Rousseau o la duplicidad de la naturaleza humana

Juan Arnau, eminente orientalista, es capaz de llevarnos con su filosofía al universo del sánscrito y de traer, lúcido, aquella sensibilidad a Occidente

Ilustración de Pablo García.

Ilustración de Pablo García.

Silverio Sánchez Corredera

Juan Arnau es un escritor prolífico, en dos décadas ya reúne en torno a treinta títulos, una buena parte sobre budismo, hinduismo, literatura de los Vedas y en general cosmología, medicina y cultura india. Le debemos también diversas traducciones directamente del sánscrito al español. Recientemente nos ha dado esta obra que comentamos, "Rousseau o la hierba doncella": ¿un ensayo entre la literatura y la filosofía?, ¿una síntesis de momentos biográficos luminosos del ginebrino? o ¿un destilado de la personalidad de Rousseau para conseguir su esencia vegetal capaz de penetrar en la razón sensible?

Quien se forjó en la Universidad Hindú de Benarés no es la primera vez que vuelve la mirada hacia Occidente, ya lo había hecho con Spinoza, Berkeley y Leibniz, toda una importante trilogía que retoma filosóficamente desde la ficción: ¿tal vez porque Arnau se encuentra embarcado en la tarea de contrastar debidamente estas dos riberas del pensamiento, la de la mística oriental decidida a mostrar las ilusiones colectivas del pensamiento racional y la de la lógica occidental empeñada en lo contrario?

En 2005 es finalista del Premio Anagrama de Ensayo, con "Rendir el sentido. Filosofía y traducción" (2008). Se entrega aquí al problema de la traducción, una cuestión que ha preocupado modernamente a la filosofía –como vemos en Benjamin o en Wittgenstein–, por ese componente de intraducibilidad que muestran las lenguas entre sí. Pero se sumerge también en uno de sus temas favoritos, el sentido, aquello que es previo a la sintaxis y a la semántica, acostumbrado a indagar en la meditación hindú y en las laderas del deseo e interesado en los procesos cognitivos como la percepción, la memoria y la imaginación. Sobre esto, puede leerse de él, "Historia de la imaginación" (2020), que fue finalista del Premio Espasa de Ensayo 2019. También, en su faceta de divulgador de la filosofía, ha sido finalista del Premio Nacional de Ensayo 2015 con "Manual de filosofía portátil" (2014).

Vayamos a nuestro libro de ahora. ¿Por qué define a Rousseau, en el título, enigmáticamente a través de una planta, la "hierba doncella"? Cada lector tendrá que resolver ese porqué, no queda claro: seguramente porque contiene metafóricamente un sentido abierto, no cerrado conceptualmente. En la página 27 se nos da una pista, la exclamación de madame de Warens: "Mira la hierba doncella todavía en flor", pero el joven amante miope no puede apreciarla bien, y lo lamenta, aunque esa experiencia le señala un camino a seguir, su futura dedicación a la botánica, junto a la pasión por la música y al gusto –en su soledad buscada– de estar acompañado de protectora y sensible compañía femenina.

El título nos señala, parece, el talante con el que está escrito. No se trata del pensamiento de Rousseau expuesto sistemáticamente, tampoco se trata de una biografía perfectamente articulada. Vemos, sí, que se retoma una selección de ideas esenciales y advertimos que la trama de los trece capítulos se ha construido a golpes de biografía. Sin embargo, bien se ve que la clave está en aproximarnos a aquella alma, que no pensaba con los moldes ilustrados usuales y cuya racionalidad era un enigmático entreverado de sentimientos igualitarios e individualistas y de lógica vitalista liberal y romántica. Sentimentalidad visible en la pedagogía de "Emilio" o de "La nueva Eloísa", junto a la lógica histórica involutiva del "Discurso sobre la desigualdad entre los hombres", todo ello contorneado por la moral universalista futurista de su "Contrato social".

Pero no confundamos, porque Arnau no sigue la pista de estos o aquellos conceptos, sino para recuperar un retrato que apunte a la vez a las dos caras de Rousseau: Jano ilustrado. En definitiva, el perfil que pesa es el de sus reacciones emocionales y los caminos que abren. Y ahí se estaría tejiendo esa compleja personalidad de quien entrega al hospicio, según van naciendo, a sus cinco hijos –en teoría para salvarlos de una mala educación familiar– y, al mismo tiempo, es autor de páginas sublimes a favor de una infancia educada en la más perfecta libertad.

Personaje admirado tanto como despreciado: era diferente –procedía de una clase humilde y era invitado a los salones de la aristocracia ilustrada–, vestía diferente (casaca armenia, que rechinaba junto al refinamiento de Las luces), se comportaba diferente (prefería la vida misántropa del campo al bullicio cultural de París) y pensaba diferente: no creía que la civilización fuera el progreso, sino todo lo contrario. Le entendieron mucho mejor las mujeres que los hombres. ¿Tal vez por escribir "La nueva Eloísa", modelo ideal de las virtudes femeninas de entonces? Y, para colmo, a aquel temperamento contrariado le resultaba difícil conservar sus selectas amistades, como las de Diderot o Hume. Este, de carácter afable, le invita a su casa en la isla británica, pero el difícil temperamento del ginebrino acaba distanciándolos. Diderot le estima y le solicita para su Enciclopedia, pero también surgen roces extraños. Era aceptable, eso sí, que con Voltaire no hiciera buenas migas después de escribir que "Nadie ha puesto tanto espíritu en volvernos a la condición de animales", satirizando la genuina reivindicación de un regreso a la vida de la Naturaleza.

Con esta controvertida personalidad entre las manos, Arnau nos pinta un cuadro impresionista con colores vivos, y tan humanizado, que mezclados sus rasgos amables con sus contradicciones y limitaciones, y conjugado en una misma existencia tanto el cúmulo de sus defectos personales como todas sus genialidades literarias, resulta un conjunto que amenaza disgregarse pero que en extraña duplicidad queda compactado, y con él la trascendencia de su obra.

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Rousseau o la hierba doncella

Juan Arnau 

Alianza Editorial, 144 páginas, 11,50 euros