna que necesita". Ni nos lo imaginábamos».


l El Código Civil y el Castán. «Los alumnos éramos disciplinados, nos levantábamos cuando entraban los profesores, había disciplina y un ambiente estudiantil extraordinario. Yo no sabía lo que era el Derecho al comenzar la carrera. Sabía que había Derecho Civil, que era como la Anatomía de los médicos, y sabía que en Derecho había que estudiar el Castán. Pero fue ya en la Universidad donde con Valentín Silva Melero y aquellos profesores aprendí lo que era el Derecho Civil, Penal y Administrativo, y le cogí gusto. Estudiaba con placer, sobre todo las asignaturas troncales. Me cogí un Código Civil que todavía conservo como oro en paño, muy grueso y pequeñito, con papel de Biblia; y el Castán, y sobre todo comencé a hacer resúmenes de las materias que luego me sirvieron mucho para las oposiciones».


l Parchís en el SEU. «Después de las clases nos sentábamos en el paseo de los Álamos o nos íbamos al cine o a jugar a un bar en el Naranco, con un baloncito pequeño. También íbamos al cine los sábados y domingos y prácticamente todos nosotros éramos amigos. En mi época de estudiante no hubo ambiente político y acudíamos al SEU (Sindicato de Estudiantes Universitarios), que a mí me tocó en la plaza de la Catedral. Íbamos allí los sábados o incluso los domingos, porque había partidas de parchís y un barito que regentaban dos hermanos. Tomábamos un bocadillo de chorizo o de mortadela y lo teníamos como centro de reunión. Los días en los que estaba lloviendo, ¿qué hacíamos? Pues nos citábamos en el SEU. Entre los alumnos y amigos sabíamos de qué pie cojeaba cada uno, y alguno tenía inclinación política, pero el ambiente estudiantil era muy distinto de lo que posteriormente fue, y que yo conocí porque fui profesor, primero ayudante y después asociado, de Derecho Administrativo durante 26 años. En los años previos a la transición y durante ésta las cosas cambiaron e incluso recuerdo que estábamos un día dando clase y se produjo una avalancha de gente joven, que no sé si eran universitarios o no, y nos impidieron el ejercicio de la función docente».


l Oposiciones de 535 temas. «Salimos 25 o 30 alumnos de aquella promoción de Derecho, la de 1947 a 1952. Obtuve el premio extraordinario de la carrera y 22 matrículas de honor. Fui aplicado y mi padre, cuando llegaba septiembre, como a mí no me costaba la matrícula, me decía: "Lo que les ha costado a tus hermanos la matrícula que yo he pagado, te lo doy a ti". Al terminar la carrera fui a la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, a un curso de verano sobre Derecho Privado. Pasé después unos días de descanso en Ezcaray y volví a Oviedo a preparar oposiciones. Lo hice de 1952 a 1957, porque no me atraía un bufete y quería ser juez. Las oposiciones eran durísimas, todas ellas, pero el programa de judicatura era el más extenso de todos, con 535 temas que había que meterse debajo de la boina, y para eso había que estudiar mucho. Salvo los grandes memoriones, al resto lo que nos pasa es que estudias un tema y a los quince días no lo puedes repetir, se ha olvidado. Por lo tanto había que hacer muchos repasos, con objeto de que cuando repases el último puedas decir el primero».


l Restos cadavéricos en La Manjoya. «Aprobé en el año 1957, con el número siete, y formé parte de la octava promoción de la Escuela Judicial, en Madrid. Aprobamos en junio, pero no nos llamaron a la Escuela hasta enero del año siguiente. Entonces me fui a uno de los jueces de primera instancia e instrucción, que se llamaba Gontán. Me presentó al personal y al secretario del Juzgado y les dijo. "Este señor puede hacer aquí todo lo que quiera, estudiar, ver todos los papeles, y cuando haya alguna salida de carácter penal, que venga él para que vaya aclimatándose". Un día se produjo una explosión de dinamita en La Manjoya. Yo estaba en casa y la escuché; me fui al Juzgado y ya estaban con los preparativos del agente judicial, de los forenses, del juez. Gontán me dijo: "Ven con nosotros; vas a saber lo que es esto de la recogida de restos cadavéricos". Pero, en fin, ya iba aprendiendo cosas y, sobre todo, a enfrentarme a una realidad que desgraciadamente luego me encontré. En Madrid estudié un año y pico. Nos daban las lecciones y nos llevaban a los juzgados, pero no era agobiante, ni muchísimo menos; todo lo contrario. Tuve la suerte de encontrarme un grupo reducido de estudiantes, gente que sabia divertirse, pero bien».


l Villa amurallada y fría. «En enero de 1959 me destinaron a Laguardia, en Álava, a 14 kilómetros de Logroño y a 50 de Ezcaray. Por tanto, los fines de semana iba con mi abuela al pueblo. Era un Juzgado de primera instancia e instrucción y Laguardia era una villa muy pequeñita, amurallada, con pocos habitantes con los que hablar. Había un abogado con el que a veces paseaba hasta a la estatua de Samaniego, a veces bajo el frío y el vendaval. Yo entonces quería hacer las oposiciones a magistrado de lo Contencioso, pero Logroño no tenía Universidad y no tenía donde estudiar».

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