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Antonio Rico

Fútbol es fútbol

Antonio Rico

Asaltar los cielos del VAR

Ha llegado el momento de combatir a los que decretan un penalti sin saber cómo es la vida en el área

Un colegiado revisando una acción con el VAR durante un partido de Primera

Un colegiado revisando una acción con el VAR durante un partido de Primera Efe

A veces, uno lee una reflexión tan aguda que atraviesa el papel como un rayo y se extiende como una mariposa. Cuando el escritor británico David Lodge dice, por ejemplo, que la combinación de sorpresa y lógica es el corazón de la comedia, algo hace “clic” en la cabeza y todo se expande como la sonrisa de Beatriz según la deslumbrante metáfora del poeta en “El cartero y Pablo Neruda”. La comedia es la combinación de sorpresa y lógica. Es eso, desde luego. Eso es. Sin embargo, siempre hay algo que se empeña en domesticar los rayos y encerrar las sonrisas. El VAR, sin ir más lejos. El VAR, el dichoso VAR, el pesadísimo VAR, ese VAR que es causa de que las celebraciones de los goles hayan perdido la pasión y la frescura porque ahora los goles son goles (si es que lo son) varios segundos más tarde de que el balón entre en la portería. El VAR es la combinación de sorpresa y lógica. Pero no tiene gracia.

¿Fue penalti la mano de Militao en el partido Real Madrid-Sevilla? ¿Esa mano, o lo que sea, invalida todo lo que sucede después, ya sea un penalti en el área del Sevilla o un arrebato que lleve a Benzema a bailar “El lago de los cisnes” en el punto de penalti? Si nos fiamos del VAR, de sus machaconas repeticiones, de sus ángulos imposibles, de los gestos de los futbolistas retenidos en el tiempo y en el espacio tendríamos que decir que sí, que la mano de Militao es mano (¡sorpresa!) y, por lo tanto, es penalti (¡lógica!). Una mano que aparece por sorpresa y la implacable lógica que lleva al árbitro a señalar penalti. Pero nadie se ríe. Ni siquiera los aficionados colchoneros y culés, a pesar de que esa mano y ese penalti eran para ellos como agua para chocolate, como una lluvia de café en el campo, como un baile de Gene Kelly vestido de marinero en el corazón de Nueva York. ¿Y qué hacemos ahora con la comedia? Si la combinación de sorpresa y lógica que surge del frío del VAR produce monstruos en forma de penaltis, ¿qué podemos hacer con la combinación de sorpresa y lógica en las réplicas fulminantes de Groucho Marx o los gags descacharrantes en “La vida de Brian”?

Los futboleros estamos desconcertados porque la sorpresa y la lógica del VAR no tienen nada de gracioso. Solo se me ocurre una solución para escapar de estas arenas movedizas que están devorando el fútbol. Que la sala VAR sea tomada por los futbolistas, expulsando a los árbitros, a los especialistas, a los que tiran líneas y líneas para descubrir un flequillo en fuera de juego, a los que deciden qué es una jugada “prometedora” y a los que creen que la mano es solo la mano. El filósofo Byung-Chul Han dice que el hombre del futuro ya no necesitará manos, sino dedos para teclear. ¡Ja! Mientras exista el VAR de los árbitros, el hombre necesitará manos para que se puedan pitar por sorpresa penaltis lógicamente absurdos. Los futbolistas deben conquistar la sala VAR porque la distancia entre los árbitros y los futbolistas (y aficionados) es, como diría George Steiner, una distancia ontológica, una distancia del ser, como la que existe entre los que crean literatura y quienes la comentan. ¿El VAR ha llegado para quedarse? Pues que se ocupen de él los futbolistas.

Ha llegado el momento de asaltar los cielos, como describió Karl Marx las aspiraciones de la Comuna de París en su insurrección de 1871. Ha llegado el momento de que los titanes combatan a los dioses del Olimpo. Ha llegado el momento de asaltar la sala VAR, de enfrentarse a los dioses de los monitores, de combatir a los que decretan un penalti sin saber cómo es la vida en el área. Ha llegado la hora de que la combinación de sorpresa y lógica vuelva a ser el corazón de la comedia, y no el estómago de la Liga.

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