A rueda de Pasamontes
Un entrenamiento por Asturias con el Movistar

Pasamontes, primero por la izquierda, junto a Iván Gutiérrez; con Luisma Murias, a la derecha de la imagen, durante el entrenamiento. | ricardo solís
L. Murias
Al final del día me vine arriba y pedí el menú deportivo. Verduras y salmón. Me venció la tentación del postre y salté a la tarta de almendras, seguro que prohibida para un ciclista profesional, pero un magnífico premio para mí. Al fin y al cabo, me había metido una panzada de kilómetros en bicicleta y al día siguiente ya me esperaba la cámara y la vuelta a mi trabajo de fotoperiodista. Como aficionado al ciclismo puedo decir que fue un gran día. Me sentí un profesional, tan cuidado y mimado como ellos, enrolado en el Movistar y siguiendo la rueda del asturiano Luis Pasamontes. Un lujo. Claro que yo sufría y los «de verdad» lo hacían con la gorra. La prueba, que el cántabro Iván Gutiérrez se permitía ofrecer sus servicios de «afilador» a voces y megáfono en mano cuando salíamos de Avilés con la meta ovetense en la cabeza. Un espectáculo.
La cita era a las nueve de la mañana. Ocho amantes del ciclismo -dos asturianos- fueron los agraciados en un sorteo para compartir una jornada de entrenamiento con el corredor asturiano del Movistar Luis Pasamontes y el cántabro Iván Gutiérrez. Allí nos esperaban junto con el director, Jose Luis Jaimerena, y los auxiliares José Ángel Arenas y Senén Pintado. Y ahí estaba yo, a caballo entre mi labor de fotoperiodista en LA NUEVA ESPAÑA y mi afición a la bici.
El primer trago vino a la hora de coger fuerzas. Un desayuno de profesional. Fruta, zumos naturales, queso fresco, jamón york, leche de soja, café y... un plato de pasta. A todos los novatos nos costó encajarla a esa hora del día. El esfuerzo del deportista se ve hasta en la mesa.
Después, charla de los cinco miembros de un equipo legendario, activo ya desde los años setenta, que ha vivido bajo denominaciones ya míticas en el ciclismo, como Reynolds y Banesto. Este año se estrenan como Movistar. También hubo tiempo para despejar curiosidades de los invitados (tipos de material empleado, normativa de las carreras...). Así fue cómo supe, por ejemplo, que en una carrera por etapas los masajistas miman personalmente a cada corredor, desde la hora de alimentarse hasta lavarles la ropa.
Tras departir durante media hora, nos vestimos con maillot, culote, guantes y casco exactamente iguales a los del equipo para subirnos en nuestras bicis (ya sería demasiado disfrutar de una como la de ellos). Partimos de Avilés rumbo al balneario de Las Caldas, en Oviedo, pasando por Arlós, Santa Cruz y el Escamplero escoltados por el coche oficial del equipo y una ambulancia en la trasera.
Lo único que debíamos llevar era la bicicleta. Tuvieron mala suerte dos que venían desde Canarias que no pudieron conseguir montura para la etapa.
El ritmo fue llevadero, a pesar del nivel que se palpaba, y es que se trataba de poder disfrutar de la experiencia de rodar junto a dos grandes del pelotón, no de sufrir detrás de ellos. Los que más adelante quisieron medir fuerzas tenían la subida a Feleches, un kilómetro de arrancada muy dura con curvas en herradura que hicieron tensar las cadenas de los que intentaron seguir la rueda de Pasamontes y Gutiérrez. Totalmente fuera de mis posibilidades, aunque no por ello dejé de intentarlo. Todo lo que logré fue coronar sin aliento.
A partir de entonces la jornada se tornó más relajada y después de llegar al balneario de las Caldas, lugar de lo más apropiado para concluir una etapa así, pudimos disfrutar del relajante circuito termal Aquaxana, completando el entrenamiento profesional con un estudio de nuestra postura de pedaleo que analizó nuestra biomecánica y desveló ciertos errores que prometimos corregir.
Finalmente y en forma de una merecida comida con dos variantes de menú, uno de ellos deportivo para seguir con la fidelidad a lo profesional, concluimos una inolvidable experiencia que en mi caso me hizo sentir como uno más de un equipo legendario. Y ahí ya me tiré a por la tarta de almendras, después de sentirme casi profesional por un día.
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