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Crítica / Danza

Giselle baila en el Moncayo

El progreso de la Compañía Nacional de Danza en sus esfuerzos por encajar en el molde clásico

Nuestra Compañía Nacional de Danza (CND) nos visitó con el ballet “Giselle” en una versión muy personal de su actual director, Joaquín de Luz, que fue bailarín principal del New York City Ballet, con una brillante trayectoria. Oviedo Filarmonía acompañó desde el foso con la dirección de Óliver Díaz.

“Giselle” se estrenó en París en 1841 con coreografía de Jules Perrot y Jean Coralli, perfeccionado posteriormente por Marius Petipa. Para mí este icono del ballet no hay que tocarlo. ¿Por qué alterar la esencia original y la grandeza de una obra considerada una de las cumbres del ballet romántico que ha encandilado al mundo por más de 180 años

Dicho esto, puedo entender que De Luz quiera dejar su huella en este clásico, que ha sido la tentación en la que han caído muchos coreógrafos y directores.

Esta adaptación hace que Giselle, la bella y frágil campesina, se traslade desde los valles próximos al Rin hasta la sierra del Moncayo en Aragón. De Luz construye una particular puesta en escena con modificaciones y retoques en la coreografía, en el relato, la música y el vestuario. Un efecto que me pareció prescindible es cuando se recurre a la expresión oral en la que se escuchan fragmentos de la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer. Obviamente, la exposición escénica se españoliza –sobre todo en el primer acto– con detalles característicos de nuestro folclore y tradiciones. Por ejemplo, en el “pas de deux” de los campesinos hay aires aragoneses, así como el repicar de las castañuelas.

El director ha hecho bien, aunque sea con una peculiar versión, en incorporar esta emblemática obra al repertorio de la CND, que lleva décadas volcada prioritariamente en la danza moderna, pero que, por lo visto en la segunda parte, se demuestra que el encaje de la compañía en el molde clásico progresa eficazmente. Ana Calderón bailó, con evidentes méritos, el segundo “Giselle” de su vida. Nos dio un segundo acto gratificante. Albrecht fue interpretado por Anthony Pina provisto de una buena técnica. Clara Maroto fue la implacable Myrtha, reina de las willis. La ovetense Yoko Taira encarnó a Berthe, madre de la protagonista.

Quiero terminar contando algo que nunca se ve en el escenario: el acto de amor y perdón que al final Giselle le manifiesta a Albrecht la libera para siempre del desdichado destino de seguir siendo una willi.

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