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Poe, literatura filosófica del alma

Vuelta a un clásico, en homenaje a J. J. Plans, cuando se cumplen tres años de su viaje definitivo

Edgar Allan Poe.

Edgar Allan Poe.

Edgar Allan Poe (1809-1849) tuvo una existencia tempestuosa y adversa, huérfano, después hijo adoptivo pero que mantiene una relación endiablada con su "padre", joven militar indisciplinado y, por fin, periodista, siempre malviviendo porque aunque famoso nunca bien pagado. Fue, en medio de recaídas en el alcohol y el opio y en el desempleo y la estrechez económica, indomable y valeroso. Y mantuvo como inclinación constante en su personalidad una fuerte dependencia de "la mujer", un impulso romántico hacia el bello sexo, es verdad, pero también una necesidad de la mujer maternal y de la siempre niña.

Mary Devereaux, uno de los amores de Poe, nos dejó su perfil físico: "de unos cinco pies y ocho pulgadas de estatura, cabello oscuro peinado hacia atrás como los estudiantes, ojos grandes, luminosos, grises y penetrantes. Los rasgos muy finos, la boca expresivamente hermosa y la piel bellamente olivácea. Caminaba rápidamente y lo más encantador eran sus modales. Miraba de manera triste y melancólica. Cuando miraba a alguien parecía capaz de leer sus pensamientos. No seguía la moda, sino que tenía su propio estilo". Sarah Elmira Royster, otra novia de juventud, lo retrata en pocos trazos: "Era entusiasta e impulsivo, y no soportaba la menor grosería verbal". Cuando cuenta treinta y seis años, disfruta un periodo de fama y se le ve recitando su poema El cuervo -que empezaba a ser considerado paradigma del romanticismo norteamericano- y entonces "Las damas, sobre todo, estaban fascinadas oyéndole hablar" -dice Cortázar-. Rufus Wilmot Griswold, que acabará siendo su editor, nos cuenta que "Su conversación alcanzaba a veces una elocuencia casi sobrenatural? Las imágenes que empleaba procedían de mundos que un mortal solo puede ver con la visión del genio? todo ello hasta que él mismo disolvía el embrujo y traía otra vez a sus oyentes a la existencia más baja y común mediante fantasías vulgares o exhibiciones de las pasiones más innobles".

Pero Poe no va a ser recordado por ninguna de sus hazañas biográficas o por su posible encanto personal, sino por lo que aporta a la literatura y porque cientos de miles de lectores, sin necesidad de filiaciones románticas o góticas, siguen leyendo su poesía y sobre todo sus cuentos. Bien es verdad que muchas de sus experiencias vitales asoman sin cesar en su narrativa, sobremanera aquella sensibilidad excepcional de que estaba dotado.

Muchos autores (Baudelaire, Conan-Doyle, Wilde, Borges, J. J. Plans?) recorrerán inspirándose en él sus mismos motivos temáticos, que en el bostoniano nacen muy entreverados, pero que pueden distinguirse en parte, como lo detectivesco (Los crímenes de la calle Morgue, La carta robada, El escarabajo de oro) o lo aventurero (Manuscrito hallado en una botella, Un descenso al Maëlstrom) o de ambientación histórica (Metzengerstein, El pozo y el péndulo), el relato de intriga (La caja oblonga, El tonel de amontillado), las historias de terror (La máscara de la Muerte Roja, El gato negro) o los cuentos asomados a lo sobrenatural (Un cuento de las montañas escabrosas, Sombra) y a lo metafísico (Revelación mesmérica, El coloquio de Monos y Una).

Aunque muchos críticos se esfuerzan por clasificar su narrativa de diferentes maneras, ha de concederse que las líneas temáticas se hallan muy entretejidas, si bien, es verdad, se dan características reiteradas, algunas de ellas en todos sus cuentos, muchas en alto grado, como la perpetua introspección psicológica que tiende a alcanzar las fronteras más inquietantes o subconscientes, al leer, por ejemplo, Morella o Ligeia. Tampoco puede olvidarse que sus narraciones crean nuevos modelos de contar: suele citarse a menudo que la pesquisa analítica de su personaje A. Dupin será seguida después por Sherlock Holmes, o el modo característico, ¡a qué lector no le llama la atención!, de creación de un clima previo que introduce al relato con naturalidad, o ciertos paradigmas creados, como en La carta robada, convertida en un referente para el psicoanálisis y para Lacan, y también para Derrida y Zizeck, entre otros.

Poe tiene, según nuestro análisis, sobrados méritos para seguir perviviendo, al lado de tantos creadores a quienes leer con fruición, pero hay un elemento por el cual se vuelve un autor de consulta obligada. Los poetas y literatos deben ocuparse, de un modo u otro, por profesión, del alma humana. Este parece ser el objetivo primero y último de Edgar, y lo consigue de manera difícil de igualar, porque las líneas fronterizas entre el alma y el cuerpo se superponen y se entreveran, se distinguen en ocasiones con nitidez y otras veces llegan a transmutarse una en otro. Para ello se asoma a los sueños, a la línea de la muerte y a la que está en el más allá, y se dirige tras el límite de la consciencia y el borde de lo racional a todos esos motivos que nos sitúan en algún abismo, a través de pulsaciones de miedo, horror, vértigo, náusea, delirio, desesperanza, autodestrucción interminable y opresora, y monstruosas escenas de terror en universos de incertidumbre agónica o sufrimientos inaguantables procedentes de la propia agudeza de nuestros mismos sentidos, a veces corpóreos a veces espirituales, parece ser lo mismo.

Esta es su principal magia, la gran capacidad que tiene de poner al descubierto regiones del alma que acostumbran a estar dormidas o desconocidas o prohibidas. Y como se vuelve palpable una especie de lógica de los afectos y una geografía de lo corpóreo y lo anímico, como si fueran el mar y la tierra, con sus embates mutuos, nos parece a menudo encontrarnos ante una literatura filosófica del alma. No en vano vemos mentar aquí y allá a Platón o a Fichte, o a Newton y a Laplace, y a tantos otros, mientras teje su relato, unas veces apelando al principio de un racionalismo científico, y entonces sus herramientas son el análisis, la inferencia lógica, la evidencia empírica y las nuevas leyes de la cosmología y de la química, pero otras muchas recurriendo también -y lo hace de forma contrastada y consciente de entrar en la vertiente sobrenatural- a esas neociencias (ahora ya pseudociencias), propias del siglo XIX, como el mesmerismo, la metempsicosis, el espiritismo o la frenología.

Allan Poe es un atento lector no solo de literatura, allí sitúa a Byron como modelo, sino también de ciencia y de filosofía. De hecho, a menudo se ve cómo va tanteando las diversas ontologías de su tiempo y cómo se va dotando de una teoría estética, y de ahí que escriba Filosofía de la composición (1846), donde propone como objetivo primordial la determinación de la respuesta emocional del lector, y el tema, el ambiente, los personajes y el argumento no serían sino medios para ese fin. Bien entendido que no se trata de moralizar, pues el didactismo es una herejía poética, pero sí se trata de conocerse a sí mismo o de descubrir partes que permanecían ignotas. Por eso toda su literatura está tensada por la sugestión e inclinada a la autosugestión, comprometida por completo a asomarse por ese agujero del cuerpo que llamamos alma y que solo en su superficie reconocemos.

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