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Juan Ardura

Las vueltas que da el planeta fútbol

El Real Oviedo está a la búsqueda de un proyecto que defina su identidad y le convierta en dueño de su destino en los próximos meses

Resulta difícil hacer balance de una temporada futbolística cuando está tan reciente una pérdida inesperada y amarga como la de Francesc Arnau, un director deportivo que dio lo mejor y se desenvolvió con la rapidez, eficacia y dinamismo que la situación requería para evitar en 2020 un descenso que, visto desde la perspectiva actual del Dépor o el Racing, hubiera supuesto un insondable agujero negro en la historia reciente del Real Oviedo.

Poco antes de que el dolor por la pérdida de uno de los nuestros tiñera de luto el curso 2020-21, todos los estamentos del club, desde la afición hasta el cuerpo técnico, pasando por la plantilla, la directiva y el máximo accionista tenían claro que los objetivos deseados a principios de la Liga habían quedado lejos, demasiado. Ha sido una campaña rara. El Real Oviedo se ha convertido en el rey del empate de la categoría, con 19 igualadas, casi la mitad de todos los partidos jugados. Un equipo incómodo para la mayoría de los rivales por lo tanto bien trabajado en lo que a actitud defensiva concierne, pero al que le costaba un mundo ganar los partidos e hilar varios pases seguidos. Un equipo demasiado previsible de medio campo hacia arriba, que en ningún momento del campeonato tuvo opción de asomarse a los puestos de cabeza, por mucho que en el parón navideño se quisiera vender un optimismo seguramente bien intencionado, pero con escasa solidez argumental.

Ha querido el azar que justo esta semana, cuando el equipo del Tartiere debe empezar a pensar en el futuro inmediato, el Villarreal se haya estrenado entre los equipos españoles con un título europeo. Enhorabuena al submarino amarillo, que ha sido capaz de construir un proyecto futbolístico atractivo, moderno y vigoroso partiendo de muy abajo. Muchas de las generaciones ansiosas por volver a las gradas del estadio de La Ería quizá no sepan que cuando el Oviedo tumbaba en el campo de Buenavista a los grandes de la Liga llegó a ceder al Villareal, por entonces en Segunda División, a un jugador que dejó tan escaso bagaje en la capital asturiana como en la Plana Baja de Castellón, Scepanovic, un montenegrino cuyas características parecían más apropiadas para jugar al fútbol sala. Por no insistir que en aquel entrañable estadio cayeron a los infiernos el Atlético de Madrid o el Sevilla, grandes hoy del futbol español. Las vueltas que da la vida el planeta fútbol deben servir de estímulo. ¿Cuál es el proyecto del Oviedo, tanto en el plano futbolístico como en el social? Toca definir la identidad y sentar las bases para que el club sea dueño de su destino porque la ilusión que marcó el retorno al fútbol profesional corre el riesgo de marchitarse, si no lo ha hecho ya, y las tendencias a la baja suelen ser malas compañeras de viaje.

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