Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Blaise Pascal, de la razón geométrica a la razón del corazón

En el libro que recoge sus escritos espirituales descubrimos al matemático, físico y filósofo francés en su vertiente religiosa

A Blaise Pascal (1623-1662) se le identifica por su obra más leída, los Pensamientos, y por la máxima que establece una distinción que acostumbra a dar mucho juego, aquella que anuncia que "El corazón tiene razones que la razón no conoce". También le identifica el estudiante de ciencias físicas cuando toca aprender que la fuerza sobre una superficie se mide en pascales, unidad internacional de presión. Y el estudiante de matemáticas al encontrarse con, por ejemplo, el triángulo de Pascal. Un erudito le localizará a buen seguro en sus relaciones con Torricelli (1608-1647), Fermat (1607-1665) o Descartes (1596-1650).

Sin embargo, si atendemos a su biografía y le preguntáramos a él mismo cuál fue su empresa más importante, nos respondería sin parpadear que todo aquello que escribió y vivió desde sus creencias religiosas. Lo vemos muy claramente en estos Escritos espirituales que hoy comentamos. No es extraño, entonces, que otra de sus aportaciones más citadas sea la famosa "apuesta" ("le pari"). Con ella consagró una nueva argumentación sobre la demostración de la existencia de Dios, al lado de las clásicas tomistas o anselmianas. La "apuesta" puede que le haya venido sugerida por el apostar tirando los dados, pues fue otra de sus ocupaciones matemáticas, el cálculo probabilístico de los juegos de azar. El caso es que este argumento aunque hunde sus raíces en la razón matemática que se basa en elegir cuál de las cuatro combinaciones es la más rentable: "Apuesto que Dios existe y acierto/ Apuesto que Dios existe y fallo/ Apuesto que Dios no existe y acierto/ Apuesto que Dios no existe y fallo", en realidad, curiosamente, el argumento solo se sostiene porque previamente, según la "razón del corazón", "es necesario apostar". Pero teniendo en cuenta al Dios verdadero, que no es el de los panteístas, ni el de los deístas librepensadores y menos aún el de los escépticos. Es el Dios de los cristianos (frente al de los paganos politeístas y el de las otras religiones monoteístas), pero no el luterano, ni calvinista, sino el católico de Roma. Y no uno cualquiera -de los jesuitas o de los dominicos, en sus disputas teológicas-, sino, en el siglo que le toca vivir, el que defienden los jansenistas, que a través de Jansenio, de Saint Cyran, de los hermanos Arnauld (Antoine y Angélica) y del movimiento renovador pedagógico y espiritual de Port Royal, vuelven al cristianismo más depurado y verdadero: el de los Evangelios interpretados por Pablo de Tarso y teologizados por Agustín de Hipona. Pascal, que había nacido muy bien dotado (si tenemos en cuenta que desde los 12 años el padre Mersenne le invita a participar en las reuniones de sabios en París, después de que jugando descubre él solo la proposición 32 de Euclides), se propone como tarea principal, por encima de sus dedicaciones científicas, el objetivo de profundizar hasta el límite en sus creencias religiosas.

El libro que Alicia Villar nos presenta -en esta selección de los escritos espirituales del filósofo francés- viene a desvelar su lado más subjetivo y humano, que en el caso de Pascal nos pone en contacto directo con las disputas teológicas de su tiempo y con los sistemas morales que pugnaban por imponerse. En el siglo XVII, el jansenismo que practicaba nuestro filósofo tendía a frenar la moral socialmente en alza de los jesuitas. Había que decidir si como querían estos nuevos modernos educadores, se necesitaba una nueva conciliación entre el poder espiritual y el temporal o si, como defendía Blaise, el mensaje cristiano tenía que radicalizarse y volver a sus planteamientos de fuerte confrontación con el mundo-demonio-carne, la postura de la educación alternativa rigorista de Port Royal. Nuestro reformador jansenista dejó clara su actitud en sus Cartas provinciales, contra la casuística de los seguidores de Ignacio de Loyola. El carácter burlesco de estas cartas bajo seudónimo, junto a su brillante estilo, sigue teniendo hoy valor literario, al margen de aquella polémica del rigorismo frente a la flexibilidad que, en el fondo, abrigaba un problema que sigue en la actualidad vigente: ¿es la naturaleza humana necesariamente débil y por tanto necesitada de ayuda trascendente o es más bien el abuso de toda dependencia, incluida la religiosa, la que alimenta su debilidad?

Para Pascal el ser humano no es viable, no puede salvarse, sin la gracia de Dios -que se concede no por méritos sino envuelta en un misterio que la razón no entiende-. Nunca se es digno de la gracia, aunque no se es incapaz de llegar a ser convertido en digno. Es preciso, por tanto, ponerle "fácil" a Dios el asunto de salvarnos y, así, he de renegar de la carne, pues la concupiscencia es la primera trampa en la que caemos en este mundo en la que se nos ha puesto a prueba. He de renegar también del orgullo y soberbia por el saber del que soy capaz, aunque no rechazar este saber. La razón no ha de chocar contra los principios de la religión, pues entonces esta sería absurda y ridícula. Pero lo sobrenatural excede a la razón y de ahí que el misterio sea necesario para la fe.

A pesar de la postura religiosa radical de Pascal, su pensamiento, entre la geometría y el instinto de salvación, trata de recorrer el espacio que hay entre lo comprensible y el sentimiento insondable de lo divino, y eso le lleva a matizarse sin descanso a sí mismo. De ahí que quiera preservarnos de dos errores, uno, tomar todo literalmente, y el otro, tomar todo racionalmente.

La humildad, reconocer la miseria humana y buscar la misericordia divina, con el instinto del corazón, ese es nuestro último salvavidas. Quienes crean en los mismos principios religiosos de Pascal, disfrutarán de este libro; quienes no, podrán asomarse a su siglo y ver en aquellas reflexiones teológicas lo que hoy serían, más bien, ejercicios entre la poesía mística y el autoconocimiento.

Compartir el artículo

stats