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Un «bodegón» de Jacobo Jordaens y una reflexión sobre la tiranía del gusto

La mutilación del cuadro del pintor flamenco «Isaac bendiciendo a Jacob» ha propiciado la aparición en el mercado del arte de una obra de un género que nunca practicó

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Un «bodegón» de Jacobo Jordaens y una reflexión sobre la tiranía del gusto
Un «bodegón» de Jacobo Jordaens y una reflexión sobre la tiranía del gusto  
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2 MATÍAS DÍAZ PADRÓN CONSERVADOR JUBILADO DEL MUSEO DEL PRADO El motivo de estas líneas es una reflexión que viene de tiempo atrás y revivida ahora al ver el alto precio alcanzado por un bodegón de Tomás Hiepes en el mercado de arte Londinense (un pintor valenciano sin especial estimación en la historia del arte) y por la interrogante de una querida amiga interesada en estas lides. La tasación está por encima de pintores de destacado renombre en la historia de antes y de ahora. ¿Es que la pintura y su género está expuesta a los caprichos de una sociedad sin más que el imperativo de los gustos en el tiempo?


Adelanto lo evidente de este hecho en modas que arrasan la estima real de las cosas. Así pasamos a ver un género considerado por Pacheco y los preceptistas de la época como de segundo rango, que es el bodegón en el siglo XVII. El mismo Pacheco se sintió obligado a justificar a su yerno por su implicación con aquella modalidad de la pintura en su juventud. Es, por tanto, un hecho que las pinturas están expuestas al capricho de la sociedad a costa de su estética y calidad por imperativo de los gustos que pueden llevarnos a fronteras de intereses de imprevisibles consecuencias.


Hace años tuve ocasión de conocer por una rutinaria consulta un «bodegón» de Jacobo Jordaens. Pienso que esto pueda responder a la reflexión propuesta en las líneas iniciales de este artículo. Es oportuno adelantar la razón de entrecomillar bodegón como título del lienzo que se ofrece a nombre de Jordaens. Espero que vaya entendiéndose a tenor de lo que sigue.


De Jacobo Jordaens no se conocen pinturas de naturaleza muerta independiente de figuras. Es evidente la excepcionalidad de este hecho y mi sorpresa al ver un «bodegón» del maestro flamenco con la impronta plástica de su estilo y técnica. Es un pintor que junto con Rubens y Van Dyck exhibe la trilogía más prodigiosa de la pintura flamenca del siglo XVII.


Pienso se comprenda el esfuerzo que exige la retención crítica para sospechar lo que expongo a continuación. La pintura daba motivos de inquietud. A la vista está una mesa con variados alimentos y vasijas y un perro que asoma anhelante a la derecha del espectador. No fue difícil intuir luego el producto de la mutilación de una composición de mayor dimensión y contenido narrativo. Era un lienzo amputado por el imperio del gusto de nuestro tiempo fascinado por el bodegón como género preferente de esta insensible sociedad. La obra de arte está en paralelo al paso del tiempo y sus miserias.


No fue difícil ver la manipulación al examinar la capa pictórica y el reverso del soporte y localizar tiempo después la composición en su estado original. Y no sólo la pintura, sino el dibujo preparatorio con varias versiones del tema con la historia de Isaac bendiciendo a Jacob, asunto que no hay duda fascinó a Jordaens. El bodegón con las viandas, la tetera y un perro con signo de ansiedad a la vista de los manjares es una clásica naturaleza muerta con mantel, un fondo oscuro y cortina roja.


Aparentemente es un bodegón del que ninguna noticia documental es conocida. De tratarse de un bodegón daría pie conceder a Jordaens un capítulo en esta modalidad que no cultivó.


Inquietaba el diseño de las cortinas sin conexión correcta con la mesa y los alimentos, igual que la mirada del perro, fija en un punto distante y por encima de la mesa.


Estos contrasentidos obligan a una reflexión. También la luz que baña la superficie de la mesa, los utensilios y la cabeza del perro. Esta luz cenital es extraña en los bodegones, donde domina la frontal y lateral. En fin, la luz acentúa el brillo en los objetos contrastando con las oscuras sombras tenebristas a las que Jordaens no renuncia en convivencia con los tonos cálidos del norte. Es fácil reconocer la soltura del trazo del maestro flamenco, la riqueza cromática y barridos transparentan la trama y el dibujo subyacente.


Por fortuna, he localizado el lienzo de «Isaac bendiciendo a Jacob» en el catálogo de la galería Sotheby's que me es posible acompañar en este artículo (Sotheby's, 9 de marzo de 1966, n.30; Sotheby's, 24 de mayo de 1972, n.90). Esto da una fecha límite de su mutilación. El motivo de esta inexplicable acción está en el arrastre de la moda como principio irrenunciable con la insensibilidad de la incultura como apoyo. Las razones pueden ser de distinto tipo, pero la limitación de este artículo no nos da espacio para entrar en ello. El restaurador que atentó contra esta magnífica pintura de la bendición de Isaac a Jacob fue un instrumento vendido al imperio de los gustos. Esperamos el milagro de las piernas del San Sebastián del Greco que hoy conserva el Museo del Prado.


No es difícil seguir la manipulación del restaurador en el vientre de Isaac, en la sábana blanca y el brazo del Patriarca repintados respetando solo parte de la cortina roja del dosel pero recubriendo la otra parte y el brazo del anciano en acusada diagonal. Esto sería fácil seguir en una radiografía. Pero es innecesaria para quien tiene adaptada su vista a la valoración técnica y cromática de la pintura. La fotografía del lienzo nos facilitó las fronteras de la mutilación.


No sé si sus propietarios ignoraban el prestigio y calidad de esta pintura procedente de la prestigiosa colección Engels Kloster en Brujas. El estilo es típico de la producción madura del artista y el dibujo preparatorio, que afortunadamente podemos reproducir, está en la colección de Clifford Duits de Londres. Este dibujo nos habla de los cambios efectuados en el lienzo en el curso de su elaboración. Poco importa ahora.


No imaginaría la fiel clientela de Jordaens en el siglo XVII que al paso del tiempo la especulación destruiría la integridad de su obra. Esto nos lleva a reflexionar sobre el insaciable mercantilismo que conduce a la destrucción de una obra y rotura de su sentido histórico.


Recuerdo unas palabras que escuché hace muchos años del profesor Paul Coremans invitado por Gratiniano Nieto, director general de Bellas Artes por entonces. Fue algo que me pareció excesivo: «Los causantes de la destrucción de las obras de arte no son tanto las guerras, el tiempo y la desidia de los hombres, sino los restauradores incontrolados y esas gentes de "buen gusto"».

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