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La Nueva España

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Félix Martín

De nuevo el lenguaje del fútbol

Estábamos tan acostumbrados a los comentarios de Miguel Ors, a su inventiva acerca de los ejercicios del “precalentamiento” (que no existen, tan hechos a los partidos en blanco y negro de los sábados por la tarde -que por cierto sabían a gloria- sin más bar que El Mesón del Puerto (para los sportinguistas), y la sidrería La Terraza (para los real oviedistas), que de pronto tanta modernidad nos desconcierta.

De repente, aquellos futbolistas que a las espaldas llevaban la numeración del 1 al 11, de quienes sabíamos sus nombres y apellidos, con un vestuario sobrio, botas negras, y camisetas sin mensajes publicitarios; aquellos que cada verano camino del “Trofeo Emma Cuervo” (de Ribadeo), se bajaban del bus en el Hostal Los Campos acercándose a los aficionados tapiegos para firmarnos autógrafos, que lo de ahora, empieza a repugnarnos. Nos sabíamos la alineación de memoria sin necesidad de hablar idiomas: Lombardía, Carrete, Tensi, Juan Manuel …. Como mucho, el pelo largo a lo “ye-yé”, pero peinados y presentados como Dios manda.

Las plantillas de futbolistas ahora, son un conjunto de elementos pertenecientes a no se sabe qué emporio empresarial. Los tienen en propiedad, pero prestados a otros equipos que a su vez los ceden a terceros clubes en los que, supuestamente, tienen que “crecer” para retornar como hijos pródigos a los equipos que los vieron nacer. Los representantes futbolísticos, al modo de los agentes artísticos, se mueven como lagartijas en procura de las mejores soldadas, las más sustanciosas firmas publicitarias, cuando no, y esto sí que duele, buscando los mejores paraísos fiscales. Y de repente los que fueron nuestros colores de toda la vida, de los que presumimos con orgullo, valor, y garra, mutan de color cada año, como los camaleones. Las camisetas cambian de formato, y se decoran en busca del marketing correspondiente al ejercicio económico anual. Éramos simplemente abonados, ahora, además, se nos pide que seamos accionistas como si de un banco se tratara. En fin.

Hasta hace poco, todos los goles se dedicaban a la grada, ahora los futbolistas se comen la cámara de televisión para hacer sus dedicatorias en forma de corazón, acunando a su recién nacido, o sabe Dios a quién. Los aficionados llenábamos el estadio con la ilusión de los dos puntos, ahora son tres. Por si fuera poco, cada futbolista compite por ver quién exhibe en su cuerpo un mayor muestrario de tatuajes, o un más extravagante rapado de pelo, cresta multicolor, etcétera. Todo vale con tal de agrandar el show y que se haga viral en las redes sociales. Además, los entrenadores justifican sus derrotas porque sus jugadores no han sabido “leer el partido”, no han entendido el “dibujo”, no han sido “verticales”, con pocas “transiciones”, “atacaron sin definir”, y porque además han jugado sin “hambre”. Nosotros sí que tenemos hambre, sobre todo de buenas formas, de dejarnos la voz por nuestro equipo, y de volver a las gradas con la bufanda al cuello: ¡Hala Oviedo!

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