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Ernesto Burgos

de lo nuestro Historias Heterodoxas

Ernesto Burgos

Historiador

Así entramos en la Edad Contemporánea

La muerte del caudillo carlista José Faes y la llegada del ferrocarril a Pola de Lena, dos hechos ocurridos en 1874 que confirman el cambio de era

Para que podamos comprender mejor los acontecimientos destacados y la evolución de la Humanidad necesitamos situarlos en el tiempo y en un contexto determinado, por eso tradicionalmente hemos dividido la historia en cinco periodos: Prehistoria, Edad Antigua, Edad Media, Edad Moderna y Edad Contemporánea. En eso la mayor parte de los estudiosos están de acuerdo, pero sin embargo a la hora de resaltar los hechos que separan unas edades de otras se pueden apreciar diferencias en las que la ideología de cada uno tiene mucho que ver.

Lo de la religión es otra cosa. En Occidente se acepta con normalidad el año en el que supuestamente nació Cristo para marcar un antes y un después, independientemente de que el historiador sea cristiano o no, y lo mismo pasa por ejemplo en el mundo musulmán con la Hégira, como se llama a la emigración del Profeta y de sus seguidores desde la Meca hacia la población de Medina, en septiembre de nuestro año 622.

Lógicamente tampoco Europa, Asia, América, Oceanía o África coinciden en dar importancia a los mismos hechos. A los angoleños o los tailandeses del siglo V seguramente les tuvo sin cuidado la caída del Imperio romano, como a nuestros antepasados españoles no les influyó para nada el inicio en el año 1390 del reino del Congo o el establecimiento de la dinastía Joseon en 1388 en Corea, y mucho menos a algunas tribus de la Amazonia que aún viven en el neolítico.

Así que por ir acortando territorio diremos que en Occidente la Prehistoria dio paso a la Edad Antigua cuando nació la escritura, que en este caso sí apareció a la vez en diferentes partes del mundo hace unos 6.000 años. Y la Edad Antigua empezó a ser Edad Media con las invasiones germánicas que hicieron caer al Imperio romano de Occidente en el 476, aunque la Enciclopedia que mi generación tuvo que estudiar en la España franquista prefería el año 409, que fue cuando los bárbaros entraron en la Península por los Pirineos.

Con la Edad Moderna ya hay más dudas: unos sitúan su inicio en 1453 con la caída de Constantinopla, otros en el terremoto de Lisboa de 1531 o cuando llegaron los españoles a América en 1492 y de nuevo nuestra Enciclopedia daba la patriótica fecha de la unión de los reinos de Castilla y Aragón en 1479.

Y lo mismo con la Edad Contemporánea. Lo más aceptado es fechar su inicio en 1789 con la revolución francesa (aunque los historiadores franquistas prefieren recordar 1808 con el alzamiento español precisamente contra la invasión de aquellos revolucionarios franceses), pero hay quien la retrasa hasta la I Guerra Mundial en 1914 o incluso la revolución rusa en 1917. Después la discrepancia es total y se habla de posmodernidad, Edad informática, atómica, global, o lo que se le pueda ir ocurriendo a cualquier profesor que tenga la ambición de dejar huella.

Modestamente, yo también quiero poner mi grano de arena en esta cuestión, pero como supondrán limitándome al pequeño ámbito territorial que mejor conozco, que es el de nuestra Montaña Central. Y es que me he encontrado con una "Gaceta de Madrid" fechada el 30 de julio de 1874 que recoge en la misma página dos breves noticias que pueden representar para nosotros el fin de una época y la entrada en la Edad Contemporánea: respectivamente la muerte del caudillo carlista José Faes y la llegada del ferrocarril hasta Pola de Lena. Vean esta curiosidad:

"En un encuentro que ha tenido la columna que opera entre Ujo y Santullano (Oviedo) con la partida que comandaba Faes ha resultado muerto este cabecilla y otros dos carlistas más, dispersándose la expresada facción después de dos horas y media de fuego, sin que por nuestra parte hubiera más que un soldado muerto y un oficial herido" y en otra columna: "El día 23 del corriente ha quedado abierta a la explotación en el ferrocarril de Asturias la sección de Pola de Lena a Gijón. Los túneles, viaductos, puentes y demás obras difíciles y costosas que hubo que construir en el referido trayecto están terminadas; siendo de alabar la actividad y buen deseo de la Compañía de los Ferrocarriles del Noroeste, que procura terminar de una manera satisfactoria las obras que tiene a su cargo a pesar de los grandes obstáculos que necesita vencer en las actuales circunstancias. Para trasladarse desde Madrid a los puertos de Asturias se ha reducido el trayecto de diligencias a tres horas solamente".

No sé lo que quiso decir el informador de la Gaceta con la última frase de esta noticia, aunque seguramente se trató de una mala redacción o de la interpretación errónea de un telegrama, pero eso es lo de menos. La estación de Pola de Lena fue abierta al tráfico el 23 de julio de 1874 por la Compañía de los Ferrocarriles de Asturias, Galicia y León que había continuado los trabajos del Ferrocarril del Noroeste y supuso un nuevo horizonte para toda la Cuenca del Caudal que quedó comunicada cómodamente de esta manera con Oviedo y Gijón.

Más tarde la línea se iba a prolongar por el Puerto de Pajares en una obra cuya magnitud nos sigue sorprendiendo en pleno siglo XXI, pero para darnos una idea de lo que supuso todo esto para el simple viajero baste recordar que ya en 1904 aún eran muchos los concejos asturianos, entre ellos Riosa, Morcín y Sobrescobio, cuya villa cabecera no disponía de parada de diligencia, de coches de caballos ni por supuesto de otro sistema de transporte más moderno.

Por otro lado, José Faes, nacido en 1848, fue uno de los dirigentes asturianos más destacados en la Tercera Guerra Carlista mandando hasta el momento de su fallecimiento las partidas levantadas en Aller, Mieres, Lena y Quirós con las que llegó hasta los concejos del oriente ocupando Llanes y pasó a la zona norte de León. Con su muerte en combate frente a las tropas del liberal Timoteo Sánchez cerca de Villarejo la causa de los pretendientes tradicionalistas que representaban el pensamiento contrario a cualquier tipo de progreso sufrió un golpe del que ya no se pudo recuperar.

Con independencia de su ideología, Faes reunió en su figura todos los rasgos de un romanticismo que ya estaba trasnochado incluso en su época. Era apuesto, valiente y generoso y así fue reconocido incluso por sus enemigos. En el periódico carlista "El Pensamiento español" leemos un resumen de sus acciones en la primavera de 1872, cuando se combatía contra Amadeo I, donde podemos ver como se alimentó este mito que en la Montaña Central fue recordado durante varias generaciones.

El redactor calificó a José Faes de valiente allerano y famoso cazador de osos relacionando varios combates en los que causó algunas bajas a la Guardia Civil en Cabañaquinta, El Raigoso y Nava, señalando que en este último cuartel donde se hallaban 12 guardias, tras intimarles a que entregasen las armas estos contestaron con una descarga. Según "El Pensamiento español" los periódicos del Gobierno ocultaban la verdad sobre este hecho pues José Faes y su segundo "El mallorquín" habían hecho fuego, cayendo un carlista en el tiroteo y resultando un guardia muerto y otro herido grave. Pero Faes, después de haber triunfado, regaló 300 reales a la viuda del enemigo fallecido y 140 al herido.

Sabemos que las guerras carlistas, como todas las civiles, se caracterizaron por la crueldad y el ensañamiento de ambos bandos, por lo que de ser cierta esta historia convertiría al personaje en excepcional por su generosidad y su empatía con los contrarios.

Pero Faes acabó cayendo y todo indica que antes de su final ya pudo ver como el mundo estaba cambiando ante sus ojos. En Langreo la Sociedad Regular Colectiva "Duro y Compañía" estaba en pleno funcionamiento desde que el 6 de Enero de 1860 había salido la primera colada del horno "Nuestra Señora del Pilar" y a los obreros metalúrgicos no les importaba nada que el rey se llamase Carlos, Isabel o Amadeo. Y en Mieres todo estaba ultimado para que en 1879 echase a andar la Fábrica de Numa Guilhou, francés y protestante, dos adjetivos que bien podía llevar el demonio de los carlistas.

Atrás quedaban los tiempos en que los recelosos aldeanos instruidos por algunos párrocos temían hablar con algún judío y negaban la palabra a los ingenieros ingleses que recorrían estas montañas buscando yacimientos minerales. El humo que acabó con el mundo de José Faes no fue el del Infierno sino el de las máquinas de vapor y con la primera máquina que resopló en la estación de Pola de Lena esta tierra se hizo contemporánea.

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