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"Estamos más aislados que nunca", claman en la zona rural por la mala conexión a internet

La brecha digital se hace aún más patente con el estado de alarma: "Es como volver al siglo XIX, porque también falla la cobertura del teléfono móvil, y a veces, incluso, la señal de televisión"

"Estamos más aislados que nunca", claman en la zona rural por la mala conexión a internet

"Estamos más aislados que nunca", claman en la zona rural por la mala conexión a internet

Más de 150.000 asturianos, el 15 por ciento de la población, sufren todavía una conexión deficiente a internet. Son, en concreto, 5.000 las áreas de Asturias cuya velocidad de acceso a internet está por debajo de los 30 megas. Son lo que se denomina "zonas blancas", casi todas en la

Toño Martínez López está pasando el confinamiento junto a su madre, Amelia Sofía, de 90 años, en Oceño, Peñamellera Alta. "La situación es triste en términos generales, pero se acrecienta cuando no tienes ningún tipo de conexión con la familia o los amigos, con las redes sociales o con cualquier plataforma que te haga desconectar un poco de la rutina que trae tantos datos negativos", explica. En Oceño no hay cobertura, o la señal es muy baja. "Es como volver al siglo XIX porque en algunas ocasiones también falla la señal de televisión", lamenta. El teléfono fijo ayuda en estos casos, pero se hace necesario el móvil "por muchas cuestiones". Para eso, cuenta, "tenemos que salir de casa e ir junto a las señales de telefonía", lejos del pueblo. Y eso, "lo podemos hacer de forma muy justificada porque no debemos salir de casa".

"Nos sentimos aislados, más que nunca, pero el problema no es de ahora y lo peor será que persistirá cuando esto pase, o hacen algo o que no nos cuenten que los jóvenes se van, porque los echan quienes no consideran que en la zona rural es necesaria una cobertura decente y un acceso a internet apropiado para la época en la que vivimos. Aquí sería inviable teletrabajar, y eso es algo en lo que deberían pensar", propone.

Los días, para César Solís, comienzan y acaban con un golpe a la mesa. A su mano la dirige la frustración de ver como internet "va lento o directamente no va". Vive en San Miguel de la Barreda, en Siero, en el centro mismo de Asturias y, aunque le gusta mirar la edición digital de los periódicos, casi no puede: "Internet se cuelga, sales de la página, se queda trabado, tarda mucho en arrancar... Te colma la paciencia". En la parroquia en la que reside, no hay fibra óptica ni perspectivas de que llegue. Solís y vecinos de otras zonas del concejo protestaron hace unas semanas, antes de la pandemia. No pueden comunicarse con sus familiares por videollamada y, encima, en las conversaciones telefónicas la frase más repetida es: "Se corta".

Verónica Bermúdez está acostumbrada al teletrabajo y a pelearse con la deficiente conexión a internet que tiene en Boal, pero estos días, con sus dos hijos en casa, la cosa se complica aún más. "Habitualmente es una lata porque falla bastante, pero ahora con los críos, que también tienen que acceder a la plataforma del colegio para descargar sus deberes, hay que hacer malabares", precisa esta consultora y formadora, que es además presidenta de la asociación Fórum Boal 3000.

El lunes tenía prevista una videoconferencia que tuvo que anular porque entre las nueve de la mañana y casi la una del mediodía no hubo señal. "Eso fue circunstancial, pero sí que son habituales la lentitud y los cortes", precisa, al tiempo que reclama tomarse en serio la conexión del medio rural a internet. "La brecha digital se hace más patente con el COVID-19. Cualquier persona con dificultades de acceso a internet está en una situación de desventaja", añade. Además, teletrabajar con niños (en su caso, Telma, de 10 años, y Leo, de 8) es complejo, pues requieren atención y conciliar se vuelve misión imposible. Lo que hace es madrugar para disponer de tiempo para su tarea.

Merry Fernández, de Gedrez (Cangas del Narcea), se dio cuenta de que teletrabajar o seguir cursos online en el medio rural era misión imposible cuando su empresa -la mina de oro situada en Belmonte- decidió enviarla a casa. "No tenía suficiente velocidad para conectarme a las plataformas con las que trabajamos, el informático de la empresa se conectó a mi ordenador y comprobó que tenía 3 megas y que al menos necesitaría 10", explica.

Ante esta situación tuvo que olvidarse de esa facilidad que le daba la empresa y regresar a la oficina hasta que el teletrabajo fue obligatorio. Así que se vio obligada a cambiar su residencia temporalmente. "Decidí quedarme en Belmonte a trabajar y no volver a casa porque tengo una persona de riesgo. Es una decisión muy dura porque tengo un niño de menos de 2 años que está allí con sus abuelos", lamenta.

Enfado en los pueblos: "Cobrar con tarjeta resulta casi imposible"

En el estanco de José Manuel Antomil, en San Bartolomé (Belmonte), es casi imposible cobrar los cartones de tabaco con tarjeta debido a que tienen una deficiente, y a veces nula, conexión a internet. Falla la cobertura móvil y hasta la línea fija. "Vienen a por tabaco y hay que salir al aparcamiento a cobrar, se tarda un montón y haces el ridículo", señala Antomil, quien subraya que siempre han estado "maltratados" por las compañías de telecomunicaciones. "Hasta 1993 no llegó el teléfono", apostilla. Debido a la falta de internet no puede cobrar a los clientes a través del TPV (terminal punto de venta), y muchos ya llevan el dinero en metálico pese a las recomendaciones de pagar con tarjeta para evitar la propagación del coronavirus.

Hay indignación en los pueblos. Para el estudiante universitario de nutrición y dietética Esteban Alonso, seguir el curso online desde Moal (Cangas del Narcea) no resulta sencillo. Con el cierre de los centros educativos decidió regresar a casa desde Lugo, donde realiza sus estudios presenciales, y ahora se enfrenta a diario a las dificultades de seguir sus clases con una conexión muy lenta. "Tengo tres horas de clase virtual y hay días que la conexión va fatal y se corta y da mucha rabia porque a veces pierdes la clase al no quedar guardadas las conversaciones", se queja.

Disfrutar de un momento de ocio por internet también acaba siendo desesperante. "Para ver un vídeo de unos 10 minutos tienes que esperar otros tantos para que llegue a cargarse y si quieres ver una película puede tardar en descargarla de 3 a 4 horas", ejemplifica. Por este motivo siente que sufre "discriminación" y que tiene que hacer un doble esfuerzo respecto a sus compañeros residentes en ciudades.

"Agravio comparativo"

María Aránzazu Alonso Pesquera alzó la voz desde su casa de Cardosu, en Llanes porque su hijo, Cecilio Pino Alonso, que cursa primero de ESO en el IES Avelina Cerra, en Ribadesella, no podía acceder, como el resto de sus compañeros, a la docencia virtual recomendada desde la Consejería de Educación. Y no podía porque en su casa no hay wifi. "Nos sentimos menospreciados y abofeteados por este agravio comparativo que hace daño por muchos motivos", lamenta. Alonso acaba de perder su empleo y consumió todos sus datos móviles intentando que su hijo, "con retraso madurativo", no sufriera más aún las consecuencias de la crisis sanitaria.

"En otras circunstancias nos vamos a la Casa de Cultura o a algún lugar con wifi", subraya, "pero ahora no podemos, nuestra única opción sería pagar una cuota de 80 euros que ahora mismo no podemos pagar". Alonso alaba la labor de los docentes del instituto de Ribadesella, "le están enviando diariamente las tareas que debe hacer de modo individual y que para él son muy importantes porque son específicas".

Los estudios para el pequeño de 14 años, "son importantísimos. Lo son para todos, pero especialmente para él por las circunstancias". Dejar de hacerlo supondría, advierte la madre, "un retroceso" que Cecilio arrastrará durante algún tiempo si, con suerte, vuelve a ponerse al día en su educación. Después de tocar todas las puertas ha logrado que cada tres días les lleven las actividades a través del servicio de Correos. Una vez hechas, "se las llevarán para su corrección" a los docentes. La circunstancia que atravesaron "no es ética, ni justa, no nos tienen en cuenta y nadie se pone en nuestro lugar", aunque esto, subraya Alonso, "es la tónica general en la zona rural".

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