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Jovellanos se recrea en el Espolón vitoriano

El ilustrado describe el “paseíto cerrado, con asientos de piedra y respaldos de hierro y buenos árboles”, que se encontró en su callejeo por la localidad vasca

El único arco que se conserva hoy del convento de Santo Domingo de Vitoria, en los jardines del Parlamento vasco.

El único arco que se conserva hoy del convento de Santo Domingo de Vitoria, en los jardines del Parlamento vasco.

En el capítulo anterior, y tras descripciones artísticas de primer nivel, teníamos a nuestro protagonista en tierras alavesas, en concreto en su capital, Vitoria. Plaza Nueva, convento de San Francisco o catedral de Santa María ya habían sido visitadas por Jovellanos pero aquel 29 de agosto de 1791 no había llegado aún a su fin y las visitas prosiguen, de hecho lo siguiente que aparece en el diario es esto: “Fuimos también a Santo Domingo, en cuya escalera hay en un descanso un medio relieve de mármol que representa a la Virgen con el Niño en los brazos y un San Juanito al lado. Allí hay retratos de Adriano VI, que recibió en esta ciudad la noticia de su elevación al pontificado, y del fundador o bienhechor del convento, de que se tomará noticia aparte. En la capilla del noviciado de esta casa hay tres bellísimos cuadros de Ribera: un Crucifijo de lo mejor de su mano, y San Pedro y San Pablo a sus lados, de cuerpo entero y tamaño natural. La portada de esta iglesia, de dos cuerpos de arquitectura media, es de gran mérito, y aún mejor la escultura”.

Jovellanos se recrea en el Espolón vitoriano

Y es que ya tenemos mucho aquí para comentar, Jovellanos no da puntada sin hilo en sus escritos y nada queda fuera de su ojo artístico y observador. El convento de Santo Domingo ya no existe, y en su lugar se alza hoy el centro cívico Aldaba, pero junto al de San Francisco eran los más importantes de la ciudad, aunque al de Santo Domingo se le podría añadir el adjetivo imponente, ya que en su época de esplendor llegó a ocupar 4.800 metros cuadrados.

Los orígenes del edificio hay que llevarlos al siglo XIII, hacia el año 1225, en una zona donde parte de su construcción hizo funciones de muralla de la propia ciudad, en el llamado barrio de Santo Domingo Afuera, y se debió a la donación del rey de Navarra, Sancho VII el Fuerte, de una casa-palacio que poseía en la ciudad y de la iglesia románica de Santa Lucía. Incluso hay que citar la parte de leyenda que nos cuenta que fue el mismísimo Santo Domingo quien mandó construirlo, pero ningún dato histórico permite confirmar tal aseveración.

Tras varios incendios, el edificio sufre graves destrucciones, hasta que en 1523 se construye el que se conoció hasta su derribo en el siglo XX, y que constaba de una iglesia monumental y un gran claustro de 22 arcos y de forma irregular ya que se aprovechó la estructura del antiguo patio de la casa-palacio donado por Sancho VII. El convento incluso llegó a ser cárcel y tener actividad relacionada con temas militares, como cuartel, hospital o polvorín. En 1916 pasó a manos municipales y al año siguiente, en un estado ya bastante deplorable, comienza su derribo, completándose el mismo en 1930.

Fue también Universidad y casa de estudios de la Orden, y en él acontecieron importantes hechos, como la primera misa dada por el Papa Adriano VI, recién nombrado pontífice el 9 de enero de 1522. Fue Adriano VI el último Papa no italiano hasta Juan Pablo II. Se encontraba en Vitoria porque ejercía de regente de España, y estaba preparando a Navarra ante los inminentes ataques franceses. También fue protagonista en la llamada Voluntaria Entrega, por la que Álava pasó a forma parte de la monarquía castellana, o escenario principal de la Jura de los Fueros por la Reina Isabel de Castilla.

Pero hay más información en el texto de nuestro viajero, cuando se refiere a unos cuadros de José de Ribera, el gran pintor barroco nacido en Játiva en 1592, aunque desarrolló prácticamente toda su carrera artística en Italia, y es que por suerte, los tres cuadros mencionados, el Crucificado, el San Pedro y el San Pablo, se conservan aún hoy en el museo provincial de Vitoria, y se salvaron de la destrucción del conjunto conventual.

Para cerrar aquel 29 de agosto, Jovellanos aún tiene tiempo de pasear y profundizar en el conocimiento de la ciudad vitoriana, y nos cuenta en su diario lo siguiente: “Paseamos y, de vuelta, vimos el Espolón, que es un paseíto cerrado, con buenos asientos de piedra y respaldos de hierro, con buenos árboles, aunque no muy extendido; se halla a la parte de la entrada de la ciudad por la parte de Castilla. Hacia allí vimos una graciosa fachadita para entrar a la iglesia de las monjas brígidas, de buena piedra blanca, con columnas de mármol negro, del autor de la plaza. Lo demás mañana. Vimos también en la parroquial de San Vicente dos bellas y grandes conchas de Filipinas, llamadas taclobos, sirviendo de pilas de agua bendita, colocadas sobre pilastras de mármol del país, adornadas de bronces, cosa de singular gusto y extrañeza, y regalo de Montehermoso. El retablo mayor de San Francisco es de una exacta y bella arquitectura, pero echado a perder por habérsele dorado del todo, en lugar de imitar mármoles o dejarle en madera; están aprovechadas algunas esculturas en bajorrelieve del retablo antiguo, que indican hubiera tal vez sido mejor no pensar en cosa nueva”

Ingente información nos ofrece la pluma de don Gaspar en esta prolija descripción. Cita lo primero el paseo del Espolón, que fue importante lugar de esparcimiento de los vitorianos desde la década de los 70 de aquel siglo XVIII hasta 1820 cuando el ayuntamiento de la ciudad adquirió parte de esos terrenos, en un entorno que se había ido deteriorando intensamente. Es la zona de la mítica plaza de la Virgen Blanca, y era llamado popularmente el Mentirón, que vendría de mentidero, como lugar de cotilleos, bulos, rumores y chismorreos que allí se daban desde épocas antiguas.

Cita a continuación la iglesia de las monjas brígidas, que sería en realidad, el tercer convento de la ciudad tras Santo Domingo y San Francisco, el convento de la Magdalena. La primera referencia documental data del 24 de noviembre de 1291, cuando se menciona este lugar como límite jurisdiccional de Vitoria, con el nombre de Santa María Magdalena. Era, en aquellos lejanos tiempos, hospital de leprosos.

Si hay algo que destaca a nivel arquitectónico es la portada, que todavía hoy podemos gozar en el nuevo convento tras el traslado piedra a piedra hecho entre 1907 y 1909, debido al derribo del antiguo convento para construir sobre él lo que sería la llamada a día de hoy catedral nueva, en la actual calle Vicente Goikoetxea. La portada se construyó en 1783 por el arquitecto Justo Antonio de Olaguíbel.

En el siglo XVI fueron monjas Carmelitas Descalzas las que lo habitaron, pero en 1653 son las Reverendas Madres Brígidas quienes allí viven, tras su llegada a Vitoria, y así fue hasta el siglo XX. De ahí la mención de Jovellanos a la iglesia de las Brígidas. Tirando de descripciones antiguas, tal vez la mejor sea la del arqueólogo y escritor vitoriano José Colá y Goiti que un artículo en la revista Euskal Erria, la describía así a finales del XIX: «Forma por su buen gusto artístico, esmerada construcción y variedad y riqueza de los materiales empleados en su fábrica uno de los más bellos monumentos vitorianos».

La siguiente parada es la iglesia de San Vicente, la última que se erigió en la parte antigua, sobre la fortaleza del mismo nombre, a finales del siglo XV y principios del XVI. Elementos tanto góticos como renacentistas se entremezclan en la construcción y cuenta con tres naves cubiertas, y todas a la misma altura, por bóvedas de crucería, de gran belleza. Tiene un interesante y notable retablo central del año 1701, de estilo barroco- churrigueresco, y sus autores fueron Andrés de Maruri, Gregorio Larranz y Manuel Izquierdo. Como curiosidad, el retablo fue pagado por los Aguirre – Esquivel, cuyos escudos aún se ven sostenidos por ángeles tenantes. Y las grandes conchas mencionadas por Jovellanos también existen, se usaban como benditeras y fueron traídas, efectivamente, desde Filipinas por los Aguirre, es decir, los marqueses de Montehermoso.

Añade un detalle más, del ya visitado y tratado aquí en capítulo anterior, convento de San Francisco, pero el día llega a su fin y lo que acontece a continuación lo vemos ya en el próximo capítulo.

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