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Pensamiento

Filosofar en la superficie

Jesús Zamora Bonilla pasa revista crítica a los principales temas de la filosofía en Sacando consecuencias, un breve ensayo

El autor presenta su libro no como un tratado sistemático sino como un simple manifiesto, sin embargo, aunque sea a vuelo de pájaro abarca el conjunto de los problemas clásicos que competen históricamente a la filosofía: el ser, el conocer, el hombre y la sociedad... Y aunque se esfuerza en ser "superficial", en múltiples momentos alcanza análisis que cualquiera llamaría profundos. Jesús Zamora Bonilla desconfía de la añagaza de lo profundo, porque lo más profundo siempre está ya en la superficie, y si la metafísica ha de ser algo serio solo la encontraremos en lo estrictamente físico.

El libro tiene interés para cualquier lector culto, para aquel que disponga ya previamente de una determinada filosofía, porque le obligará a poner a prueba sus convicciones asentadas. También para los que aspiren a ese estatus cultural, que le pertrechen de una serie de criterios que validen el materialismo y el ateísmo y que envuelvan todo ello en la defensa del saber científico como único referente con un margen razonable de credibilidad. Aun así, el conjunto de argumentos están adobados de una buena carga de escepticismo y de relativismo, pero sin renunciar a unas parcelas de conocimientos y de realidades, que serían los islotes seguros, de momento, en la intemperie de un mundo océano inabarcable.

Salvo algunas páginas que pecarían de explicaciones cansinas porque comentarían lo obvio o lo farragoso, especialmente las dedicadas a solventar qué pueda ser eso de la "verdad", el conjunto de seis capítulos se lee fluida y entretenidamente, lo que es ya mucho para un libro de filosofía que no renuncia del todo a los datos técnicos o algo elaborados. Sin duda, Zamora Bonilla posee un buen estilo literario, tanto que se atreve a correr riesgos y mezcla el ensayo razonador con la ficción poética: todos los capítulos arrancan con un relato autónomo, casi como de entretenimiento, pero que está realmente enmarcando alegóricamente la problemática a tratar. Este arte para moverse en dos registros escriturales enfrentados ya lo ha llevado a cabo con éxito en La caverna de Platón y los cuarenta ladrones (2011). La mezcla de géneros literarios acaba encajando bien en las manos de nuestro doctor en filosofía y en ciencias económicas y, por ello, quien le descubre puede sentirse tentado a leer Regalo de Reyes (2013), que es la novela que el catedrático de Filosofía de la Ciencia lleva escrita por el momento.

Sacando consecuencias está atravesada de dos ideas estructurales con las que se va tejiendo el conjunto de problemas dispersos, de modo que, aunque en principio se renuncia a forjar un sistema de pensamiento, se termina por elaborar una serie de tesis que mantienen entre sí una coherencia interna, una especie de sistema escéptico, algo diletante pero bien argumentado. Primero, el ser humano no es más que un primate extraordinariamente complejo y nada se puede establecer sobre él que no pase por su realidad físico-química. El autor defiende descaradamente este reduccionismo ontológico, aunque no por ello un reduccionismo epistemológico. Segundo, y de ahí el título de la obra, toda la realidad queda organizada por las relaciones de inferencia o, si se quiere, conocer la realidad equivale a seguir el ritmo de sus consecuencias. De este modo, los seres inertes sufren consecuencias (un modo de definir la legalidad a la que está sometida la naturaleza), mientras que los seres vivos, además, "sacan" consecuencias (cualquier vegetal o animal lo hace), y, entre ellos, los humanos se mueven en campos inferenciales (o consecuencialistas) propios que habitualmente llamamos cultura, constituido por el mundo simbólico y por instituciones. Y lo importante en este planteamiento es que, bajo este enfoque, lo más abstracto, lo más "espiritual", lo más metafísico, como los conceptos de deber moral o de derechos humanos, han de ser explicados desde la base físico-química en que todo lo vivo se halla anclado, sin por ello renunciar a las categorías psicológicas, sociológicas o históricas, todo lo contrario, pero eso sí, sin descoyuntar estos esfuerzos comprensivos de las ciencias humanas de la base donde se asientan, que son las ciencias de la naturaleza.

Si coincidiera en un vuelo de avión, suficientemente largo, en el asiento de al lado de Zamora Bonilla, seguro que le interrogaría críticamente sobre algunas consecuencias que se extraen de sus tesis: 1) ¿Por qué detenerse en las propiedades físico-químicas y no llegar hasta el final, hasta las propiedades cuánticas de las que estamos hechos? (es verdad que tiene en cuenta el nivel cuántico pero no lo utiliza de hecho como base de lo humano). 2) ¿Por qué la cultura humana queda ubicada en su escala racional lingüística y no, por ejemplo, también en el inconsciente fenomenológico, en las síntesis pasivas que lleva a cabo el cuerpo sin que quepa reducirlo a los cambios bioquímicos? 3) ¿Es posible mantener una postura coherente, y cuál, si se defiende que la reflexión filosófica consiste solo en poner al descubierto qué es lo que pensamos cuando pensamos (pero sin pretender estar al mando de nuestros pensamientos y, menos aún, sin pretender "cambiar el mundo") mientras que, a un tiempo, se define al ser humano como un sujeto esencialmente responsable? ¿Estamos, acaso, ante un animal que ha evolucionado para volverse consciente de que es un animal responsable pero que en el fondo se trataría de una ficción, pura quimera que solo descubre si llega a informarse lo suficiente? ¿Una especie de inteligencia paradójica? Cuando menos, la filosofía escéptica de Zamora Bonilla está teñida de coherencia, hasta donde llega, y, a partir de ahí, de ambigüedad. Su lectura, en todo caso, es saludable.

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