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Pensamiento

El escriba sagrado

Mariano Arias encara resueltamente la cuestión de qué es la escritura, de inmensa dificultad interdisciplinar

Estatuilla de un escriba egipcio.

Estatuilla de un escriba egipcio.

La génesis de lo que hoy entendemos por civilización habría que ir a buscarla en los orígenes de la escritura. Y estos, fundamentalmente, en los valles de grandes ríos como el Tigris-Éufrates, Nilo, Indo, Ganges y Amarillo.

¿Pero cuáles fueron los resortes y las fuentes de donde surgieron las virtualidades que hoy contiene la escritura?

La respuesta viene apuntada desde la prehistoria, la historia, la arqueología, la etnología -y su estudio de las sociedades ágrafas y civilizadas- y desde las aportaciones de los estudios lingüísticos, psicológicos, psicoanalíticos y fenomenológicos, a través de trabajos muy especializados, como los arqueológicos de Denise Schmand-Besserat (las bullae comerciales van a evolucionar hacia la escritura) y otros de disciplinas diferentes centrados todos en explicar lo específico de la escritura, así Louis-Jean Calvet (lengua y escritura tienen orígenes distintos: gestual y pictórico) o Lévi-Strauss, Sartre, Lacan, Barthes, Derrida, Jack Goody, Ian Watt, Bloomfield, en una larga nómina.

Como tantas veces, el problema reside en que se da un abanico muy heteróclito de respuestas y, por eso, Mariano Arias, procede a una investigación que, basándose en todos estos estudios parciales, pueda reconstruir una respuesta crítica arquitectónica. Para ello necesita un instrumental filosófico útil que dé coherencia a ese aluvión teórico y lo encuentra, fundamentalmente, en la teoría del espacio antropológico y en la teoría de la religión de Gustavo Bueno. En esto, nada más y nada menos, consiste El escriba sagrado.

Remontándonos al paleolítico del arte rupestre (35.000 a.C.) y al neolítico de la proliferación de técnicas y del crecimiento exponencial de la producción (8.000 a.C.) hasta la consolidación de las ciudades (3.000 a.C.), las culturas prehistóricas primero fueron capaces de crear imágenes pintadas, después signos y finalmente inventaron las letras. Estas tres creaciones simbólicas comparten un mismo núcleo originario: significantes que buscan significados. Pero solo será en el curso de la evolución de las distintas escrituras -pictográfica, jeroglífica, cuneiforme, ideográfica, alfabética- cuando cohesione un lenguaje escrito capaz de estrechar lazos estrechos con el lenguaje oral. Al final de ese proceso, hacia el 800 a.C., el alfabeto con vocales de los griegos, que fue tomado del alfabeto consonántico de los fenicios, conformará un cauce idóneo para que la civilización científico-filosófica helena vaya tomando cuerpo.

La escritura como serie sistemática de signos gráficos se fue consolidando trascendiendo lo estrictamente pictórico y en distinto plano al de la oralidad, inserta en un largo proceso secular. A partir de la producción económica neolítica y de las fichas contables para el comercio, los signos aparecieron como cifras y como sellos que reglamentan transacciones y finalmente representando otras realidades más abstractas.

En el flujo de culturas orales, antes de aparecer la escritura "literaria" -cuando el mito era producción oral-, lo pictórico, el habla y las inscripciones decorativas de objetos -fetiches o no- confluyeron hacia algo nuevo: la escritura. Las fases a través de las cuales fue madurando la escritura corrieron paralelas a las necesidades políticas, relacionadas con el tesoro público, con la moral mítico-mágico-religiosa y con la legislación. La escritura no fue algo que un "hombre" ya dado hubiera sido capaz de extraer de su psique. Más bien habría que decirlo al revés: con el progreso de la escritura, y al calor de instituciones paralelas, se fue constituyendo el hombre civilizado, trascendiendo los potenciales de la oralidad y fraguando una cultura cada vez más abstracta, la de los libros, cuya perdurabilidad se presenta más potente que la de los templos o los palacios. Con la escritura, el hombre viaja ya no solo hacia el pasado (como con los mitos) sino hacia el futuro, al tender un puente estable y muy duradero, ampliando además la potencia del lenguaje hablado.

Antes de que escribir fuera una técnica social abierta y fácilmente practicable, su desarrollo y solidificación dependió de una casta política y religiosa: los escribas. En el oficio del escriba sagrado confluyen y se materializan dos líneas históricas que venían trenzándose de maneras muy complejas: por una parte, la evolución secular de la escritura en lo que tiene de técnicas precisas y, de otra, la evolución misma de las propias religiones (numinosas, politeístas, monoteístas), que no podrán ser explicadas si no es a la luz del nivel de escritura o agrafía correspondiente. En el cruce entre la técnica escritural y la religión, Mariano Arias se centra con detalle -y esta es una de las principales aportaciones- en aclarar cómo YHWH (las cuatro letras impronunciables, que dan lugar a Yahwhé) tuvo un significado polisémico y en variación histórica, entre el siglo XXX a.C., donde se registran los primeros escritos religiosos, Abraham (en el siglo XVII a.C.), cuyo Dios aún no es plenamente monoteísta, Moisés (siglo XIII a.C.), a quien puede atribuirse ya un judaísmo monoteísta, y la tradición posterior judaica y cristiana, desde donde se reconstruirá retrospectivamente una unicidad de sentido del nombre de Dios que escrituralmente había sido inexistente.

El escriba sagrado de M. Arias tiene dos niveles de construcción, uno filosófico fundamental y otro, también decisivo, procedente de cierta sensibilidad artística que derrocha, como podrá comprobar quien lea este libro. No en vano estamos ante el finalista del premio Nadal de novela (1991) y el ganador del "Juan Rulfo" de relatos (1992). La obra, además de sus tesis fuertes que aquí no tenemos espacio para abordar debidamente, contiene algunos méritos indiscutibles: el cruce de tesis extraídas de ciencias diversas, el abarcar una amplia cronología dentro de un anclaje teórico esclarecedor y el dejar perfilada una nueva idea, la de la Escritura como una resultante de relaciones diaméricas ("todos" que se cruzan entre sí no en su totalidad sino a través de sus partes), que afecta a la misma idea de hombre y, a un mismo tiempo, es una parte determinante del proceso evolutivo religioso.

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