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Millas

El trasluz

Juan José Millás

Anda, duerme

A eso de las cuatro de la madrugada, una chancla, la del pie izquierdo, despertó a la del derecho para decirle que jamás llegarían a zapatos, tal y como les habían prometido en la campaña electoral.

-El ascensor social -continuó- se ha ido al carajo: si naces chancla, mueres chancla.

Se hallaban las dos debajo de la cama de su dueño, un ministro que las había adquirido por cuatro euros en el mercadillo del pueblo en el que veraneaba. La chancla del pie derecho intentó dar ánimos a su compañera haciéndole notar que quizá era preferible ser la chancla de un ministro que el zapato de un subsecretario.

-Pero al final de agosto -respondió la izquierda- acabaremos en el contenedor de plásticos, entre botellas de agua, bolsas de Dia y condones usados.

El ministro, que había escuchado la conversación debido a un ataque de insomnio, asomó la cabeza por debajo de la cama y les dijo que no se preocuparan, que cuando terminara el verano se las llevaría a Madrid e iría con ellas al ministerio, como si fueran zapatos. Las chanclas no dijeron nada porque no hablan con los seres humanos. De hecho, les extrañó que el hombre se dirigiera a ellas. En esto, la esposa del ministro se despertó y le preguntó qué rayos hacía.

-Estaba soñando -dijo él.

-¿Soñando qué? -inquirió ella.

-Que las chanclas se lamentaban de no llegar a zapatos, pese a las promesas electorales que les habíamos hecho.

-Tú con quien tienes que cumplir no es con las chanclas, sino con tus votantes.

-Con mis votantes ya lo he intentado, pero no me sale -arguyó el ministro-. No se dan las condiciones objetivas. Satisfacer a las chanclas, en cambio, sería tan sencillo?

Cuando el matrimonio volvió dormirse, se despertó la chancla izquierda y le contó a la derecha que había soñado que el ministro las llevaría a Madrid. Anda, duerme, que mañana tenemos mucho trote, le dijo la derecha y al fin se hizo la paz en el dormitorio.

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