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Francisco García

Billete de vuelta

Francisco García

El género del callejero

Las mujeres toman las calles pero no las dejan aún asomarse al callejero. Es cuestión secular que el nomenclátor de cada ciudad de este país decline en masculino, sea singular o plural. Gijón no escapa a esa tendencia antañona: sólo 129 calles de la villa llevan nominación femenina, de un total próximo a las 1.500.

El callejero gijonés está lleno de cargos públicos masculinos. Tiene su lógica: cuando se pusieron nombre a muchas de las calles de la ciudad, la política estaba vedada a las mujeres. Afortunadamente, las féminas desembarcaron en la vida pública para quedarse y al menos las pioneras deberían ya haber tenido ese reconocimiento, que es social y del pueblo. ¿Es de recibo que la primera mujer alcaldesa de Gijón de la historia, Paz Fernández Felgueroso, no haya visto subir aún su nombre a una placa y sí exista una dedicada a su marido, Daniel Palacio?

La historia suele ser patriarcal porque tradicionalmente la escribieron hombres, pero de ahí a considerar machista el callejero y cargarle con todos los estigmas de la desigualdad de género media un abismo.

Nadie, o casi nadie -acaso los nostálgicos del antiguo régimen-, ha criticado que del listado de calles de nuestras ciudades hayan ido desapareciendo personajes vinculados a épocas de represión y de violencia. No parece sin embargo de recibo que del callejero franquista pasemos al feminista. En Coruña dedicaron una calle a las primeras lesbianas que se casaron por la Iglesia, Marcela y Elisa.

Convertir el callejero en un tablero ideológico conlleva sus riesgos: que cada cuatro años, según quien gobierne, cambiemos los nombres de las calles con idéntico interés partidista con que se modifican los libros de texto escolares.

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