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De lo nuestro | Historias heterodoxas

El médico a palos

El caso de la agresión de Silvino Morán al teniente Fernández Jardón en Mieres

El médico a palos

El médico a palos

Así se traduce siempre al castellano una comedia que Molière estrenó en 1666, en la que un hombre se ve forzado a ejercer esa profesión para evitar que dos criados engañados por su mujer, que quiere vengarse de un agravio anterior, lo maten de una paliza. La historia de hoy tiene el mismo título que esta farsa, aunque su argumento es muy distinto, pero -como verán- me viene al pelo para resumir un curioso incidente del que fue protagonista el famoso comandante republicano Silvino Morán durante nuestra guerra civil.

La escritora Silvia Carrandi, me dio el otro día los informes sobre este hecho, que rescató de los archivos cuando recopilaba datos para su segundo libro, ambientado en el concejo de Aller durante la primera mitad del siglo XX. Me refiero a "Las flores del frío", una novela en la que se mezclan ficción y realidad con un marco de acontecimientos reales que la autora se ha preocupado de documentar hasta el detalle, lo que sumado al interés del argumento y la propia calidad de la narración hacen sumamente recomendable su lectura.

Como seguramente saben, Silvino Morán fue uno de esos hombres a los que la guerra civil convirtió en leyenda, no solo por su dilatado historial de combate al mando de unos hombres que siguieron luchando después de que sus jefes políticos hubiesen abandonado Asturias, sino también por su muerte en la noche del 25 de noviembre de 1937, que ya les conté en otra ocasión, cuando fue traicionado y abatido junto a otros compañeros en una cabaña del puerto de El Rasón. Héroe para unos y personaje sanguinario para otros, el comandante está pendiente de un trabajo serio que ponga en claro episodios como su papel en la matanza del Fielato de Riofrío, de la que aún se discute si fue o no ordenada por él.

Hoy no quiero profundizar en estos hechos y solo pretendo contarles un suceso curioso, pero que tiene el valor añadido de romper con la idea generalizada de que las tropas republicanas fueron indisciplinadas y sus jefes actuaron por libre, sin que ninguna justicia controlase sus actos.

Tengo delante el sumario nº174 del Tribunal Popular Especial de Guerra del Ejército del Norte, sito en Gijón, con la causa abierta el 7 de junio de 1937 contra el comandante del Batallón de Infantería nº 241 Silvino Morán Fueyo por abuso de autoridad, en el que actuaron como juez instructor el comandante Marcelino Ramos de Vena y como secretario el capitán Filiberto Díaz Flórez a partir de los informes elaborados por el Sector de Mieres del Ejército de Operaciones de Asturias.

Se trata de una acusación por haber agredido al teniente médico Gonzalo Fernández Jardón, el cual se presentó en Gijón el 18 de mayo de 1937 ante el capitán asesor-jurídico de Sanidad Militar para denunciar estos hechos, adjuntando un informe con un reconocimiento médico realizado aquel mismo día en el que se le apreciaba "una herida contusa en el parietal derecho en la parte media y otra en la región occipito-parietal derecha" producidas posiblemente con un mismo cuerpo contundente y de pronóstico reservado.

En la comparecencia, el teniente Fernández Jardón expuso extensamente lo sucedido, que les resumo a continuación.

Según su versión, él había recibido órdenes verbales del capitán médico jefe de la Sanidad Militar del Sector de Mieres para establecer el puesto de socorro del Batallón nº 241 en las oficinas de las minas de talco de Isoba en el caso de que se existiese combate, como había sucedido, pero el comandante Silvino Morán le ordenó de malas formas, e incluso esgrimiendo una pistola ametralladora, trasladarse junto con un practicante hasta una casa abandonada y completamente expuesta al enemigo, que se había situado en dos lomas muy cercanas a la misma, mientras dejaba a otros dos practicantes a retaguardia.

El teniente cumplió la orden, pero al ver que no cesaba el fuego sobre la casa, la abandonó al amanecer retornando a las oficinas de las minas donde se encontró con el comandante, quien lo golpeó con un palo en la cabeza y exhibió otra vez su pistola para mandarle a volver a la casa abandonada, al mismo tiempo que le gritaba frases como "me cago en tu puta madre" y otras del mismo jaez.

Fernández Jardón no tuvo más remedio que obedecer y de nuevo en aquel puesto fue vigilado por una guardia a la que Morán dio orden de disparar si se movía, asegurándoles que "como era un fascista no tendrían ninguna responsabilidad".

Allí estuvo hasta que el enemigo fue desalojado de las lomas y se presentó en la casa abandonada el médico del Batallón de Infantería nº 267, a quien contó lo que sucedía para que se lo transmitiese al comandante Castillo, quien era el jefe de Sector. Así lo hizo, y este acudió hasta la casa para permitir al teniente que bajase hasta Mieres, pero casualmente también llegó en aquel momento el capitán médico García Moreno, que quiso acompañarlo a Gijón para que presentase denuncia.

El teniente Fernández Jardón añadió en su comparecencia una explicación para la actitud de Silvino Morán, diciendo que se debía a la denuncia por amenazas e insubordinación que él había presentado contra Julio Gutiérrez, un picador de mina y amigo del comandante, habilitado como practicante en su Batallón.

En la documentación del día 18 figura también el testimonio del capitán médico Ángel García Moreno, quien confirmó que el agredido había recibido la orden de sus superiores para establecer el puesto de socorro en las oficinas de las minas de talco, y aseguró que siempre había cumplido fielmente su deber ocupando los sitios que se le señalaban. Finalmente, vistas las primeras diligencias, el jefe de Sanidad Militar ordenó enviarlas al jefe de operaciones del Tercer Cuerpo de Ejército, el cual al día siguiente las mandó pasar al auditor de Guerra para que dictaminase.

Entonces, dada la graduación de los implicados se nombró como instructor al juez Ramos de Vena, y ya el 30 de julio el teniente Jardón se personó ante él para ratificarse en lo dicho añadiendo que habían sido testigos de los hechos un chofer de ambulancia y el delegado político del Batallón, cuyos nombres no recordaba, pero que pronto fueron identificados respectivamente como Bernardino Menéndez Fernández y Ricardo Fernández Hevia, y llamados a declarar.

El chofer aportó el 3 de agosto pocas novedades, confirmó la agresión, dijo que efectivamente había cesado gracias a la mediación del comisario político y explicó los hechos porque Silvino Morán había visto al teniente impedir a un practicante dirigirse a la casa abandonada. Por su parte el comisario político declaró el 12 de agosto que en el momento de los hechos la casa abandonada no estaba batida por el enemigo y que él ya había advertido a Jardón de que podía incurrir en una gran responsabilidad si decidía marcharse de ella.

Por fin el 18 de agosto fue llamado ante el juez Silvino Morán, quien no negó ser el autor de aquel estacazo y aclaró que cuando el teniente Jardón fue destinado a su batallón, el capitán medico Sanz de Frutos le dio aviso para que lo vigilara porque tenía fama de fascista, y efectivamente, con anterioridad a la agresión ya le había tenido que llamar la atención por la cantidad de bajas que daba; por último citó la conveniencia de que informase también el practicante Julio Gutiérrez Reguero porque conocía bien lo que había pasado.

Así se hizo, y esta es la última declaración que figura en el expediente, porque a todo esto la guerra en Asturias se acercaba su final, y aquel mes de mayo de 1937 fue especialmente duro para el Batallón de Infantería Nº 241, de manera que a principios de junio, cuando se abrió la causa contra Silvino Morán, su tropa ya contaba 87 muertos y se preparaba para los durísimos enfrentamientos que se registraron el mismo verano en el puerto de San Isidro, y en el otoño en Peñas Blancas, donde las bajas afectaron a la mitad de los hombres.

De cualquier forma, es interesante conocer que el practicante, como era de esperar, se posicionó claramente del lado de Silvino Morán y afirmó que los hechos tuvieron lugar a las cinco o las seis de la mañana cuando el teniente Jardón estaba embriagado porque se había pasado la noche tomando coñac en la casa abandonada.

Y ya no sabemos más, aunque suponemos que el desarrollo de los acontecimientos hizo imposible cerrar esta causa, que no fue más que una anécdota en medio del drama que se estaba viviendo en Asturias y un pequeño incordio para Silvino Morán, quien estaba a punto de pasar a la historia regional por otras acciones menos prosaicas.

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